Este 13 de mayo se cumplen 65 años del deceso del actor estadounidense Gary Cooper. Días antes, el 7, se cumplieron los 125 años de su nacimiento. Es, pues, el mes del «intérprete que en la historia de Hollywood tuvo la relación más mágica con la lente», según el crítico David Hinckley.
No solo ese especialista pensaba así de quien formó parte del elenco de más de un centenar de filmes, a las órdenes de varios de los directores icónicos del Hollywood clásico y de competentes artesanos, que no hacían obras maestras, pero sí un cine bien punteado en su sintaxis caligráfica y el ritmo de su narración.
Por ejemplo, a juicio de un colega del artista, John Barrymore, «Cooper era el mejor actor del mundo, porque podía lograr, casi sin esfuerzo, algo que el resto de intérpretes tardaba años en aprender: actuar con naturalidad».
En tanto, alguien de la lucidez del desaparecido crítico español Ángel Fernández–Santos, consideraba que fue capaz de introducir visualmente lo que ocurre en su mente incluso en sus andares, y crear así un alarde de gesto total, dando literalmente existencia corporal a una idea, y haciendo estallar de electricidad física a la pantalla con su sola presencia.
«Llevó este gigante, al mismo tiempo frágil y duro, a una de sus cumbres más refinadas a la escuela de los intérpretes del Hollywood fundacional, aquella horda cómica que se forjó a sí misma sin pasar por la criba de ningún laboratorio teatral ni se dejó secuestrar por el artificio de las metodologías escénicas, haciendo cine libremente, inventándolo a cuerpo limpio, a golpe de intuición, en asombrosos despliegues de ingenio», opinó Fernández–Santos.
Merecedor de dos premios Oscar por el joven y alcohólico campesino convertido en héroe de guerra de El sargento York (Howard Hawks, 1941) y por el sheriff, dubitativo, no tan al prototipo «macho» del western, de A la hora señalada (Fredd Zinnemann, 1952), al intérprete se le relaciona con un tipo de personaje signado por la nobleza, la integridad y los buenos valores, al margen de haber compuesto también a villanos y antihéroes.
Que alguien como Frank Capra –el realizador de Qué bello es vivir, quien convirtió tales asuntos en rasgos de su filmografía y lo dirigió en recordados títulos– pensase que «cada surco de su cara gritaba honestidad», contribuyó a conectar a Cooper con dicha imagen.
Una imagen que no guardaba correspondencia con su posicionamiento político, en tanto su pensamiento conservador lo hizo alinearse con las actitudes más recalcitrantes de la época y testificar ante el Congreso durante la cacería anticomunista en Hollywood. Si bien –atenuante en su caso– se abstuvo de dar nombres, algo que tampoco lo exonera de su postura.
Paradójicamente, una de las películas por las cuales más se le recuerda es por la antes referida A la hora señalada, la cual comenzó a leerse, al paso de los años, como una temprana parábola en torno al macartismo y su caza de brujas.
El intérprete de Y la cabalgata pasa, El virginiano, Adiós a las armas, Por quién doblan las campanas, Juan Nadie, El secreto de vivir, El manantial, Veracruz, Amor en la tarde, y tantas cintas nunca olvidadas, por otro lado, tuvo un comportamiento poco honesto en su vida matrimonial, debido a las múltiples infidelidades en las cuales incurrió este hombre apuesto, más alto de lo usual y de mirada azul, que a no pocas colegas deslumbrase en su momento.
Él –entre los actores más seguidos de su época– recibió un Oscar honorífico a toda su carrera en 1961, estatuilla que no pudo recoger a causa del cáncer, que terminaría su vida pocas semanas después de la ceremonia. Lo hizo su amigo James Stewart, quien, al recibirla en su nombre, dijo: «Tú eres historia del cine».











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