El incidente militar entre fuerzas mexicanas con tropas estadounidense en el río Nueces, el 25 de abril de 1846, fue el pretexto que utilizó el presidente James K. Polk para declarar la guerra a México e invadirlo.
Pero detrás de este encontronazo se ocultaba una conspiración para despojar al pueblo mexicano de más de dos millones de kilómetros cuadrados de su territorio y, además, de las riquezas que contenían.
El detonante fue la anexión de Texas por parte de EE. UU. en 1845 –lo cual México no reconoció– y la disputa por sus límites. Para los mexicanos llegaban hasta el río Nueces, pero los yanquis querían llevarlos hasta el río Grande, conocido como río Bravo, unos 200 kilómetros más al sur.
Desplegaron las tropas acantonadas en Texas que avanzaron más allá del límite histórico invadiendo el estado mexicano de Tamaulipas donde, además, comenzaron la construcción de un fuerte al borde del río Bravo.
En relación con Texas, Teodoro Roosvelt, el símbolo del «Big Stick» dijo: «Se ha mencionado la esclavitud como la principal, si no como la casi única causa de la rebeldía de los norteamericanos en Texas. En realidad, de verdad, no lo fue en ningún sentido (…). Las verdaderas razones, cualesquiera que pudieran ser los pretextos alegados, deben encontrarse en las profundas y acentuadas diferencias raciales (…) y en la incapacidad de los mexicanos para gobernarse a sí mismos y mucho más para gobernar a otros».
El 17 de octubre de 1845, el Departamento de Estado nombró a Thomas O. Larkin como agente confidencial yanqui en California para que censara la población y las riquezas de la zona, entre otras misiones secretas.
En su informe del 4 de mayo de 1846, el cónsul y agente encubierto de Estados Unidos en Monterrey, California, envió la siguiente información al secretario de Estados James Buchanan:
«El que suscribe tiene el honor de transmitir al Departamento de Estado la siguiente información acerca de las minas de California, la mayoría de ellas descubiertas en los últimos seis o nueve meses… Noventa millas (por mar) al sur de San Diego, hay algunas minas de cobre pertenecientes a D. Juan Baldini: el que suscribe ha sido informado por D José Rafael González, que en su rancho, sesenta millas al sur de Monterrey, hay minas de carbón…».
El cónsul Larkin precisó las riquezas minerales de California: los depósitos de sulfuro en la misión de San Juan, las montañas de plata en San José y cerca de la misión de Santa Clara, las minas de plomo a la entrada de la bahía de San Francisco.
Nueve días después de la fecha del informe, el13 de mayo de 1846, el presidente de Estados Unidos, James K. Polk, le declaró la guerra México.
El mandatario fue un metódico y obsesivo político en Tennessee, que apoyaba la política expansionista de su país, por lo que continuó con la «hoja de ruta» de sus antecesores: Si Thomas Jefferson había comprado la Louisiana, si James Madison había tomado la Florida Occidental, si James Monroe y John Quincy Adams se habían cogido la Florida Oriental, si Andrew Jackson se había robado a Texas, él –James K. Polk– se apoderaría de California y Nuevo México y de todas sus riquezas.
El Congreso de Estados Unidos aprobó la anexión de Texas el 28 de febrero de 1845, la que lógicamente fue protestada por México, con la ruptura de las relaciones diplomáticas y la retirada de su embajador.
Ante esta situación, el presidente que continuaba con su ambición de apoderarse de los territorios de California, Nuevo México y el Oregón, le ofreció al gobierno mexicano comprarlos por 40 millones de dólares. Pero la oferta fue dignamente rechazada por el país azteca.
Entonces sería por la fuerza. El presidente Polk ordenó al general Taylor que estaba acampado con su ejército en Corpus Christi, Texas, que se dirigiera hacia el río Grande y se instalara provocativamente frente al pueblo mexicano de Matamoros.
El 11 de mayo, el presidente Polk pidió al Congreso la declaración de guerra a México, y entre otros argumentos señaló: «México ha pasado la frontera de los Estados Unidos, ha invadido nuestro territorio y ha derramado sangre norteamericana en suelo americano».
Sin embargo, el entonces oficial Ulises Grant, integrante de la tropa del general Zacarías Taylor, y luego ex presidente norteamericano, aclara en sus memorias las razones que perseguía el presidente Polk:
«El ejército no se detuvo en el Nueces (río Nueces), ni ofreció negociar para un arreglo de la cuestión de los límites, sino que avanzó más allá, aparentemente, a fin de obligar a México a iniciar la guerra... No habiendo mostrado disposición los mexicanos de venir a atacar en el Nueces a los invasores de su suelo, fue necesario para los invasores aproximarse a una distancia conveniente para ser agredidos... Fuimos enviados a provocar un combate, pero era esencial que México lo comenzara... A mediados de marzo el ejército alcanzó en su avance el río Grande y acampó cerca del banco del río, frente a la ciudad de Matamoros...»
El Congreso le declaró la guerra a México el 13 de mayo de 1846. Lo último que el país azteca quería era una guerra injustificada que asumió como una fatalidad y como la única respuesta honrosa posible, en medio de una adversa situación política y económica interna favorables a los expansionistas yanquis.
La guerra contra México, provocada por el presidente Polk y los expansionistas yankis, terminó el 2 de febrero de 1848 con la firma «manu militari» del Tratado de Guadalupe-Hidalgo, redactado por los invasores.
México tuvo que «ceder» los territorios que hoy comprenden los Estados norteamericanos de California, Nevada, Utah, Nuevo México, Texas, Colorado, Arizona, y partes de Wyoming, Kansas y Oklahoma: más de dos millones de kilómetros cuadrados, equivalentes a la superficie de Inglaterra, Portugal, España, Francia, Bélgica, Dinamarca, Holanda, Suiza e Italia juntas.
Estados Unidos pasó a tener cerca de 2 300 000 kilómetros cuadrados más bajo su dominio y el territorio mexicano se redujo en un 55 %.
Y cuando creíamos que el despojo había terminado, en pleno siglo XXI, aparece en enero del pasado año una nueva Orden Ejecutiva del presidente de Estados Unidos cpn la que pretende cambiarle el nombre al Golfo de México. Hay esencias que ni cambian ni aunque pasen siglos.












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