ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Yura López (Nadia) y Alberto Corona (Rubén) en una escena. Foto: Fotograma de la novela

Al aire desde diciembre del pasado año y rumbo ya a su segmento final de capítulos, la telenovela Ojo de agua ha concitado, durante largos meses, la atención de un televidente que ha mantenido curiosa relación de amor y odio con un producto comunicativo audiovisual que si algo no suscita es la indiferencia.

Ni de lejos tan buena como quisiéramos para nuestros espacios dramáticos, ni tan horripilantemente mala como algunos la calificaran, Ojo de agua posee, a la manera de casi todos los exponentes del género, sus aciertos y sus carencias, sus zonas mejor concebidas y sus espacios cenagosos, donde se hunde la paciencia de un espectador que no ve la tierra firme.

Seguramente su emisión en horario estelar, para un público masivo, motivó un amplio rango de visualización y, por consiguiente, más pabilo para la conversación cultural en las redes, en buena parte en contra del trabajo; aunque cosas peores hemos visto en el cine cubano (pensemos en Los desastres de la guerra, Vuelos prohibidos, Camino al Edén, Café amargo…) y nunca se armó tal controversia. También es cierto que esas películas las vieron muchas menos personas.

A encomiar de Ojo de agua su apuesta por una ambientación rural, con el saludable y refrescante desplazamiento del habanocentrismo geográfico y temático de gran parte de nuestras creaciones audiovisuales; así como su bienvenido mensaje ecologista (tema que pocas veces les interesa a las telenovelas), a favor del respeto de los ecosistemas naturales y, en especial, de los manglares.

Estos –como verbalizan, de forma más didáctica o pedagógica que dramática, Lucía u otros personajes– protegen de las inundaciones marinas a esos pueblos costeros que, igual que este del material transmitido en Cubavisión, quedan a merced de los cada vez más potentes huracanes.

La obra expresa, de manera bastante objetiva, el dilema de algunos habitantes de tales espacios, entre permanecer en esos sitios o mudarse hacia otros lugares más protegidos. Ojo de agua aprovecha al personaje de Armando para graficar esa disyuntiva, como también para abordar la conexión telúrica (y marinera en su caso) de los lugareños, algo que halla su máxima expresión en el personaje de Luz y su vínculo con la tierra, las plantas, el agua, las tradiciones, las creencias.

En su distendido morral temático, la telenovela cubana discursa –aunque no con el ahínco y el filo debidos– en torno a la independencia de la mujer y refuerza su legítimo derecho de búsquedas y cristalizaciones individuales en todos los ámbitos: laboral, financiero, romántico…, sobre todo, a partir del personaje central de Nadia, tan lleno de contradicciones (e indefiniciones).

Da cabida en su relato a la necesidad de respeto y posibilidad de realización de las diversas identidades sexuales (la homosexualidad de Lucía y Berta, la bisexualidad de Islay); al tiempo que fustiga la violencia rural, el machismo y los veteranos –pero desafortunadamente vigentes– códigos de conducta y antivalores que refuerzan las dinámicas patriarcales (el personaje del Bemba).

Halla lugar para aludir al complicado tema de las adicciones infanto–juveniles (Arturito y sus videojuegos) y no se abstiene de exponer la corrupción de algunos inspectores (Puente roto), o referir la falta de estímulos recreativos en el entorno rural (en la comarca de Arroyo seco y Ojo de agua solo se halla el establecimiento digital de Wilfre, una cafetería y el hostal de Magdalena).

Todo lo anterior está bien; lo que no lo está es su forma de imbricarlo al desarrollo narrativo de una pieza audiovisual que impide mirar con toda la seriedad debida a varios de estos temas, al ser convertidos en meros pies de página que se difuminan, debido a la ligereza en su aprehensión, pero, además, a la ambivalencia de tono, la dispersión y falta de foco dramático.

El caricaturesco desarrollo de disímiles situaciones, la disparidad en el saldo general de los capítulos o en el seguimiento a determinados núcleos temáticos (escritos y dirigidos con menor o mayor oficio); así como la inverosimilitud de numerosos pasajes, los acusados desequilibrios tonales y la presencia de algunos diálogos y escenas imposibles lastran sobremanera a este exponente.

Del «sigue el camino de la luna» de Luz al «destrózame, montero» de Magdalena se sucede un recital de frases que quedarán en el recuerdo, por involuntariamente cómicas. Sin negar el hecho de que haya escenas intencionalmente humorísticas (por ejemplo, las del inspector Puente roto intentando acostarse con Magdalena, u otras de Paco o Roelmis) la hilaridad aquí, en buena medida, no se genera debido a una decisión previa de guion o de puesta concreta.

No creo que para nada tuvieran intención lúdica (pese a ser tremendamente divertidas, y esto acá no es un cumplido) los momentos del Wilfre invisible tras el parabán del policlínico, el rapto de los monteros a María Fernanda en el hostal para esconderla ¡en el mismo hostal!, o los de la batahola que montan al ser localizada la muchacha en los establos de ese establecimiento por un hombre joven moribundo. Todas, como muchas otras, más que ridículas.

Cuesta creer que dicha persona enferma, el profesor Darío, desande campos durante meses en busca de una mariposa, y sin embargo decida no acudir a un hospital para luchar por su vida. Por cierto, el discurso eutanásico de Nadia en la institución asistencial, además de ser pronunciado por alguien sin vínculo familiar con Darío, no provocará risa, pero sí pereza –para no decir enojo–, por lo incongruente.

Cuesta creer que, en el poblado de Ojo de agua –igual que en las favelas de la cinta brasilera Ciudad de Dios o la colombiana El animal– impere la ley de Wilfre, que sus matones golpeen, secuestren personas y las escondan a la luz del día, o ultimen caballos solo para demostrar su fuerza. Y sin intervención policial.

Cuesta creer que al tipo más apuesto en cien leguas a la redonda (Rubén) lo abandonaran en el altar antes de contraer matrimonio. A ver, entendiéndonos, eso lo hace Julia Roberts en la película Novia fugitiva, pero a ningún guionista se le ocurriría que sucediera al revés: o sea, que se lo hicieran a Julia Roberts.

Entonces Lola, quien deja a Rubén antes de la boda, viene décadas después a juntarse con Adonis, el hijo de este. Bueno, sigamos.

También cuesta creer el romance lésbico de Berta con Lucía, cuando la primera tiene un excelente matrimonio de décadas con su esposo, Nelson, a quien ama, respeta y con el que lleva también –según muestran varias escenas– una buena relación en la cama.

Sin una identidad estilística clara, con un planteamiento caprichoso de muchas situaciones, fallos de guion, giros demasiado efectistas, hilos narrativos rotos a trompicones, violentación de los tiempos, simplificaciones, lugares comunes, pintoresquismo de cajón, problemas iniciales de sonido, poca coherencia y descuidos de edición, el andamiaje creado en Ojo de agua tendió a descomponerse; y así permaneció a través de su largo trayecto.

Las tablas crujen –aunque al final aguanten– al pasar el televidente sobre este inacabable puente levadizo de 80 capítulos, y en soportar el peso tienen gran responsabilidad los actores. Estos, en varios casos, confirman su talento para sacar provecho de la interacción en sus escenas, generando complicidad dramática y sentimental; no obstante ser proclives, en otros, a la sobreactuación o al desacertado dominio del gesto, de la dicción o hasta el caminar.

Algunas apreciables caracterizaciones estimulan la visión de Ojo de agua. Por ejemplo: las del físicamente desaparecido Raúl Enríquez asumiendo a Nando; Denys Ramos como Fabián; la Yaité Ruiz de Zuleika; el Luis Ángel Batista de Wilfre; Alberto Corona en el papel de Rubén; José Luis Hidalgo como el Bemba; o Ariana Álvarez encarnando a Lita, entre otras.

Como en anteriores telenovelas cubanas, el relevo actoral demuestra su preparación. Sobresale la Isabella Valle de Lisandra (¡qué trabajo más fresco, natural, orgánico!), aunque tampoco desmerecen las creaciones de Brandot Graverán como Arturito o Rolando Hidalgo en el rol de Rogelito. Formidables los tres niños.

Tales actores constituirán el recuerdo más grato de un material bastante básico tanto en su forma como en su fondo, el cual no brindó el abono debido a todas sus pertinentes líneas de relato (lo cual impidió habilitar un campo de lectura fidedigno en derredor) desbarrancándose entre la exageración, la risa no programada, el trazo grueso y la falta del sentido de la medida.

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