Romi tiene una discapacidad auditiva, derivada del accidente que sufrió a los ocho años, en el cual su padre perdió la vida. Se siente a gusto con su novio, aunque quizá yazga en sí cierta atracción no confesa hacia la colega que le manifiesta su interés romántico.
Nere es el nombre de su enamorada, la becaria que le han asignado de ayudanta en la agencia privada de detectives donde trabaja, la cual en el momento inicial de conocerla la califica de «borde» (poco empática, zafia) a su novia de entonces.
Romi no posee poderes sobrenaturales, pero sí cierta rara habilidad de interpretar cadencias de movimiento, lo que le ayuda hasta a resolver algún caso. Es experta en grafología, además de contar con un máster en lenguaje extraverbal. Detecta las mentiras mejor que el polígrafo, con solo mirar la cara del interlocutor
Romi es el diminutivo de Romina. A su padre le obsesionaba la música italiana y quiso nombrarla así en honor de Romina Power, la integrante, junto a Al Bano, del famoso dúo vocalizador de esa suerte de himno peninsular titulado Felicidad. Sin embargo, la joven no es muy feliz que digamos; y debajo de sus maneras hoscas hay fragilidades que esconde, a la manera de una máscara.
Estos son los bosquejos caracterológicos del personaje central perfilados en los dos primeros episodios de la serie española Romi (Mediaset, 2025), estrenada en la Televisión Cubana: otra de adultos no oyentes en el audiovisual ibérico en el año del filme Sorda (Eva Libertad, 2025). Si bien nuestra Romi, con su implante cloquear y su perfecta dicción, no tendrá muchos problemas.
Una vez sentado el perfil del personaje central, a lo largo de ocho interminables episodios este procedimental (las series en las que se expone, sigue y resuelve un caso en un mismo capítulo) entrelazará los hechos investigados en la mencionada agencia con el intríngulis de una unidad central de la policía vasca en Bilbao, País Vasco.
Alaia, inspectora jefa allí, es –además– la madre de Romi, facilista elemento conector de guion para imbricar ambos escenarios de búsqueda en cuanto a material informativo o de otro género. Alaia desarrolla una línea investigativa personal, relacionada con la sospecha de que el accidente en los muelles donde su esposo, y padre de Romi, murió, no fue tal, sino un asesinato premeditado.
Los casos expuestos en cada episodio, valga ya decirlo, van de simplemente correctos a ligeros; e incluso son bastante débiles en varios capítulos. Sin importar que el acento dramático pretendiese recaer sobre el tejido emocional del personaje de Romi, debieron ser menos predecibles y poseer mayor nivel de consistencia.
Dan la impresión, algunos, de ser largos rellenos narrativos en función colateral de atender el objetivo que quizá más interesaría: la evolución de Romi en tanto personaje.
El problema es que –se supone– la joven detective privada debería evolucionar, también, a partir de estos casos, dada la importancia central que para sí reviste su labor; sin embargo, al todo girar en círculos cerrados sin demasiado oxígeno dramático, los espacios narrativos resultan escasamente proclives a crecimientos o auto descubrimientos sicológicamente enriquecedores.
A la limitación de que la mayor parte de los personajes estén poco desarrollados se contrapone el mérito del diseño sonoro, que rentabiliza de forma ortodoxa pero práctica la dicotomía entre los universos del silencio y del ruido donde se sumerge Romi, a partir de su empleo o no del implante cloquear, o de determinadas situaciones argumentales concebidas por el creador Iker Azkoitia.
Una espigada María Cerezuela –Premio Goya a la Mejor Actriz Revelación, en 2022, por Maixabel– compone a Romi. Ella, junto a Elena Irureta y Axier Etxeandia (dos actores vascos que caen parados donde los pongan: aquí en los roles de la abuela y del jefe de la joven detective) resultan, desde el plano interpretativo, los mejores alicientes para ver una serie que parecía tener muchísima más cuerda de la que desarrolló en sus ocho episodios.











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