ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Alicia Alonso en el segundo acto de Giselle. Foto: Tito Álvarez

La danza ha sido, y es, mi vida. A ella he dedicado cada momento de mi existencia, mis mejores entusiasmos. A este arte uní, desde niña, mis sueños y esperanzas. Esta es la razón que me hace sentir solidaria con todos los que de una forma u otra han luchado y luchan por enaltecer esta expresión artística, en todas sus manifestaciones y modalidades. Por eso un día como hoy, en que la generosidad de los jaliscienses quiere reconocer lo que he aportado en mi trayectoria, me parece oportuno hacer una breve reflexión a favor de quienes en la América Latina, en esta América Nuestra –como la llamara José Martí– comparten mi vocación por la danza y, dentro de ella, por el arte del ballet.

La danza es una expresión espontánea de los pueblos iberoamericanos y caribeños, y se encuentra enraizada profundamente en nuestros antecedentes étnicos y culturales. El baile posee un lugar muy especial dentro del rico folklore de esta región. En consecuencia, estos pueblos están naturalmente dotados, de manera excepcional, para las distintas manifestaciones de la danza teatral. Pero para lograr un pleno desarrollo de estas facultades, es necesario que esta potencialidad sea ejercida sin fronteras ni prejuicios, sin exclusiones empobrecedoras. No siempre ha sido así, y diversos son los escollos que con frecuencia se debieron enfrentar en la América Latina, al ejercer la profesión de bailarín o llevar adelante una compañía de ballet.

Nuestros pueblos tienen derecho a desarrollar su cultura propia, a expresarse con un arte afincado en sus raíces; pero también a asumir, a apropiarse y disfrutar del acervo cultural creado por la humanidad en su desarrollo. Y dentro de esta herencia recibida, se encuentra el ballet clásico, como una manifestación de incalculable belleza, que aporta al lenguaje corporal artístico siglos de conquistas técnicas y expresivas. Esta riqueza pertenece a todos los pueblos y a todas las épocas.

Durante muchos años en nuestros países se entronizaron, en el campo de la cultura, teorías y prácticas autodiscriminatorias en relación con la capacidad de los latinoamericanos para el arte del ballet. Así se trataba de limitar a los bailarines nacidos en estas tierras, calificándolos de no aptos, por supuestas razones físicas y culturales, para practicar la danza clásica. Un destructivo complejo de inferioridad intentaba negar a los latinoamericanos como intérpretes eficaces de las grandes obras del repertorio tradicional del ballet, e incluso para expresarse por medio de la técnica fundamentada en el vocabulario académico. Aún hoy, estos criterios se sustentan en algunos sectores recalcitrantes, que opinan de espaldas a lo que muestra la realidad. En los inicios de mi carrera encontré y combatí estos conceptos, no solo en Latinoamérica, sino también en los Estados Unidos y en Europa.

Creo que si algo he podido aportar con mi arte y con el trabajo pedagógico y organizativo al frente del Ballet Nacional de Cuba, ha sido contribuir por medio del ejemplo, a que nuestros pueblos adquieran confianza en el carácter ilimitado de sus propias posibilidades para expresarse dentro de la danza. Cuando comenzaba a despuntar mi carrera como primera bailarina, en los Estados Unidos, algunos trataron –quizá con la mejor intención del mundo– de cambiar mi nombre artístico por otro de resonancias eslavas o sajonas. Tuve entonces la fuerza y la dignidad de negarme, por encima de intereses empresariales y tácticas de promoción, a adoptar un nombre ajeno a mis raíces. En contra de ciertos pronósticos, logré un prestigio artístico internacional dentro del ballet con mi nombre latino. También conocí en aquella época a algún trasnochado crítico –de un país del Viejo Continente con rancias tradiciones– que decía extrañarse al ver a una latinoamericana destacándose en el ballet clásico, y que se atreviera a interpretar los personajes de la alta tradición dancística, en los afamados templos teatrales europeos. Es decir, que debimos enfrentar, en casa, la falta de confianza en nuestras posibilidades; y en el exterior, la discriminación por razón de origen y cultura. Solo se nos concebía entonces como intérpretes de las danzas folklóricas o de carácter étnico, o de ciertas modalidades de la danza-moderna.

El tiempo mostró con elocuencia cuáles eran los verdaderos valores, y hoy esa demostración se extiende y se hace evidente con la existencia del Ballet Nacional de Cuba, una compañía esencialmente cubana, latinoamericana, y que es conceptuada internacionalmente entre las más importantes del ballet mundial, poseedora, además, de un repertorio capaz de mostrar con pareja maestría, desde los grandes clásicos de la tradición europea, hasta creaciones de lenguaje moderno o contemporáneo; obras que interpretamos, por cierto, impregnadas de nuestras esencias nacionales, sin que en los clásicos disminuya con ello su reconocida pureza y su rigor técnico o estilístico. Cuando hace algunos años el Ballet de la Ópera de París, célebre institución en la que se estrenó el ballet Giselle en 1841, y muy celosa de su historia y de su identidad, nos solicitó para su repertorio la versión cubana de esta obra maestra del romanticismo francés, vi en ello, ante todo, no un éxito personal, sino el triunfo de nuestras culturas por medio de una ejemplar lección, ofrecida en primer lugar a nosotros mismos, sobre cómo asumir la herencia cultural europea, enriquecerla e insertarla en el ser nacional.

La Escuela Cubana de Ballet, hoy tan apreciada internacionalmente, no es otra cosa que la forma específica de bailar los cubanos dentro de la disciplina del ballet, la manera de usar y enriquecer una técnica universal, dotándola de un particular sentido expresivo; y como sustento de ello, el aporte de una nueva metodología de la enseñanza creada sobre la base de la tradición clásica más estricta, pero aplicada al físico de nuestros bailarines, a su idiosincrasia y necesidades temperamentales, sin olvidar tampoco las exigencias de la contemporaneidad. Llegados a este punto es oportuno preguntarnos, ¿por qué no puede lograrse también esto en otros pueblos con bases culturales afines a las de Cuba? ¿Por qué no podría existir una escuela propia en otros países de la América Latina, o mejor aún, que se alcanzara algún día la escuela latinoamericana de ballet? Sería un hecho trascendental en la historia del ballet, arte que se enriquecería con la fuerza y variedad del rico mosaico de las culturas nacionales que florecen en esta región.

Demos vía libre pues, a todas las expresiones dentro de la danza escénica. Que las diferencias sean, simplemente, entre las obras artísticamente logradas y las que no lo son, sin prejuicios esterilizantes hacia determinadas modalidades; sin menospreciar el patrimonio que representa siglos de desarrollo en el arte de la danza. En Cuba, podemos decir, no sin cierto orgullo, que el ballet es un arte popular, que ya es parte inalienable de la cultura nacional. Hemos podido lograr no solo agrupaciones dancísticas de alto nivel, sino también un gran público, conocedor y entusiasta. Es de justicia señalar que, en estos resultados, fue determinante la existencia de un proceso revolucionario que dio, desde su inicio, apoyo material y espiritual, necesarios para que nuestras metas, trazadas desde años antes, pudieran alcanzarse a plenitud, hasta los más altos niveles. Y no se trata únicamente de lo conquistado en el aspecto artístico, sino de la proyección social de estos logros, para el disfrute de todos los sectores de nuestro pueblo.

Estas ideas he querido compartirlas con ustedes en un día como hoy, que considero trascendente no solo para mí, sino para el arte de la danza, muchas veces soslayado en los medios académicos, e incluso, menospreciado por algunos intelectuales. Creo que este homenaje que ahora recibo, constituye un hermoso y significativo gesto de la Universidad de Guadalajara, porque es también una forma de reconocer y abrir sus puertas a la danza.

Por último, en esta ocasión memorable, deseo enviar desde aquí mi sincero y emocionado mensaje al pueblo de México, tan querido por todos los cubanos.

Dicen que desde algunos puntos de las costas de Yucatán y de Cancún, en los días claros, pueden divisarse las costas de Cuba. Cerca estamos en la geografía, pero más cerca hemos estado siempre en nuestra historia y en nuestros sentimientos. José Martí amó a México y antes, este país acogió a una de las voces fundadoras de nuestra cultura, el poeta José María Heredia, que cantó de manera inolvidable maravillas de esta tierra. En México encontraron abrigo y amistad los héroes del Granma y muchos otros cubanos en distintas épocas y circunstancias. Es por eso que hoy, al recibir este gran honor, lo hago en nombre de la hermandad entrañable entre los pueblos de Cuba y México, sentimientos que nunca podrán ser empañados ni disminuidos, porque obedecen a las más poderosas razones, que son las razones del corazón.

*Publicado originalmente en la revista Cuba en el Ballet, La Habana, n. 100, jul.- dic., 2002, pp. 69-71. Una versión de los conceptos aquí expresados están contenidos en la ponencia presentada en el III Congreso Cultura y Desarrollo, celebrado en La Habana, y que fue recogido en el CD Rom Memorias Congresos Internacionales Cultura y Desarrollo, Ediciones Cubarte, Colección Hitos, Ministerio de Cultura.

COMENTAR
  • Mostrar respeto a los criterios en sus comentarios.

  • No ofender, ni usar frases vulgares y/o palabras obscenas.

  • Nos reservaremos el derecho de moderar aquellos comentarios que no cumplan con las reglas de uso.