Vincent Versace, fotógrafo estadounidense con más de 30 visitas a Cuba y un lente que ha recorrido medio mundo, tituló Cautivado por momentos su reciente muestra en el Museo Nacional de Bellas Artes (MNBA), visible hasta el 1ro. de agosto en el Edificio de Arte Universal.
Quizá no imaginó que el público quedaría tan cautivado como él. Este mes, durante la inauguración, Versace confesó que nunca se había sentido tan emocionado. Quienes asistieron entendieron por qué.

El autor del conjunto, que comprende 52 obras entre retratos, paisajes y arquitecturas de diversos países, es embajador de Nikon, que lo considera uno de los mejores narradores visuales de su época. Su obra forma parte de la colección permanente del Museo de Historia Americana del Instituto Smithsoniano y ha sido destacada en diversas publicaciones, además de ser autor de libros de referencia sobre fotografía digital.
La muestra nos abre la posibilidad del asombro: los escalofríos –la marca física de habernos transportado, por un instante, a los momentos retratados– aparecen con frecuencia, incluso cuando los escenarios quedan lejos geográficamente.

Esa sensación, que ciertamente no logran todas las obras de arte, tiene su aliada en la acertada selección curatorial a cargo de Jorge Antonio Fernández-Torres, director del MNBA, quien relaciona las piezas de Versace con el concepto de «momento decisivo» acuñado por Henri Cartier-Bresson, padre de la fotografía callejera y del fotoperiodismo.
Ambos géneros han sido apropiados por el fotógrafo norteamericano: a decir de Fernández-Torres, Versace «no se empeña en retratar modelos; descubre a esos personajes anónimos que, sin pedir permiso, toman por sorpresa al lente de su cámara».

Al apretar el obturador, Versace no necesita licencia. De otra forma no se explica la naturalidad de esos sujetos, la fuerza expresiva de sus miradas, sus alegrías y sus penas: lo sienten uno de los suyos.
Sus ensayos fotográficos, como bien apunta el director del MNBA, tienen una fuerza icónica indestructible. Valga visitar las galerías dedicadas a la India y a Cuba, países de los que ha retratado la heterogeneidad de costumbres, tradiciones y edificaciones. De esta Isla –y específicamente de La Habana, «que tiene un pedazo de mi corazón, dice Versace, y no visito todo lo que quisiera»– nos ha regalado instantáneas de sus gentes, del malecón en sus momentos de furia o calma, y otras que motivan a pensar en tiempos pasados.

Fuera de Cuba –añade Fernández–Torres–, el artista nos sumerge «en la imponencia del Edificio Chrysler de Nueva York, la atmósfera mítica de la torre Eiffel, el despliegue brumoso del puente de San Francisco, el paso enigmático por un templo budista en Birmania». Muchos de esos instantes están ejecutados en blanco y negro, con un contraste intencional.
Versace defiende la importancia de no forzar el oficio, sino dejarlo fluir. Ha dicho que no toma fotografías: más bien es capturado por ellas. La responsabilidad que cede al público es poderosa: que cada espectador encuentre algo de sí mismo en sus imágenes, un atisbo de empatía. No será difícil: no solo hizo bien su trabajo, logró que el asombro sea el verdadero protagonista.












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