Siempre he pensado que el cocodrilo debió tener mejor fortuna cinematográfica, debido al miedo ancestral que desata entre los humanos este fósil prehistórico, cuyas formas de matar son incluso más tenebrosas que las de los tiburones.
Pero los cocodrilos y caimanes –los cuales nunca se encontraron con un Spielberg en su camino, ni jamás olieron algo semejante al clásico de 1975 dirigido por ese realizador– han tenido una maldita suerte fílmica desde que asomaron su mandíbula en la pantalla, hace 48 años, mediante el filme Agowa gongpo, a cargo del cineasta coreano Lee Won–se.
Justo por obra de un cocodrilo, esta semana efectué mi mayor acto de sacrificio en lo que va de año: resistir los 142 minutos del largometraje hindú El último depredador (Bejoy Nambiar, 2026). Lo hice por dos razones: oficio y mi atracción histórica por el cine de terror y su vertiente de depredadores, incluidos los saurios.
La estrenada El último depredador (una pareja metida en una inusualmente profunda piscina junto a un cocodrilo, que sale y vuelve a entrar cuando le da la gana entre arrumacos de los jóvenes y arrebatos musicales típicos de la industria de ese país, pero del todo improcedentes aquí) confirma la principal razón por la que el subgénero nunca concitó el respeto que debió merecer: es un cine más emparentado con la (mala) comedia que con el terror.
Desde la deidad local convertida en caimán para devorar a los turistas que penetran a su ínsula tropical en La isla del gran caimán (Sergio Martino, 1979), pasando por la anciana que alimenta a los cocodrilitos en Lake Placid (Steve Miner, 1999) o la ridícula bestia aparecida en la tormenta de Croc Tsunami (Zhou Jiuqin, 2021), hasta el visualmente desastroso saurio gigante que aterroriza una boda ¡en medio de la campiña inglesa! en Cocrodile Vengeance (Paul W. Frankin, 2022), en esta comarca hay mucho más material destinado a provocar sonrisas o carcajadas que pavor.
Cine de explotación del peor tipo, tanto las mencionadas como muchísimas otras son comedias involuntarias (aunque pretendan, en la mayoría de los casos, ser cine de terror) que ni siquiera poseen elementos a su favor como para situarlas dentro de la categoría de la Serie B, una pantalla esta la cual suele denostarse, aunque también posee sus valores, firmas y aportes.
Entre las más cercanas comedias involuntarias de saurios figura la británica The Bayou (Taneli Bustonen, Brad Watson, 2025), la cual lleva a territorio argumental del subgénero la plagiada trama de la muy superior Oso intoxicado (Elizabeth Banks, 2023). En vez de plantígrados cocainómanos, ahora son caimanes drogados.
Y, bueno, por haber ha habido hasta sagas (las seis partes de Lake Placid) y películas de cocodrilos contra pitones y contra anacondas.
Son largometrajes resueltos –salvo algunas excepciones– a partir de guiones malísimos, que delatan el desconocimiento de sus autores de los patrones dramatúrgicos de la pantalla de terror; con limitados presupuestos, lo cual se aprecia sobremanera en las deficientes imágenes computarizadas que emplean; actores de limitado potencial histriónico y equipos técnicos de cuarta fila.
Del casi medio centenar de películas de cocodrilos filmadas entre 1978 y 2026 muy pocas se salvan de la hoguera. Estas son Alligator (Lewis Teague, 1980), aquella del reptil que crece bajo las cloacas de Chicago, sobre todo por su carácter precursor de imbricar las leyendas urbanas a la pantalla de terror; el par de insuperables cintas australianas Terror bajo el agua (Greg McLean, 2007) y Agua sangrienta (Andrew Traucki, David Nerlich, 2007); e Infierno en la tormenta (Alexandre Aja, 2019).
El francés Aja pretende lanzar en 2027 la secuela de esta película que encantó a Quentin Tarantino (si bien tampoco es para tanto) sobre caimanes sueltos por una ciudad inundada tras el paso de un huracán, la cual a su vez fue plagiada hace pocas semanas por el noruego Tommy Wirkola en el filme de tiburones Embestida (2026).










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