
Desentrañar la vida del genio admirado, sus dilemas personales, motivaciones, felicidades y desgracias es un deseo al que la humanidad no consigue resistirse. Quizá, por eso, la figura de William Shakespeare (Stratford-upon-Avon, 26 de abril de 1564–23 de abril de 1616) inspire tantas preguntas, incluso a 410 años de su muerte.
Apenas retazos de la vida del dramaturgo, poeta y actor inglés pueden ser confirmados: sus padres, matrimonio, descendencia…; pero ni siquiera las fechas de nacimiento y deceso son exactas, y varios años de su existencia –fundamentales, los de su paso del ámbito rural al teatro londinense– no poseen registro histórico alguno.
Se suma a ello la tendencia dentro del ámbito académico, si bien no mayoritaria en la actualidad, que duda de la autoría de sus inmortales obras. Entre sus hipótesis está que bajo el nombre de William Shakespeare se escondían otras personas, de mayor cultura y abolengo, como sir Francis Bacon.
Cuestionan que el hombre que reposa en la Holy Trinity Church de Stratford, bajo el epitafio «Buen amigo, por Jesús, abstente de cavar el polvo aquí encerrado. Bendito sea el hombre que respete estas piedras y maldito el que remueva mis huesos», pudiese tener tal dominio del idioma inglés, y quizá aún mayor profundidad filosófica, los cuales lo llevaron a ser considerado «el escritor más importante en lengua inglesa y uno de los más célebres de la literatura universal».
Y, sin embargo, bien atrás queda la significación de esas indagaciones, cuando se abre –por ejemplo– Hamlet, príncipe de Dinamarca, y leemos:
«¡“Parece”, señora! ¡No; es! ¡Yo no sé parecer! ¡No es solo mi negro manto, buena madre, ni el obligado traje de riguroso luto, ni los vaporosos suspiros de un aliento ahogado, no; ni el raudal desbordante de los ojos, ni la expresión abatida del semblante, junto con todas las formas, modos y exteriorizaciones de dolor, lo que pueda indicar mi estado de ánimo! ¡Todo esto es realmente apariencia, pues son cosas que el hombre puede fingir; pero lo que dentro de mí siento sobrepuja a todas las exterioridades, que no vienen a ser sino atavíos y galas del dolor!»
Entonces solo importa lo que las palabras hacen sentir: el ansia de seguir leyendo, el desasosiego, las frases que se quedan para siempre en el imaginario propio: «Ya sabes que esta es la suerte común: todo cuanto vive debe morir, cruzando por la vida hacia la eternidad»; «¡rómpete, corazón, pues debo refrenar la lengua!»; «sé sincero contigo mismo, y de ello seguirá, como la noche al día, que no puedas ser falso con nadie».
Cuando Shakespeare pone en boca de Hamlet: «¡Hay algo más en el cielo y en la tierra, Horacio, de lo que ha soñado tu filosofía!», habla a Horacio y a las mujeres y los hombres todos que luego han leído o visto representada la pieza.
La tragedia de Macbeth; Otelo, el moro de Venecia; El rey Lear, La tempestad, Romeo y Julieta… han influido de forma determinante en la cultura universal: la literatura, el resto de las artes, la filosofía. Sus personajes interpelan al alma contemporánea: los deseos, los celos, la venganza, el amor. Eso hacen los clásicos: tienen siempre algo que decir, y transforman vidas y percepciones.
Muchos de los argumentos de estas obras no fueron originales de Shakespeare, pero fue su pluma la que les puso la genialidad, el gen contra la erosión del tiempo; y que la intertextualidad devuelva en el presente muchas otras visiones e interpretaciones a partir de ellos es solo una prueba más de lo hermoso y significativo que pueden crear los seres humanos a partir de sus esencias, muchas veces sin repetirse en el intento.
Así como es inagotable el ingenio y la sensibilidad humanas, lo es Shakespeare. Para Hamlet, «Un sueño no es en sí más que una sombra», pero su creador es toda la luz después de los sueños y las sombras.











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