
Honremos al idioma con que nos expresamos. Él es parte de nuestra cubanísima identidad y de la identidad colectiva de los hispanohablantes. Formamos, por su medio, una comunidad que puede entenderse bien en varios continentes. No por simple metonimia se le llama «la lengua de Cervantes», presidida por algunos de los genios que han trabajado el habla popular y le han dado cuerpo literario de alta valía artística. También le llamamos «castellano», porque inició su periplo en el habla regional de la península Ibérica en tierras de Castilla, rodeado por otras lenguas hermosas como el portugués, el gallego, el vasco tan diferente, el catalán o el registro valenciano, con el francés al norte y las lenguas árabes al sur.
Lo heredamos de los colonizadores, cierto. Las lenguas aborígenes del archipiélago cubano no tenían escritura, no existían multitudes que las hablasen, pero quedaron fijadas en nuestra orografía e hidrografía y en términos que se sumaron al lenguaje. No está mal que cuando honremos al rico y absorbente español recordemos esas lenguas autóctonas, desaparecidas en Cuba, pero vivas en la gran área de lo que hoy llamamos América Latina.
Se nos hace grato, desde Cuba, escuchar las variantes regionales del idioma: cómo lo convierten los chilenos en una suave canción; el vos sos argentino, riquísimo en Jorge Luis Borges y en Julio Cortázar; la limpia pronunciación de los colombianos; el ayayay («canta y no llores...») de México; el fragor dominicano y puertorriqueño (no el anglicismo portorriqueño), tan próximo a las maneras expresivas de las regiones orientales de Cuba, y el salero andaluz. El vosotros sois de España se muestra ante el ustedes son que acá, aquí, ejercemos como variante viva de nuestro español.
El ritmo de la variante caribeña ha crecido junto al bolero y al son, ante la voz de José Martí, con una de las prosas más ilustres del idioma, y nos enorgullece en el canto del negro insular recogido y elevado por Nicolás Guillén, o en el barroco de Alejo Carpentier o José Lezama Lima, quienes le sacaron partido a nuestros giros a veces enrevesados de elegir, entonar, pronunciar y darle valor poético popular al léxico.
Hoy día ya nadie, en parte alguna, es dueño del amplio español. Las «hermanas patrias» mantenemos con orgullo las particularidades de usos, nos agrada oírnos en el concierto del idioma. La cultura popular ha ido aislando términos, como la compleja manera de referirnos a las cuestiones u órganos sexuales, a las comidas y bebidas, a las expresiones musicales y artísticas en general. Nos seguimos entendiendo más que bien cuando alguien de España nos dice «voy a por ti» o «estoy flipando», o cuando en Hispanoamérica preferimos decir «ven acá» y no «ven aquí».
En Cuba vivimos orgullosos de cómo hablamos, nos gusta que desde Oriente digamos que vamos en cutara, o bebemos prú, y que en Occidente se pronuncie paqque, en lugar del castizo parque. El idioma tiene sus normas, respetables, pero no son camisas de fuerza, con el tiempo lo valioso que parecía demasiado incorrecto se va tornando, desde el habla popular, en admisible. Sucede con la palabra asere, que se corresponde con otras muchas de las maneras regionales del español, y que ha pasado en Cuba por el empleo de varias generaciones, parece que para tomar carta de fijación, secundada por sus usos literarios.
Además de las academias, es el pueblo quien limpia, pule y da esplendor a la lengua de Cervantes, al idioma de Martí. No hay que abusar con maneras vulgares en exceso, desprovistas de la gracia creativa de lo popular. Hay modos del hablar grosero que, por suerte, el pueblo no fija porque le mata el esplendor expresivo. Algunas veces la grosería se hace eco en las letras de canciones, y se torna llaga, se hace espanto de las buenas costumbres de comunicación oral. La trova tradicional y la Nueva Trova, así como la canturía decimista, son ejemplos de belleza del uso del idioma. La décima, bien llamada espinela, es un fabuloso puente intercultural de los hispanohablantes, sus cultores saben usarla con notables finezas idiomáticas.
Me siento orgulloso del fecundo idioma que hablo. Es necesario, sí, que se conozcan otros, que en sitios en que ellos se hablan podamos comunicarnos fluidamente, pero esa raíz fabulosa del español es sin dudas un orgullo para quienes lo hablamos. Nuestro idioma es tan receptivo, que cuando lo oímos incluso mal hablado por extranjeros, se nos hace simpático, no rechazamos ese impulso del mal decir o de acento peculiar porque amamos la esencia elegante y valiosa de la lengua de Antonio Machado, Pablo Neruda, César Vallejo, Octavio Paz y de Dulce María Loynaz.
En el Día del Idioma aplicamos el «honrar, honra» del apóstol Martí. Honremos nuestra espléndida lengua con amor y cuidado, hay que velar por ella contra lo chabacano, contra aquello que la rebaja como trapo de mala cocina. Si vivimos también en nuestra habla, pues vivamos bien, que el bien vivir radica asimismo en la bella llaneza y hondura de nuestro idioma.











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