
Mucha debió ser la frustración de aquel adolescente cienfueguero llamado Arquímedes Pous y Vives (18 de mayo de 1891 – 16 de abril de 1926) cuando sus padres lo presionaron para que estudiara Medicina. De niño improvisaba teatros infantiles en casa de amigos y parientes, pero su padre, un comerciante de economía próspera, pensaba que con el arte no se conseguían riquezas y deseaba para su hijo un futuro seguro.
Poco se podía hacer, sin embargo, contra el destino de Arquímedes. Cierto día de 1906, mientras trabajaba de incógnito en un teatro, un hecho fortuito marcaría para siempre al que luego se convirtió en el gran actor del bufo cubano. En las tablas se desarrollaba un acto humorístico, cuando llegó al local uno de sus familiares en su busca. Para no ser encontrado, el joven se embadurnó el rostro y las manos con pintura negra. En su escapada, nada menos que fue a dar al escenario. Los espectadores, sorprendidos –tanto como el propio Pous–, creyeron que se trataba de una variante del número. Fueron sus aplausos los que motivaron al joven a desviarse del arte dramático para dedicarse al teatro bufo.
El Negrito, esa figura que lo llevó a la fama, fue concebido por Francisco Covarrubias, conocido como el «Padre del teatro cubano», alrededor de 1812. Generalmente interpretado por personas blancas, el personaje se caracterizaba por ser un pícaro que enfrentaba a su contraparte, el Gallego –avaro y un poco bruto–.
Pous recorrió diversos pueblos de la Isla y culminó su gira en la capital, con actuaciones en El Molino Rojo, un teatro de obras picarescas, exclusivas para hombres solos –sicalípticas, en el argot teatral–, en clara competencia con el teatro Alhambra.
Si bien el teatro bufo cubano tiene sus antecedentes en España, el de Arquímedes estuvo influenciado por la comedia musical norteamericana del Music Hall. Por eso logró una renovación en ese ámbito y se dice que fue el actor que más respetuosamente interpretó al Negrito: no de forma marginal, sino como si lo hubiera «vestido de etiqueta».
Sobre su trascendencia en la escena, el director teatral Generoso González Rodríguez, también cienfueguero, ha ofrecido estas valoraciones: «Utilizaba mucho el baile, elementos coreográficos. Junto con Arquímedes se desarrollaron muchos actores de aquella época. Tenemos el caso de Conchita Llauradó como mulata; Luz Gil, que fue la mexicana del teatro Alhambra, la vemos en La Bella del Alhambra».
El caso de Luz Gil es singular: abandonó el teatro Alhambra, en el que era considerada una estrella, porque Arquímedes le propuso hacer carrera con él. Quizá la convencieron su vasta cultura –hablaba varios idiomas– y sus facultades naturales, que le permitían ser autor, director, bailarín e intérprete de sus propias obras.
Lo reclamaron constantemente en La Habana y en otros países de América Latina, pero siempre estuvo vinculado a su ciudad natal, en la cual nunca dejó de ofrecer funciones. El soporte musical de sus obras lo hicieron posible compositores como Ernesto Lecuona, Moisés Simons y Jorge Ackerman.
Tenía solo 34 años cuando falleció en Puerto Rico. «Murió en escena –ha recordado González Rodríguez–. Él estaba en un teatro importante de la ciudad de Mayagüez cuando se sintió muy mal y, bueno, dicen que cayó al piso durante un ensayo, víctima de una peritonitis. No hubo salvación para su vida».
Hace varias décadas se colocó un busto suyo en el Parque Martí, en su ciudad natal, que ahora engalana el teatro Tomás Terry. Hasta los años 80 del siglo pasado, anualmente se celebraba en mayo, en ese mismo teatro, una pequeña temporada en su honor. De seguro muchos cienfuegueros coinciden en que la memoria de Arquímedes Pous, en el centenario de su fallecimiento, aún aguarda un tributo mayor.











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