«No trabajo para convencidos», dice, categórico, Roly Peña; y así se descubre su pasión por el reto y también que espera, con cada entrega, aportar: «Trabajo para contrarios y para el área de duda. El que no conozca del tema, ese es mi público, o el que lo niegue, ese es mi público. Al menos a uno lo hago pensar y al otro, conocer».
Antes de ser el director y actor que es hoy, al niño Roly –nacido en 1966– lo que le gustaba de verdad, mucho, era el deporte; pero según crecía una idea fue madurando en él: la actuación le era más cercana por «cómo podía expresar o comunicar a partir de diferentes personajes».
En ese entonces no existía la Escuela Nacional de Arte, y matriculó en la de Instructores: «la asignatura principal era la dirección, y me incliné a la dirección teatral. A partir de ahí, empiezo a fijarme en el audiovisual».

–Usted ha dicho: «No tengo una visión actoral de un fenómeno dramático. Tengo y tuve una visión como director», pero también ha actuado y mucho. ¿En qué se diferencian esas dos visiones y en qué se complementan?
–Tanto el actor como el director tienen la misión de comunicar, de transmitir ideas y emociones. Ahora, el actor es un personaje más entre el entramado de lenguajes que maneja un director para comunicar algo.
«Por supuesto, el actor en muchos casos, o casi siempre, en la ficción, es el protagonista, la cara de lo que quiere transmitir el director. Y este último tiene el trabajo de manejar todas las especialidades. El actor se viste de imagen, de vestuario, de sonido, de banda sonora, de espacios, de locaciones, todo en función de una idea. Por tanto, la responsabilidad –por decirlo así– del director es la obra en sí misma, la del actor es la del personaje».
–¿Sigue actuando en medio de un proyecto de dirección para «descompresionar»?
–Sí, y no solo lo hago yo, me gusta que lo haga el equipo completo. Yo creo que estar delante de la cámara nos da conciencia de lo importante que es el actor, y de cómo las energías tienen que estar en su función. Me sirve de entrenamiento.
–Si miramos su hoja de vida profesional, hay cine, videoclip, series, telenovelas… ¿qué tiene que tener un proyecto para que le interese a Roly Peña?
–Lo que cuente, lo que transmita, lo que haga que alguien se siente delante de una pantalla y no se quiera mover de ahí; porque, además, sea útil para su vida. Creo que este es el principio fundamental: entretener enseñando.
«Por eso me gusta tanto el tema de la historia, tengo la necesidad de transmitir mi cultura; creo que la nacionalidad es la base fundamental de los pueblos, de los seres. Si no tenemos nuestra cultura afianzada, somos presa fácil de cualquier intención».
–Recuerdo que en mi adolescencia hubo series extranjeras que se convertían en un fenómeno, y en la beca los muchachos comían temprano para verlas; pero hay series que usted dirigió que lograron ese efecto también. ¿Qué recuerdos guarda de Enigma de un verano, y Coco Verde?
–Tengo un recuerdo de amor. Primero, porque Enigma… fue mi primera serie. Segundo, porque la hicimos un grupo de novatos, pero quizá con tanto deseo y tanto amor que salió.
«En los proyectos lo más difícil es conceptualizarlos y hallar la idea central por la que nos vamos a guiar todos. Trabajamos muchas horas en la preproducción, que fue muy dura. Después, se grabó con una sola cámara, lo que la hacía más cinematográfica, pero más compleja para el macheo de los personajes, del vestuario, de la acción física.
«Sí estaba un objetivo muy claro: trabajar para los jóvenes con el punto de vista de ellos; y que la televisión tuviera un espacio donde la familia, como en aquel de aventuras, se pudiera reunir a una hora del día, viendo algo que transmitía cómo utilizar el tiempo libre, cómo asociarse en grupos con buenas ideas.
«Esto provoca que se haga después Coco Verde. Y pasó lo mismo. A mí ambas me ayudaron mucho a aprender cómo crear colectivos, cómo aunarnos por una misma idea, y así ha sucedido después con mis equipos, perduramos en toda la carrera».
–Lucha contra bandidos, la segunda temporada, ¿cómo llega a la serie y qué impacto tuvo en su carrera?
–Digo y sigo diciendo que no tenemos necesidad o, al menos, no estamos obligados a importar héroes. No niego la historia de los otros países, yo creo que son bellas. Hay héroes allí que son buenos referentes, pero yo también los tengo. Por eso le doy prioridad a la necesidad de comunicar la historia de mi país.
«Había hecho Dos Ríos, el enigma y la serie Duaba, la odisea del honor. Y me llaman para la primera temporada de Lucha contra bandidos. No pude, creo que ya estaba en otro proyecto, pero colaboré y asesoré.
«En la segunda temporada es Albertico Luberta quien se complica con una novela, y me llaman. Por supuesto, con total deseo salimos a hacerlo. Una cosa bella que pasó fue la aceptación del público. Además, era una parte de la historia muy desconocida, la de los bandidos en Matanzas».
–Por ese camino de los héroes que tenemos, llegamos a Nora; una película sobre la que se ha conversado mucho, ¿qué peso tuvo en su realización el balance entre la parte artística y la económica?
–Creo que el cine cubano, cualquiera que sea, se va a enfrentar a eso. No tenemos un cine de altos recursos. Pero sí es una industria. Y hay que producir pensando en que se pueda comercializar e ingresar dineros que, a su vez, puedan ayudar para seguir creciendo como cine.
«No considero que estén las mejores condiciones, todos sabemos los niveles de bloqueo que tiene la industria cubana del cine, pero eso no justifica que uno lo quiera hacer mal o no vendible. Creo que hay que pensar en comercializar lo que se haga, aunque hoy no se pueda, aunque sea difícil».
–¿Se puede hacer buena televisión en Cuba hoy?
–Algo que hemos estado discutiendo mucho es que en Cuba lo que existe es una escuela de teatro; y los mayores empleadores a nivel mundial son la televisión y el cine. Creo que se puede hacer una buena televisión, pero los actores tienen que llegar más entrenados.
«El teatro tiene a su favor un público, una energía. El personaje camina según su historia, va in crescendo. La televisión y el cine interrumpen al actor. Y la televisión también tiene unos ritmos de producciones más violentos, son más tiempos que se realizan a diario.
«Hay que pensar que la prefilmación es donde se hace la obra, después se rueda, pero las “pre” tienen que ser más sólidas y favorecer más a los actores en la preparación de personajes, que puedan visitar las locaciones… Creo que la improvisación en todos los sentidos es lo que más afecta».
–¿Qué aspiraciones tiene hoy como director que trata temas históricos, y qué preocupaciones?
–Que se conozca la historia de Cuba. Y creo que lo más complejo sigue siendo que entendamos que tanto los hechos como los personajes reales no son en blanco y negro, tienen matices; son 3d, hablando según las nuevas tecnologías.
«Hacia ahí tenemos que llegar: a mostrar que tuvieron miedos, defectos; pero no para hacer grandes las fallas, sino para que se entiendan como seres vivos, creíbles, porque sus virtudes fueron mayoría.
«Y los jóvenes hoy –el público que realmente me sigue interesando más– tienen que entender que eran seres humanos, y no puede haber seres humanos perfectos. Ese es el mayor reto, poderlo contar como lo haríamos con la historia de nuestra madre, que le conocemos defectos, flaquezas, pero su bondad, su amor, son mayores».
–Ahora mismo, ¿cuáles proyectos soñados lo desvelan?
–Acabo de rodar diez capítulos de 27 minutos, un docudrama sobre Martí: disenso, unidad, la Niña de Guatemala, Carmen Zayas Bazán, Carmen Mantilla, sus enfermedades… Esto era algo que hacía muchos años quería hacer. Si bien en 27 minutos no podemos contarlo todo, sí podemos provocar; dar a conocer el hecho y que exista un material que hasta los profesores puedan usar.
«Por otra parte, tenemos ya listo el guion, con Amílcar Salatti otra vez, sobre los hermanos Saíz. También llevo 14 años trabajando una serie, ficción pura, de dos temporadas, ocho y ocho capítulos, más la película, sobre Calixto García.
«Tenemos en la mesa la muerte de Maceo; una ficción para aclarar todos los hechos que rodearon su muerte. Y estamos ya metidos en el guion de quien, al menos para mí, es un personaje admirable por su voluntad, por el pragmatismo, por lo que logró, un ente vivo como referente: el historiador de la Habana, Eusebio Leal. Queremos hacerle su película porque es parte de la historia de mi país y es parte de la historia moderna. Por ahí andamos».











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