ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Foto: telegraph.uk

Han transcurrido más de cien años desde que Vladimir Ilich Lenin publicara El imperialismo, fase superior del capitalismo (1916); sin embargo, el eco de su voz no solo conserva su pertinencia académica: hoy resuena con una urgencia profundamente histórica.

Estamos presenciando, en tiempo real, una fase de transición sistémica global en la que el imperialismo estadounidense exhibe, ya sin máscaras, los rasgos que el estadista revolucionario diagnosticó con escalofriante lucidez.

Por un lado, una descomposición interna que avanza como una grieta sísmica, una política exterior intoxicada de militarismo, y por otro, una confrontación cada vez más violenta contra las potencias emergentes que se atreven a desafiar su hegemonía, lo que lo convierte en la más grave amenaza para la seguridad y la paz globales.

Lenin definió el imperialismo como la fase superior del capitalismo, un estadio al que atribuyó rasgos fundamentales como una concentración de la producción y del capital que iría mucho más allá de la simple competencia; una fusión entre el capital bancario y el industrial que alumbraría a una todopoderosa oligarquía financiera; habló de la exportación de capital como necesidad vital; de la formación de asociaciones internacionales que se repartirían el botín del mundo; y de la división del planeta entre las grandes potencias.

Esta caracterización, lejos de haber sido superada por el tiempo, se ha vuelto más densa y compleja; piénsese, si no, en el capitalismo contemporáneo, un puñado de corporaciones transnacionales y fondos de inversión –nombres casi espectrales como BlackRock, Vanguard o State Street– concentran hoy un poder financiero que empequeñece el Producto Interno Bruto de la mayoría de los Estados nación.

Aquella fusión de capital bancario e industrial que Lenin avizoró ha mutado en un entramado aún más intrincado y asfixiante, donde el capital financiero especulativo dicta, con la frialdad de un oráculo, las políticas económicas de los gobiernos.

La exportación de capitales, ese rasgo central del análisis leninista, no ha hecho sino acelerarse hasta convertirse en el latido mismo de la globalización neoliberal.

Las cadenas globales de valor, la deslocalización industrial que vacía fábricas en un continente para levantarlas en otro, y la financiarización de las economías periféricas, no son sino formas actualizadas de aquella succión de plusvalía que fluye, incansable, desde el Sur Global hacia los centros de acumulación del Atlántico Norte.

La gran vuelta de tuerca que Lenin apenas pudo vislumbrar, es que la maquinaria ha añadido nuevos y sofisticados mecanismos de endeudamiento perpetuo y condicionalidad macroeconómica –con el FMI y el Banco Mundial como celosos guardianes– que encajan, con precisión quirúrgica, en su esquema de dominación.

Y, sin embargo, el rasgo que hoy adquiere una dramaticidad más hiriente, es la relación intrínseca entre el imperialismo y la guerra, el siglo XX, con sus dos guerras mundiales, se encargó de confirmar aquella previsión.

Lo que observamos en esta tercera década del siglo XXI es el escalofriante regreso del peligro de una guerra a gran escala, esta vez bajo el signo de una potencia hegemónica que, sintiendo cómo se le escapa el mundo de las manos, recurre a la confrontación militar como último y desesperado intento de preservar un orden que se desmorona.

Fuentes:
Harvey, David (2004). El nuevo imperialismo. Akal, Banco Mundial y Fondo Monetario Internacional (FMI), Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (UNCTAD).

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