ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Fotograma de Portobello Foto: Fotograma de la serie

En su miniserie Portobello (HBO, 2026) Marco Bellocchio ha amalgamado varios de los asuntos que le desvelaran durante 65 años de carrera cinematográfica: las obsesiones humanas, la locura, la política e historia de Italia, la inoperancia de su sistema judicial, el papel amoral y carroñero de los medios de comunicación, las máscaras del poder, la observación individualizada de dramas humanos sobre los cuales existe una notable incidencia de las presiones sociales, la voluntad de las personas para levantarse…

Segunda gran serie televisiva filmada por este patriarca de la pantalla peninsular, surgido junto a Bernardo Bertolucci del Nuovo Cinema Italiano de los años 60 (la primera fue la también excepcional Exterior noche, de 2022, sobre el célebre Caso Moro, por el cual ya él se interesó en el filme Buenos días, noche, de 2003), Portobello muestra a un Bellocchio puntista de la cadencia audiovisual, en plena demostración de amor al arte del encuadre y del montaje.

El artista desdeña aquí toda floritura o exceso (presentes, por ejemplo, en Bella atormentada o Sangre de mi sangre), para hilar una rotunda serie de seis horas en la que cada justificado e inalterable plano abre aperturas de sentido, se encadena a la idea rectora y trenza derroteros narrativos desde la más acrisolada fluidez. Esto es escalar a la cumbre de la sencillez a partir de la experticia total del veterano que mira, selecciona y descarta.

A sus 86 años, el autor de La sonrisa de mi madre, Vencer y El traidor, vuelve en Portobello a otro de esos hechos traumáticos de la historia italiana, abordados con frecuencia en su obra: la arbitraria incriminación del periodista y conductor televisivo Enzo Tortora como presunto miembro de la organización mafiosa Nueva Camorra Organizada, más el sesgado e imparcial proceso legal posterior.

En una composición augusta –contenida, pero a la vez impregnada de un profundo magnetismo–, Fabrizio Gifuni (el director también le concedió el protagónico de su serie previa Exterior noche a este actor, cuyo perfil me recuerda al Gian María Volonté de El monstruo en primera plana, la película de Bellocchio de 1972) interpreta a Tortora, hombre del espectáculo adorado por millones de italianos.

Si en El rapto (2023) el bautizo secreto, por parte de una empleada doméstica, a uno de los hijos de una familia judía burguesa de Bologna provoca en el siglo XIX un cisma social causante de transformaciones en el país, aquí algo tan vulgar como la envidia que le tiene a Tortora cierto miembro de la Camorra –afectado por problemas mentales– es lo que determina el encarcelamiento del conductor de Portobello, el programa más visto de la RAI (Radio Televisión Italiana) entre 1977 y 1983, año cuando lo acusaron.

Giovanni Pandico, el esquizofrénico sujeto –quien desprecia el éxito de Tortora cuando ve su programa desde el televisor instalado en la celda de la prisión donde purga uno de sus crímenes– incluye malévolamente su nombre en una lista de imputados, al entablarse la investigación judicial contra el clan gansteril del sur de Italia.

A la acusación formulada por esa persona con trastornos siquiátricos, se sucedieron otras, igual de fantasiosas, de un asesino múltiple de la mafia y de algunos arribistas que emplearon el caso para su provecho personal o sus 15 minutos de fama.

Mediante el caso, Bellocchio parece estar hablando de los débiles sostenes de la cultura de la cancelación y de los asesinatos de carácter, moneda corriente de las plataformas digitales hoy día.

Bellocchio subraya cómo Tortora no tuvo siquiera el beneficio de la duda. Ni lo defendió la RAI que producía su programa Portobello: ni sus compañeros de la prensa, quienes jugaron un rol despreciable en su demonización; ni, muchísimo menos, el poder judicial, cuyos fiscales y jueces querían transmitir una lección a alguien crítico con el poder y ni siquiera investigaron el origen de las difamaciones.

Tortora –tal cual narra con precisión histórica la miniserie– fue definitivamente absuelto en 1986 en la corte de apelación, gracias a una sentencia que anuló el desastroso veredicto del primer juicio. Entonces, ya había pasado 14 meses bajo arresto y su salud estaba deteriorada, a lo que se unía el daño sicológico de las campañas de descrédito. Pocos meses después retornó al programa, pero ya nada fue igual. Falleció en 1988, a los 59 años.

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