ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Carrie Mathison y Jack Bauer, los muy conocidos personajes principales de las series Homeland y 24. Foto: Tomada de Internet

Varias de las construcciones culturales del relato telefictivo estadounidense posterior a la voladura de las Torres Gemelas, el 11 de septiembre de 2001 (11-S en lo adelante), están alimentadas de los mismos temores atizados desde el discurso del poder, inducidos a la población mediante los vehículos mediáticos y audiovisuales.

Tanto las estrategias como las lógicas narrativas de géneros como el thriller o el drama de espionaje se pusieron al políticamente rentable servicio de avivar en el imaginario del estadounidense (y del occidental, por extensión) el pavor a ser atacado por un «otro» que preferiblemente habría de ser árabe, pero que igual podría provenir de Rusia, de la República Popular Democrática de Corea, de China…, o ser interno, incluso.  

En semejante estado de sigilo ciudadano, instrumentos convertidos en legales pese a su sesgo anticonstitucional establecen, del modo más arbitrario, coartar derechos del individuo, en presunta procura de su seguridad.

Así, engendros de la guisa del Acta Patriótica difuminan, soliviantan u obliteran el concepto fundacional de privacidad entendida como expresión de libertad, a favor del «resguardo» de la integridad personal/social por orwellianas fuerzas del orden que, como el ojo de Moloch, rastrean cada paso dado por los seres humanos desde el espacio público hasta el núcleo del ámbito privado.

En tal escenario, fértil para la introducción de series de significación en sus respectivos campos televisuales, a la manera de Flash Forward o las polémicas 24 o Homeland, no resulta nada fortuita la aparición de otro material seriado como Persona de interés, estrenado por la cadena CBS hace tres lustros exactos.

Paradigmática de la paranoia común compartida entre el aparato ideológico del imperio y las líneas argumentales de segmentos del audiovisual, esta serie pretende mixturar el zeitgeist (espíritu de la época) con esa institución cultural norteamericana que es el «vigilante».

La entidad dramática del «vigilante» aparece desde la irrupción de los cómics, para luego sembrarse a la retina en el cine mediante los servicios de Charles Bronson y una pléyade de seguidores, hasta llegar al Denzel Washington de The Equalizer (2014).

El «vigilante» o vengador en la serie Persona de interés –suerte de Gran Hermano bueno y protector, el cual de forma subliminal santifica la idea gubernamental de ese escaneo micro del ser social en el territorio doméstico– tiene entidad dual: virtual y corpórea.

El ente digital se transubstancia en el humano. O sea, el sistema informático en posición de predecir las personas que estarán involucradas en algún hecho delictivo o artefacto capaz de vaticinar el crimen halla su brazo armado o complemento justiciero físico por intermedio del antiguo agente secreto John Reese (Jim Caviezel). La máquina diseñada por el genio multimillonario Harold Finch (Michael Emerson) advierte; mientras el hombre interviene en función del bien público. Una equiparación entre ambos con el poder y sus fuerzas de represión en el orden intencionalmente caótico pos 11–S (en el que transcurre la acción) no devendría exégesis para descartar.

En cada capítulo, Reese y Emerson echan al cesto otro caso solucionado tras combatir contra el mal en una New York más hipervigilada que Londres, el Pentágono y la Casa Blanca juntos. Impedirán nuevos ataques terroristas, tan o más graves que los del World Trade Center; defenderán la seguridad del contribuyente y restituirán un orden tentado a violentarse por los demonios al acecho sobre las calles y edificios del sitio donde se impactaron aquellos aviones taimados…

Si una serie como la israelí Teherán funciona en tanto complemento audiovisual de la guerra cultural, política y militar de Tel Aviv contra Irán, otras como Red de mentiras o la abominable Jack Ryan (transmitidas, igual que todas las estadounidenses mencionadas, en la Televisión Cubana) se subordinan a la cadena de mando ideológica de la Casa Blanca, de forma aquiescentemente acrítica.

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