
Siempre se habla de Israel Rojas. Es natural: la voz líder, la figura central sobre el escenario, el rostro que aparece en las entrevistas y el que suelta las frases de denuncia o ternura que luego se viralizan. Israel es, sin duda, el Quijote de esta historia: el que cabalga al frente, el que clava su lanza en las injusticias con una elocuencia que puede punzar o enamorar.
Pero ningún Quijote llega muy lejos sin su Sancho. El fiel escudero de mi historia no lleva yelmo ni gobierna una ínsula imaginaria. Su trinchera es una hoja en blanco, su lanza es una guitarra clásica aprendida en las aulas de Guantánamo. Su nombre: Yoel Martínez. Y aunque no busca la fama, sin él, tal vez, Buena Fe sería apenas un sueño sin partitura.
Porque Yoel compone. Cada canción que el país tararea, cada metáfora que se cuela en la conciencia colectiva, cada giro inesperado entre el son, la trova, el pop y hasta el rock, lleva su ADN. Mientras Israel cabalga con la palabra al frente, Yoel construye los puentes por donde esa palabra va a cruzar.
Es un cronista de la vida y lo hace desde la versatilidad: sus influencias van del filin al rock progresivo, de la balada al songo. Un músico total que, sin aspavientos, teje la banda sonora de varias generaciones.
Nació en una cuna de cuerdas y armonías. Su padre fue músico del trío Taíno, así que la música no fue una elección sino un destino inevitable. En la Escuela de Arte de Guantánamo se graduó de guitarra clásica, pero las partituras de concierto se le quedaron pequeñas muy pronto.
Por las noches, cantaba y tocaba en bares y restaurantes de la ciudad. El público era escaso, pero el oficio se forjaba en cada acorde. Sin embargo, algo en él se resistía a ser solo un trovador más de barrio. Había una urgencia, una inconformidad que lo empujaba más allá de las propinas y los aplausos.
El 1999 fue el año del azar y la química. En la Escuela de Arte, un joven, Israel Rojas, forcejeaba con un piano. Buscaba la melodía que se le escapaba para una letra que ya tenía. Entonces apareció Yoel, con ese humor peculiar que lo caracteriza —directo, un poco provocador— y le soltó: «Yo puedo ser el loco que te ayude».
No era solo una ayuda. Era el inicio de una sociedad que desafía las estadísticas de los dúos cubanos: más de dos décadas después, siguen juntos, sin gritos, sin egos estrellándose. Porque Yoel es ese Sancho realista que ancla a Israel cuando la lírica amenaza con volverse demasiado etérea. Mientras el Quijote sueña batallas, Yoel Martínez baja los pies a la tierra y recuerda que el espectáculo comienza con un arreglo de cuerdas, un cambio de tempo, un silencio justo.
Su método es la obsesión por el trabajo. Como él mismo ha contado: «No sentarnos a ver qué pasa con el éxito de la canción o el disco que acabamos de hacer». Desde el primer álbum, Déjame entrar, ya estaban pensando en el siguiente. Porque saben que el público que consume poesía no espera: «Se pone viejo muy rápido», dice Yoel con la honestidad de quien entiende que una canción de contenido no es un producto, sino un diálogo que hay que sostener sin pausas largas.
El tiempo entre aquel disco debut y Arsenal les pareció una eternidad. Aprendieron que el lujo de esperar no existe. Así que se echaron «los conciertos al lomo» —frase de ellos, tan terrenal como Sancho— y fueron construyendo, sin pausa, lo que vendría después.
Hoy, cuando Buena Fe llena teatros y los aplausos colman sus conciertos, pocos voltean a ver al hombre que está a un lado, ajustando la guitarra, con la vista puesta en ella. Él sigue ahí, fiel, realista, creador. Como el Sancho de Cervantes, pero sin panza, con la misma lealtad inquebrantable y una sabiduría que no necesita reflectores.
Porque Israel Rojas es la voz que se oye. Pero Yoel Martínez es la música que se siente. Y sin él, no hay buena fe. Imagino.











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