Hablar del Teatro América es remitirse a una de las esquinas más emblemáticas de La Habana, donde la calzada de Galiano cruza con Neptuno y Concordia. Allí, una mole de líneas verticales y una marquesina horizontal detienen la mirada del transeúnte desde hace más de ocho décadas. Su historia no es solo la de una edificación señorial, sino la crónica viva del entretenimiento en Cuba, un recorrido que comenzó el 29 de marzo de 1941 y que aún hoy se escribe con cada función.
Pienso que el América tiene una historia tan grande y tan linda, que debemos recordársela a todos, fundamentalmente a los directivos que a veces se quedan al margen de la memoria histórica; aquí hay una historia de artistas irrepetibles, afirmó a Granma Jorge Alfaro, su director, para quien la instalación teatral es la que más exige al artista, pues el público solo tiene una butaca y el escenario y va a ver lo que ocurre allí, no más.
Por eso el teatro es tan exigente y eso hay que respetarlo, aunque se ha ido perdiendo de vista, subrayó. Alfaro se siente orgulloso de los logros del América, el único del país que en medio de las circunstancias que afronta, mantiene una programación semanal ininterrumpida.
Proyectado por los arquitectos Fernando Martínez Campos y Pascual de Rojas, el América formó parte del llamado edificio Rodríguez Vázquez, un complejo que incluía además un restaurante-cafetería, el Radio Cine y una torre de 67 apartamentos. En aquel entonces fue considerado un rascacielos de La Habana.
Desde su apertura, el diseño rompió esquemas. Con capacidad para 1 775 espectadores, fue concebido bajo la estética más depurada del Art Decó, con referencias evidentes al Rockefeller Center neoyorquino y un interior que muchos compararon con el mítico Radio City Music Hall. Su capacidad solo era superada por el Radio Cine, el Auditorium de Calzada y D, en el Vedado, y el Nacional del Centro Gallego, en la calle Prado.
El detalle de su sala principal, cubierta por bóvedas en forma de concha y adornada con estrellas y una luna que simulaban un cielo nocturno, según la moda del «cine atmosférico», convertía la experiencia en algo más que una simple proyección: era una invitación a soñar a «cielo abierto» bajo techos diseñados con la tecnología más avanzada de su tiempo.
Aunque abrió sus puertas como cine, apenas unos meses después, en septiembre de 1941, el público habanero ya podía disfrutar en su escenario de espectáculos en vivo. Aquella dualidad marcaría su destino. Con el paso de los años, el Teatro América dejó de ser únicamente la sala de estreno favorita de los capitalinos para transformarse en el templo de las variedades, un espacio en el que confluían conciertos, zarzuelas, revistas musicales, comedias, temporadas danzarias e incluso funciones circenses.
La inauguración del recinto cultural, el 29 de marzo de 1941, contó con la proyección del filme El cielo y tú, de Anatole Litvak y la compañía Warner Bros. Otro de los hitos históricos del teatro fue el estreno de la película Casablanca, también de la Warner, el 25 de enero de 1943, en medio de la Segunda Guerra Mundial.
Algunos de los largometrajes proyectados desde su apertura fueron Siempre en mi corazón, Dumbo, Mrs. Miniver, El fantasma de Carmelita, El fantasma de la ópera, Historias de Revolución, Cuba baila, Realengo 18, El joven Rebelde, Hiroshima Mi Amor, Los Amantes, El Bello Sergio, María la O, Juana de Arco, Las zapatillas rojas, Lo que el viento se llevó, Las doce sillas, entre otros filmes.
En cuanto al ámbito teatral y musical, es posible citar las piezas Don Rigoletto, La casa de salud, La de los ojos en blanco, la opereta La viuda alegre, la comedia musical Ensayo General, el show Cuba canta y baila, el ballet de Alberto Alonso, el show humorístico musical Del lobo medio pelo, el espectáculo Divas del Bolero, Los cuentos del abuelo Paco, La esquina de Mariconchi, y la revista musical ¡Se formó!, por solo citar algunos ejemplos.
Para el periodista Pedro Urbezo, premio nacional de Radio 2024 y autor del libro El Teatro América y su entorno mágico (2011), es uno de los más emblemáticos de Cuba, que mantiene su formación semanal con artistas ya consagrados y nuevas figuras del ámbito cultural cubano.
Solo entre 1978 y 2010, por las instalaciones del Teatro América pasaron 346 artistas sobresalientes cubanos, 20 dúos, 12 tríos, 14 cuartetos, más de 50 compañías, orquestas y conjuntos musicales, según datos del libro de Urbezo.
En cuanto a presencia extranjera, en el mismo periodo de tiempo se presentaron 101 personalidades, dos dúos, dos tríos y una treintena de agrupaciones variadas.
Además, constituyó en 1994 su propia compañía de ballet, conocida como Ballet América, que representó a Cuba en México, Panamá, Costa Rica, España, República Dominicana y otros escenarios internacionales.
La lista de artistas que han pisado sus tablas desde su apertura configura un verdadero quién es quién de la cultura nacional e internacional. Nombres como Alicia Alonso, Gonzalo Roig, Ernesto Lecuona, Benny Moré, Rita Montaner, Rosita Fornés, Elena Burke, Juan Formell, Chucho Valdés o Adalberto Álvarez se entrelazan con figuras universales como Josephine Baker, Pedro Infante, Libertad Lamarque, Lola Flores, Los Panchos o la Ópera de París.
Sobre su escenario se forjaron carreras y se tejieron anécdotas, como la presentación memorable de Libertad Lamarque, quien fue literalmente sacada en hombros por los asistentes y llevada así hasta el cercano Hotel Lincoln, donde se hospedaba, durante una de sus visitas a la isla caribeña.
Cuando usted decía el América, lo conocían hasta en Nueva York. Incluso, muchos creían que, para consolidarse en el mundo artístico, latinoamericano al menos, era necesario actuar en el Teatro América. Pasar por aquí era un honor para ellos. El propio actor mexicano Pedro Vargas, cuando visitaba Cuba, contratado por la empresa CMQ, decía que tenía que actuar en el teatro, resaltó el periodista Pedro Urbezo.
Para 1991, el recinto fue sometido a un riguroso estudio y mantenimiento que, lejos de alterar su esencia, devolvió al edificio su estado original, respetando cada detalle constructivo. Ese mismo año quedó oficialmente caracterizado como el Teatro de Variedades de la Ciudad de La Habana, un reconocimiento que formalizaba su vocación histórica.
Lejos de vivir solo de su pasado, la institución asumió la responsabilidad de continuar una tradición que hoy, bajo la dirección de Jorge Alfaro Sama, se nutre con festivales, concursos, talleres y convocatorias para guiones, siempre en busca de estimular la creación musical y el surgimiento de nuevos talentos.
En los últimos años, nombres como Niurka Reyes, Sergio Farías, Tania Pantoja, Waldo Mendoza, Claudio Rodríguez o Leo Vera han confirmado que el escenario del América sigue siendo una plataforma imprescindible para la música y el espectáculo en Cuba. Con un staff técnico y artístico capacitado para asumir cualquier puesta en escena, el teatro honra cada día el prestigio nacional e internacional acumulado a lo largo de su historia.
–Alfaro, ¿qué representa el Teatro de Variedades América para Cuba?
–El rescate del musical cubano. El espectáculo musical cubano fue una de las cosas más importantes que tuvo el país hasta la década de 1970, quizá cerca de los 80. De ahí está Tropicana, de los más grandes que tenemos como espectáculo musical. Pero perdimos de vista el Parisién, el Copa Room del hotel Riviera, el Sans Souci y las grandes compañías como la de Santiago Alfonso.
«Todas esto genera que en ocasiones se pierda la memoria histórica. Pienso, como artista que soy, que es sumamente importante para la cultura cubana rescatar el musical. Diría que el espectáculo musical es el único género que no tiene Premio Nacional y, sin embargo, en su composición compleja tiene literatura en los guiones, ballet en los bailarines, música por la orquesta que lo acompaña, artes plásticas en los telones y los espectáculos llegaron a ser estelares de la Televisión Cubana.
«Los espectáculos de variedades están considerados un arte menor por las artes escénicas; hay que rescatarlos y darles el rango que lleva. Si talento hay, lo que falta es dirección artística para reorganizar ese talento».
En opinión del director Alfaro, es imprescindible seguir trabajando por una programación variada y sistemática, que continúe y honre el legado del teatro. Al mismo tiempo, es importante la relación de la comunidad hacia las instituciones culturales, en la que dichas instituciones también respondan a la comunidad.
El Teatro América es hoy mucho más que un inmueble de alto valor arquitectónico. Es un lugar donde la tradición de las variedades busca conservarse intacta con la misma pasión que aquel 29 de marzo de 1941. Ochenta y cinco años después, sus luces siguen encendidas y su marquesina continúa siendo una cita obligada para quienes saben que, en la esquina de Galiano, el arte siempre tendrá una función.











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