
¿Sabría, mientras caminaba de su casa hacia la muerte, el peso que tendría su obra para la historia de la literatura? ¿Imaginaría que sus ideas y su propia vida serían determinantes para las mujeres que en lo sucesivo ansiaran una «habitación propia» para crear?
Virginia Woolf era muy inteligente como para que se le escapara el valor de lo escrito por ella, pero toda artista duda, y el trastorno bipolar era un monstruo que vaciaba su vida de cada gozo.
Minutos antes le había dejado a su esposo, Leonard Woolf, la nota final: «Estoy enloqueciendo de nuevo. Creo que no podremos volver a pasar otra vez por una de esas terribles etapas. Y no me recuperaré esta vez. He empezado a oír voces, y no puedo concentrarme. Así que voy a hacer lo que parece ser lo mejor. Tú me has dado la máxima felicidad posible. Has sido en todos los sentidos todo lo que cualquiera podría llegar a ser. No creo que dos personas puedan haber sido más felices, hasta que vino esta horrible enfermedad. No puedo luchar más. (…) No puedo ni siquiera escribir correctamente. No puedo leer».
No era la primera tentativa de acabar con su vida a lo largo de los años, pero sería la definitiva. Llenó los bolsillos de su abrigo con piedras y se lanzó al río Ouse. No encontrarían el cuerpo hasta el 18 de abril.
Sin duda, su suicidio contribuyó a acrecentar el mito trágico que la ha hecho inspiración para un sinnúmero de artistas; pero, más allá de ese episodio, estaba la grandeza de lo hecho por ella con palabras: una de las grandes novelistas del siglo XX, una de las más destacadas modernistas, renovadora del inglés…
Virginia –con apellido de nacimiento Stephen– había nacido en Londres, el 25 de enero de 1882, en un ambiente intelectual, y al amparo de la inmensa biblioteca familiar. Pronto, no obstante, conoció lo terrible, y la depresión: no solo fueron la muerte de la madre, la hermana mayor, el padre, sino también el abuso sexual por parte de sus medios hermanos.
La escritura supuso el ancla a la realidad. Virginia amaba vivir, aunque le fuera difícil. Muy unida a su hermana Vanessa, integró el Círculo de Bloomsbury, al que pertenecieron la mayoría de los grandes intelectuales ingleses de la época, y donde conoció a Leonard.
Junto a él fundó la editorial Hogarth Press, en la que publicaron autores como Katherine Mansfield, T. S. Eliot, y Sigmund Freud. El matrimonio, si bien no ha escapado a algunas controversias posteriores suscitadas por los investigadores, fue esencial para la relativa estabilidad de la cordura y la escritura de Virginia.
Sin embargo, acorde con los ideales de no exclusividad sexual que compartía su círculo, ella mantuvo un largo e intenso romance con Vita Sackville-West, para la que terminaría escribiendo Orlando: una biografía (1928).
Woolf se empeñó en un nuevo sendero para la novela, su experimentación con el lenguaje y la técnica; el fluir de la conciencia, los rejuegos temporales, dotaron a sus libros de una belleza original, muy cercana a lo poético.
Al inicio de La señora Dalloway (1925) podemos advertir ese paso orgánico de la vida exterior del personaje a su mente: «La señora Dalloway dijo que compraría las flores ella misma. Pues Lucy tenía suficiente trabajo. Zafarían las puertas de sus bisagras; vendrían los obreros de Rumpelmayer. Y, además, pensó Clarissa Dalloway, iqué mañana!, fresca como hecha para niños en una playa.
«¡Qué divertido! ¡Qué chapuzón! Pues eso le había parecido siempre a ella cuando, con un ligero chirrido de las bisagras, que lograba oír ahora, abría de golpe las puerta-ventanas y se sumergía en el aire libre de Bourton».
Otras novelas suyas han sido igual de influyentes, como Al faro (1927), Las olas (1931), y el ensayo Una habitación propia (1929); en este último dejó asentado que una mujer debe tener dinero y una habitación propia si pretende escribir ficción, y ha sido un texto asumido y estudiado por el movimiento feminista.
Virginia se sobrepuso al dolor y a la enfermedad para labrar la obra en la que creía, hasta que no pudo más. Para entonces ya dejaba a la literatura universal un patrimonio valioso. Ojalá lo haya al menos sospechado, camino al Ouse, mientras recogía las piedras más grandes.











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