ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
El cochecito (1960), inolvidable cinta con guion de Azcona. Foto: Internet

Decía el realizador Billy Wilder que de cada 500 buenos guionistas solo cinco saben verdaderamente construir un guion. Dentro de estos últimos hay sitio seguro para Rafael Azcona, cuyo centenario conmemoramos este 2026.

La historia (sobre todo la historia espiritual) del siglo XX español pocas veces fue mejor contada en el cine que por este guionista, desde la denominada Segunda República, la Guerra Civil, el franquismo y parte del periodo democrático.

Lo hizo a través de textos fílmicos que, además, estaban habitados por personajes de poderosa traza, representativos de los vicios, egolatrías, malformaciones morales, virtudes, ardores, querencias y añoranzas de las distintas épocas abordadas.

Dómine de la tragicomedia y del humor negro, él –quien retrató de forma excelsa los mohínes del absurdo, a través de una malla de hilaridad tras la cual embozaba el grito y las desgarraduras–, debería ser ritual obligado en la formación académica de guionistas.

Encumbró este oficio de la pantalla a la categoría de obra de arte, merced a su sentido exacto de saber qué y cómo escribir en el momento adecuado. Estúdiense sus trabajos, para observar que en el mejor Azcona casi nada resulta descartable; todo está ahí por determinada razón dramática.

Y ese «todo» él lo ubicaba en el lugar correcto, mediante líneas cargadas de humor, ingenio, irreverencia, ironía, formidables intercambios dialogísticos… Por ello, la obra del creador –nacido en 1926 y muerto en 2008– satisface, llena, atrae y posee tan distinguible personalidad.

El novelista que ya era antes de practicar este oficio cinematográfico, sin duda, contribuyó definitoriamente a que en algunos de sus largometrajes me pareciera estar visibilizando efluvios literarios de la prosa social de Pérez Galdós, Balzac o Dickens, cuyos ecos racionalizara y acriollara (no sin guasa) el intelectual riojano, a un punto tal que una película suya siempre dará la impresión de que solo podría ser ambientada en España. 

Sus guiones olían a pueblo, mercadillo y callejas, a bares y cafeterías donde circulaban las mejores y peores emanaciones de la gastronomía; olían a gente que hacía su vida entre los intersticios de una historia de cierre y clausura, algunos de ellos personajes de una etapa franquista de múltiples vetos que, sin embargo, no logró claudicar la alegría, el gracejo natural del español.

Notable observador de lo cotidiano, Azcona caminaba, viajaba en autobús e interactuaba con el pueblo, cuyas pulsiones captaba e incorporaba en sus diálogos. Donde mejor se observa lo anterior es en su ejecutoria junto a Luis García Berlanga. En Plácido, El verdugo, Las pirañas, La escopeta nacional, Patrimonio Nacional, Nacional III y La vaquilla, Azcona y Berlanga «chuparon» el sentir de la época, el pulso nacional, la impronta de la calle, el color y el dolor de los seres humanos, las desigualdades sociales, la hipocresía moral, la orfandad ética de un sistema cerril.

Aunque el Azcona que siempre prefirió este comentarista es aquel que escribió para el citado Berlanga y para el italiano Marco Ferreri (El pisito, El cochecito: dos películas inmortales), la maestría de sus letras también resulta apreciable en largometrajes dirigidos por Carlos Saura (le firmó seis guiones), Fernando Trueba, Fernando Fernán Gómez, José Luis Cuerda, Pedro Olea o José Luis García Sánchez: director con quien colaboró en 14 títulos.

El Premio Nacional de Cinematografía, Medalla de Oro de las Bellas Artes y Goya de Honor en 1998, autor de 97 guiones para cine, obtuvo premios Goya al Mejor Guion por El bosque animado (1988), Ay Carmela (1991), Belle Époque (1993), Tirano Banderas (1994) y La lengua de las mariposas (2000).

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