«Estimado público, la función va a comenzar».
Se echa «colonia» antes de salir al escenario. Le «ha dado por eso», como por la brocha de los polvos. Sí. Es su culpa que todo huela a flores.
Respira. Sabe que el teatro está lleno, pero, «aunque tú no lo creas», el público le «da mucha seguridad». No importa que el «cubano sea un público fuerte», no importa «lo mucho que impone», porque: «Yo sé que esta es mi casa».
Respira. Y, probablemente, en su cabeza suene el repertorio de siempre: «Esta negrita nació para comerse el mundo, no para que el mundo me coma a mí». Entonces, reencarna en las entrañas de Kitri.
Pero Kitri tiene mucho de Laura Kamila Rojas. Es «una muchacha muy libre». Y Laura… Laura tiene alas de ángel tatuadas en la espalda, porque qué mayor libertad que la del vuelo. A ella le «encanta vivir en el aire».

EL AZUL POR ESTOS DÍAS
Entre las paredes azules y el azul de los cristales en que la luz desanda, se entiende lo bien puesto que tiene este salón el nombre.
«Yo me paso más tiempo aquí que en mi propia casa. Llego a las ocho o nueve de la mañana y salgo a las cinco de la tarde. De lunes a viernes. Bueno, antes».
Desde hace algunas semanas, los ensayos son solo hasta la una, solo hasta los jueves, «por la situación del país con el transporte y esas cosas». Eso no hay cuerpo de bailarín que lo aguante, si a la voluntad le da por diluirse. «Menos mal» que no han parado.
Laura dice que no va a «perder la fe», que no puede dejar que esto sea «un stop» en su vida, porque los planes son muchos y nada puede «frustrar» su sueño. Y, por si no se le entendió, blinda su argumento: «como si vengo caminando».
Quiere «ser una bailarina reconocida. No solo en nuestro país, sino a escala mundial»; «representar al Ballet Nacional en otros lugares y que la gente diga: “¿Ella? ¿Desde Cuba?”. La misma maestra Viengsay es una de las mejores bailarinas del mundo, Carlos Acosta... Entonces, ¿por qué no Laura Kamila Rojas?».
«Espero llevar en alto mi apellido, mi talento y, principalmente, mi color y a mis ancestros. Mi color no es un bache. Yo voy a ser un ejemplo para que, en las próximas generaciones, las que sean morenas, como yo, vean en mí que sí se puede, que sí se puede ser buena, que sí se puede hacer un ballet completo, que sí podemos.
«Las bailarinas allá afuera bailan con zapatillas y mallas del color de su piel». Y, como nadie quiere caer en el absolutismo de decir que no se producen –a niveles comerciales– zapatillas y mallas para estos tonos de piel tan poco vistos en las compañías de ballet internacionales, entonces habrá que decir que en el futuro (ojalá cercano): «quién sabe, a lo mejor se pueden hacer cositas».

LA NIÑA QUE TENÍA OTROS PLANES
Era de «usar muchos pulsos y collares», de ponerse los tacones de mamá y tirarse en chivichana por una loma. «Si jugaba a las muñecas, era muy muy raro». Siempre estaba bailando con las otras niñas.
A cuatro meses de que empezaran las pruebas: «Mamá, yo quiero ser bailarina».
–Pero Lauraaa.
–Ay, mami, por favor.
–Bueno, vamos a ver si se da– y entonces llegó «la maestra Idania» y sí, sí se dio. Laura aprobó los exámenes de ambas escuelas, la de Ballet y la de Danza.
Y, aunque probablemente hubiera elegido la segunda, le dio por seguir el consejo aquel de que «aprendiendo ballet, puedes bailar lo que tú quieras».
Tenía «como ocho años» y, previo a esos meses de preparación, «no sabía nada de ballet. Nada. Lo mío eran mis tambores». Desde los tres estuvo cantando y bailando en la compañía folclórica de su padre. «Siempre quiso que fuera música. Pero, no sé, yo me sentía mejor bailando».
La Escuela de Ballet «fue un sueño», con «aquellas columnas lindísimas». Pero, en contraposición a la arquitectura del nuevo mundo, estaba lo «difícil» y cruento de lo desconocido, de lo que no podía aprender a golpe de alzar la vista.
«Todo cambió. Iba a las 5:30 p.m. para la casa y, en lo que hacía mis tareas y todo eso, ni veía a mis amistades. Tuve completamente que cambiar de vida».
Con el tiempo se fue «enamorando» de la profesión. Y así, entre «columnas lindísimas», transcurrió la génesis de esa Laura que el 20 de diciembre de 2025 debutara como Kitri, en su primer ballet completo.
A veces, cuando los días son menos azules, se pregunta: «¿Qué será de mí si no bailo?». Porque «uno puede tener 1 500 problemas», pero los suyos, todos, se le «olvidan bailando».

EL ÚLTIMO ACTO
Podría llegar a pensarse que Laura ha dejado de ser Laura para entregarle al público una protagonista auténtica, pero lo arbitrario ha cobrado vida.
Ante nuestros ojos está la Kitri de esta bailarina «bomba», una que ha sabido quebrar el aire en cada salto y lo ha cubierto de heridas que sangran cristal; una a la que uno mira creyendo que, tal vez, algún día sea una Giselle; una que ahora se inclina ante el teatro, con toda la luz del alma asomándosele por los ojos.
Estimado público, la función va a terminar.
En los días pasados, dieron flores a las dos parejas principales, pero ahora solo le han dado a una.
Pasan los segundos como pidiendo eutanasia y entra al escenario Viengsay Valdés. Trae en sus manos las flores de Laura. Y ella no sabe más que apresarse las lágrimas para que no se les vea desandar en la noche.
El telón se cierra, pero…
¿Ahora quién sutura el aire?














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