Algunos lectores, indignados, tras finalizar El asesinato de Roger Ackroyd, tildaron a Agatha Christie (1890-1976) de «tramposa». A tal acusación, la autora opuso, entre muchos otros, un argumento irrebatible: la novela –que este año arriba a su centenario– contiene uno de los finales más sorprendentes e inesperados no solo de su prolífica obra, sino de toda la narrativa detectivesca.
Puesta a disposición de los lectores cubanos por la Editorial Arte y Literatura, en 1977, en su segunda tirada, la obra se adelanta a la polémica desde su propia dedicatoria: «el crimen, el interrogatorio y la sospecha recaen por turno sobre cada personaje».
La contraportada de esta edición añade que el detective Hércules Poirot «pone en juego todas sus células grises para descubrir un enigma asombroso cuya solución desconcertante, pero válida, sigue siendo única en el género. Resultó ser tan eficaz que, como las cápsulas de cianuro, solo pudo utilizarse una vez».
Pero, ¿por qué causó tal revuelo en su época? ¿Qué convención no escrita del género rompió Agatha Christie? Estas interrogantes son la mejor puerta de entrada a los secretos de King's Abbot: un pueblo donde «la principal diversión consiste en hacer largos comentarios sobre las menores incidencias de la vida ajena».
La trama gira en torno al asesinato de Roger Ackroyd, un soltero multimillonario, ocurrido poco después de que este descubriera que su prometida, la viuda Mrs. Ferrars, se había suicidado. En una carta confesional, ella le revelaba que era chantajeada por el asesinato de su primer marido.
Tras el homicidio, la sobrina de la víctima, Flora Ackroyd, recurre a un Poirot retirado –entregado al cultivo de calabazas– y le suplica que tome el caso. Quien narra y acompaña la investigación es el Dr. James Sheppard, médico del pueblo y testigo de los hechos.
Esta dupla evoca el clásico modelo Holmes-Watson de Arthur Conan Doyle, pero la historia no tarda en subvertirlo. Aunque Sheppard admira al detective, reconoce que este «emitiría sugerencias y alusiones, pero no iba más lejos». Ante un grupo reducido –familiares y sirvientes de la mansión Ackroyd–, el lector podría creer fácil identificar al culpable. No obstante, la acumulación de pistas y giros inesperados lo obligará a reconsiderar sus hipótesis constantemente.
Como bien advierte la autora, todas las pistas están ahí, escondidas en frases y gestos que parecen intrascendentes. Poirot sospecha de todos, pero guarda sus cavilaciones incluso de su compañero de pesquisas, un hombre de tono cordial y neutral.
Esta intrigante historia incluye, además, un recurso interesante, encontrado en otras como Drácula o Frankestein: dentro de la ficción, Sheppard escribe un manuscrito detallado de los sucesos, lo que presenta la historia como un «documento encontrado» que, por razones que se revelan al final, ha llegado a nuestras manos.
Como si no fuese suficiente la infinitud de adaptaciones en el teatro, la radio y la televisión que validan esta novela, la Asociación de Escritores de Crimen del Reino Unido –reputada en su ámbito– la eligió, en 2013, como la mejor de todos los tiempos, por encima de títulos como El halcón maltés (1930) de Dashiell Hammett y El sueño eterno (1939) de Raymond Chandler
En su desenlace –que en estas páginas no revelaremos– se condensa el humor colérico de un criminal desenmascarado que, demasiado seguro de su ingenio, desea que «ojalá Hércules Poirot no se hubiese retirado nunca de los negocios para venir a cultivar calabazas…».











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Angel Alberto dijo:
1
21 de enero de 2026
01:33:14
Rafael Mena Respondió:
22 de enero de 2026
00:55:00
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