Corría el siglo VI a.n.e. Safo de Lesbos, poeta griega, escribió: «Sé que en el futuro alguien se acordará de nosotras»; una declaración –de cuán universal es la poesía– que nos llegó casi por milagro, pues de sus nueve tomos poéticos solo se conservan aproximadamente 600 versos, casi todos fragmentados.
En el reciente 46 Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano se presentó el cortometraje animado Safo, de la directora brasileña Rosana Urbes, ganador del Premio Coral Especial del Jurado; y el merecido lauro lleva a pensar que aquella profecía, contra todo intento de mutismo, se ha cumplido.
Rosana Urbes, luego de ser informada sobre su premio, contestaba vía WhatsApp: «Te confieso que sigo llorando. Tengo un enorme amor por Cuba y me emociona cuán bien han acogido mis películas».
En 2015, se alzó con el mismo lauro gracias a Guida, su primer cortometraje. Diez años después, agradece a todo el equipo del Festival y a los animadores del Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos, con quienes mantiene una amistad especial. Sobre el proceso de realización de su segundo filme, accedió a conversar con Granma.
–¿Por qué elegir a Safo?
–Sus fragmentos son un registro extremadamente raro de la expresión poética de una mujer, en casi 5 000 años de historia: desde el origen de la escritura en el 3500 a.n.e. hasta alrededor del siglo XIX, cuando la autoría femenina comienza a ser una presencia más constante y reconocida en el canon occidental.
«Sentí que hablar de Safo era arrojar una luz sobre la historia de la participación de la mujer (o su ausencia) en la construcción de nuestra sociedad. También creo que el cortometraje es una prueba de la resiliencia de la poesía, porque a pesar de los intentos por mutilar su obra, pensadores y traductores rescataron sus fragmentos en los siglos siguientes, y esos textos se convirtieron en mi inspiración».
Rosana, quien además dirige la productora Planta Filmes, ha trabajado en películas como Mulán, Tarzán y Lilo & Stich, de los estudios Disney; y confiesa que este aprendizaje estructuró el sistema de sus producciones, aunque adaptado a su visión autoral y en formatos más breves.
–¿Cómo se trasladan esas lecciones al minucioso universo de Safo?
–El filme tiene alrededor de 8 000 pinturas –en promedio 12 por segundo–, llené diez cuadernos de dibujo con ideas. Sus versos tienen como tema el amor, las pasiones humanas, y la contemplación de la naturaleza. Por eso traje plantas reales al set, recolectadas en los parques y aceras de mi barrio.
«El cine autoral de animación es un cine de invención. Se trata de dar vida a lo inanimado y materializar universos que solo existen en la imaginación: mundos de arena, arcilla, pinturas y recortes de revistas. Al darles vida, expandimos la realidad y hacemos un puente con lo onírico. Es literalmente realizar sueños».
Sin embargo, apunta que materializarlos a gran escala depende de un esfuerzo increíble, pues cada fotograma necesita ser realizado manualmente. De ahí su preferencia por los cortometrajes.
–¿Qué opina sobre las múltiples interpretaciones de Safo a lo largo de la historia?
–Ella es una mezcla de la figura histórica y de las leyendas creadas en torno a su existencia. Sabemos que existió, porque su obra fue citada por muchos y llegó a tener su rostro grabado en monedas de la época.
«Al mismo tiempo, fue enaltecida, ridiculizada, llamada sacerdotisa y también promiscua, dependiendo de la moral vigente en cada periodo histórico que la redescubrió. Guilherme Gontijo, un traductor brasileño, dice que es imposible recitar a Safo sin recrear a Safo. Creo que el corto no escapa a esa lógica».
Durante miles de años, a las mujeres se les impidió la participación social casi por completo, y en ese silencio impuesto, «los versos de Safo son preciosidades: joyas raras en la historia de la escritura femenina. Por eso di lo mejor de mí para reverenciar ese registro».
–¿Cuál fue la lección más valiosa que aprendió de la poetisa griega?
–Fueron muchas. Y sigo aprendiendo. Entendí que revivir a Safo en otro tiempo y continente tan distante al suyo, 2 700 años después, era una forma de afirmar la resistencia de la poesía, y que esta siempre será más grande que la violencia en el corazón humano. Hablar de Safo era hablar de mi propia historia y de la de todas las mujeres.











COMENTAR
Responder comentario