Rubén Rodríguez bailaba con la potencia de los elegidos. Quienes no tuvimos el privilegio de verlo en escena, podemos advertir aún –incluso a través de una envejecida copia de una de sus interpretaciones, colgada en YouTube– ese indiscutible estado de gracia para danzar.
En Michelangelo, concebido para él por Víctor Cuéllar, y gracias a la cual cautivó públicos de todo el mundo, el bailarín cubano, nacido en 1957, resumía en estado puro la pericia técnica y la fuerza interpretativa. Al final, sus músculos, minutos antes plenos de vida, se transforman, sin duda posible, en mármol. ¿Cómo lo lograba, después de más de 12 minutos de esfuerzo físico? Tal vez solo Rubén poseía la respuesta.
En La Habana, este martes, falleció esa figura trascendental de la danza moderna cubana, que desde los nueve años había empezado a bailar. A su familia, compuesta no solo por algunos artistas, sino también por amantes del arte, y al enriquecedor ambiente de la Escuela Nacional de Arte, le debió Rodríguez, en primera instancia, su hacer integral: le interesaba no solo su especialidad, sino todo lo de las demás que pudiera ayudarlo a transmitir mejor, con su cuerpo, el mensaje.
Graduado como bailarín de Danza Contemporánea y de Afrocubano, y también como primer bailarín y profesor, dejó una impronta fundamental en Danza Contemporánea de Cuba. El cruce sobre el Niágara, de Marianela Boán, es otra de sus piezas muy recordadas.
Devoto a la cultura cubana, como se calificara, se ligó con fuerza a proyectos de teatro y cine, y prefirió siempre aquellas propuestas que le exigieran crecer, probarse e interactuar con otros creadores.
Luego de 14 años viviendo en Europa y sin venir a Cuba, regresó a la Isla «con un saco de semillas», y dispuesto a compartirlas: «Amo la pedagogía y me apasiona ver el crecimiento de los jóvenes como artistas (…). Mi microuniverso es de la puerta de un salón para adentro, y en ese lugar puedo estar hasta ocho horas. Busco trabajar el cuerpo humano, como un escultor con la arcilla. Me gusta esculpir el movimiento, moldear al bailarín, desde el entrenamiento hasta el trabajo coreográfico».
Contra las dolencias del cuerpo, propias de una profesión tan exigente, Rubén bailó y bailó en una larga carrera, cuya divisa bien pudiera ser una de sus frases: «Nadie te da nada y en la danza, aunque te lo regalen, si no te lo mereces, pierdes».
Tal como apunta la nota de Cubaescena con la que se dio a conocer su partida, él vivió la danza no como un oficio, sino como una forma de existencia. «Su cuerpo, herramienta y templo, era el vehículo a través del cual expresaba no solo la técnica, sino también la historia, la identidad y la emoción de un pueblo».
Era el don de hacer visual la poesía.











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