ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Titus Welliver, un notable protagónico en la serie Bosch. Foto: FOTOGRAMA

En el último episodio de la primera temporada de la serie Bosch (Amazon Prime Video, 2014–2021) transcurre un revelador diálogo entre el personaje central –un detective que acaba de resolver un difícil caso–, y la especialista que evalúa su perfil sicológico.

El detective de la División de Homicidios del Departamento de Policía de Los Ángeles, Harry Bosch, ha eliminado, en el capítulo previo, a un peculiar asesino en serie. Ese hombre solía insistir sobre las posibles semejanzas entre el investigador y él.

Al respecto, la sicóloga le inquiere al policía. Bosch le responde: «Él decía que éramos perros de la misma perrera. Pero no significa que fuéramos parecidos. Él alimentó a otro perro».

–¿A otro perro?– interroga ella.

–Eso nos decían en el reformatorio MacLaren. Todos tenemos dos perros peleando en nuestro interior. Uno hace lo correcto, el otro no. Al final, el que eliges alimentar es el que gana la batalla. Yo alimenté al correcto. Él no– contesta Bosch, quien compartió un duro destino infantil de reclusión y abusos con el criminal.

Harry, cuya madre –prostituta– es asesinada y tirada en un contenedor de basura, no solo debe lidiar con ese trauma ocurrido en su infancia; sino, además, con el recuerdo de los castigos sicológicos, fuertes golpizas y encierros del reformatorio MacLaren.

Ese dolor ínsito, que marcaría su vida, define la mirada y el carácter taciturno de Harry. No obstante, pese a cargar con esos u otros fardos morales, él se levanta cada mañana e intenta que salga de casa el perro por el cual apostó.

En Estados Unidos se producen tantas series de policías y de médicos como hamburguesas en los establecimientos de

McDonald. Son tantas, y muchas tan semejantes entre sí, que llegan a abrumar, y solo pueden verse todas únicamente por dos razones: porque su espectador es un incondicional del género; o por oficio.

En honor a la verdad, este autor lo hace por la segunda causa. Por eso, le genera verdadero entusiasmo poder recomendar al televidente una serie policial sólida, por arriba de la media. Y esa serie es Bosch, cuya primera temporada la Televisión Cubana estrenó recientemente. Aproveche, y busque las otras seis; así como su continuidad: Bosch, el legado (2022–2025).

Bosch es una serie directa, sin hojarascas argumentales ni florituras estilísticas, de las que ya no se filman. Sin llegar a la excelencia de The Wire o a la profesionalidad de Luther, destaca dentro del océano de repeticiones del policial, en virtud de su bien delineado personaje protagónico (un representante cabal del género negro, a quien Dashiell Hammett y Raymond Chandler hubiesen amado), y la interpretación sobria, contenida, precisa del actor Titus Welliver.

Además, la serie de Eric Overmyer –basada en varias novelas de Michael Connelly– merece encomios gracias a la fluidez de su trama, su gestión informativa (los elementos factuales se brindan en el momento exacto), la elaboración eficaz de los diálogos por varios importantes guionistas, y su parsimonia de la vieja escuela.

A esa misma escuela, más ligada al instinto que a la tecnología, pertenece ese hombre, triste y seco, que alimenta al perro correcto.

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