ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
El poeta Luis Lorente. Foto: Ariel Cecilio Lemus

Dice Luis Lorente (Cárdenas, 1948) que, aunque siempre leyó, su vocación inicial anduvo distante de la palabra poética, por otro lar: el deporte, la pelota, el básquet…

«La literatura me salvó del fracaso deportivo, y entonces comencé a leer con más inquietud», contó acerca de sus inicios –cuando aún no era lo que hoy, una figura central de la lírica cubana contemporánea– en el espacio Todas las voces, todas, que convoca la sección de poesía de la Asociación de Escritores de la Uneac, en la sala Villena.

Sería el año 1968, o el 69, cuando se encontró en un taller literario: «alguien me llevó, o me invitaron o yo fui», explicó al ser entrevistado por David López Ximeno, conductor de la cita. Y, aunque hay quien ha denostado los talleres, «nunca hoy a negar que a mí me sirvió», aseguró Lorente.

Ya para 1971 pertenecía a un grupo literario en Matanzas, en el que descollaban grandes escritores: «Me inquietaba mucho compartir con todas esas figuras».

No obstante, en la actualidad, a punto de cumplir los 78 años, el poeta –Premio David de Poesía (1975) y Casa de las Américas (2004 y 2021)– desprende la seguridad de quien se ha sacudido todo lo prescindible: «No voy a dejar de ser desorganizado, la organización cada vez me gusta menos», confesó mientras buscaba qué poemas leer; al tanto que recordó que no se considera un pensador profundo para tocar grandes temas, sino que le interesa hablar de la vida, el acontecimiento diario, la cotidianidad.

«Todas las mañanas, después de que desayuno, me siento un rato a escribir en la mesa del comedor. A veces escribo. A veces borro. A veces ni escribo ni borro. Pero quedo bien conmigo mismo sentándome a escribir», agregó el autor de Las puertas y los pasos.

En la ocasión fue presentado el más reciente libro publicado del autor, Migraciones, concebido por la Editorial Letras Cubanas. La directora de ese sello –el cual cumplirá 50 años el 1ro de enero del año próximo–Yanelis González Leyva, remarcó de la obra que en unos cien poemas está contenida «la novela de la vida de Luis a través de la poesía».

Lorente, por su lado, aseguró que el libro tiene sus otros autores, como Juan Rodríguez Cabrera, presidente del Instituto Cubano del Libro, «hacer un libro de poemas de casi 300 páginas es duro»; Israel Domínguez, quien concibió el orden de los textos, de tal forma que dialogaran entre sí no por un mero orden cronológico; y su compañera, la poeta Charo Guerra.

MY FOOLISH HEART

¿Te acuerdas de Alma Adams?

¿Te acuerdas de Alma Adams cantando “My foolish heart”?

La luz del seguidor la buscaba en una especie de juego por el telón de boca hasta encontrarla apenas apoyado el brazo en la banqueta alta y circular donde después finalizaba la canción.

¿Te acuerdas de su cara de luna, la piel de arena fina en la mano

moviéndose según su gesto breve?

Tenía cara de luna y el pelo como césped recién cortado

que se peinaba dócil, clásica y sobria.

Para “My foolish heart” ella usaba un vestido prusia inolvidable,

como una de esas cosas fijas por los clavos de bronce

que a veces utiliza la memoria a su antojo.

Olía a delicadeza, una delicadeza incorporada por mi sangre

hasta llegar a la respiración, nerviosa, entrecortada,

mientras bailábamos con atracción de imanes, como hiedras,

un cuerpo único, indisoluble, flotando a la deriva, como un nudo

amarrados, haciendo de nosotros una consagración.

El jazz band propiciaba un sobrecogimiento, una atmósfera

de misterio magnífico expandido por todo el cabaret.

¿Será que nadie que no sea un hiperbólico, un idealizador

con una siquis atrayente y llena de arrogancia como la mía

se acuerda de Alma Adams?

¿Tú tampoco te acuerdas? ¿No la viste salir nunca del mar

cuando las plantas de sus pies trataban de aplastar en vano,

esas pequeñas crestas de olas residuales que llegaban

a la orilla en estado de desintegración?

¿No la viste en la noche posesiva donde era su costumbre

reconocer un sitio para ir habitando la viña del señor,

la casa del Alibi, algún viento que llegara a circular por sus pupilas?

¿Fue alguien realmente esa mujer, tuvo los atributos propios

de una persona, acceso a las palabras, extremidades, vientre,

senos orgullosos que te miraban siempre por encima del hombro,

la espalda como un cielo azul de oro?

¿No fuimos Alma y yo juntos a Camagüey?

¿Yo dispuesto a morir fabricando delirios y otras mitologías?

Cuando logro dormir, martes y jueves, la siesta los domingos,

en un determinado lugar nos encontramos y la ambiciono

tanto que la pierdo de vista como si se escurriera, volviéndose borrosa, transfigurada en algo interrumpido que se aplaza

hasta que logra desaparecer.

Palabras. Tú no sospechas.

No me hagas caso, ¿y dónde,

detrás de ti quién se esconde 

que de nada te aprovechas 

para abrir puertas y brechas, 

para hablar o enmudecer, 

para siendo tú, no ser, 

la noche que ayer no tuvo 

valor donde nunca hubo 

ganas de irse y volver?

HE LEÍDO LOS LIBROS Y EN NINGUNO TU NOMBRE

He leído los libros y en ninguno tu nombre.

Mientras juego a los naipes entre sombras chinescas,

en momentos cruciales, en un álgido clímax,

entre los dientes de un tenedor de alpaca,

en una algarabía de perros callejeros con hambre,

en la semipenumbra, bajo ese ventarrón amenazante,

he leído los libros y en ninguno tu nombre,

sin embargo recuerdo que tus pies eran trémulos

y sufrían avatares como llamas de un fósforo,

como un barco que transporta imprevistos

y deriva azotado frente a la costa donde estuvo tu casa.

En la página ochenta de Así empieza lo malo,

no se sienten tus pasos inequívocos regresar

de los días devastados y sin antonomasia

donde tú no mañana serías presa, reincidente,

capricornio olvidado, mitológica musa de ausencias

perdurables como tu pensamiento inspirado

en una idea que no podemos expresar, treinta

y nueve años después de vivir afligidos,

en los parques, en la carpa de un circo, en el vaivén

del agua, soterrados, en la fronda de un árbol

Dos figuras anónimas implicadas en el telón

de fondo de un teatro desierto como una campiña

que el sol quemó a su antojo, semejante a una pelota

de trapo que tiraban los niños para manchar los techos,

para romper las puertas de cristales, la angelicalidad

reinante en los retratos. Era la época de la canción

protesta, lo trascendentalista, algunos visionarios,

yo buscaba entre líneas, entre capas y espadas,

en aquel primer día terminada la guerra,

levantándose el alba y era en vano.

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