
Así como aparece en las fotos, menuda, casi leve, es Marina en el trato. Su amabilidad resiste, e incluso vence, esa cualidad rasposa, impersonal, de la comunicación electrónica. De las artes y del conocimiento toma como de una fuente inmensa, con la sed de comprender la vida, o al menos intentarlo.
Para hablar de teatro, acude a la poeta argentina Juana Bignozzi, partidaria de «una poesía que trascienda, que acompañe, que ampare a alguien en un momento difícil, que le brinde las fuerzas necesarias para, por ejemplo, tomar el Palacio de Invierno. Yo no sé si puedo escribir un teatro tan potente como la poesía de Juana, pero sí me reconozco en esa búsqueda, esas preguntas, esos intentos».
La argentina Marina Jurberg (1981) es autora, directora e investigadora teatral, intérprete y docente. Su obra La piel de la tierra mereció, por unanimidad, el Premio Casa de las Américas, en el apartado de teatro, este año. A propósito de ese galardón, conversó con Granma.
«En La piel… intento problematizar la maternidad como experiencia, como institución y como portal de la sexualidad humana, en un sentido amplio. Desde la ficción me cuestiono el porqué de tantas intervenciones y luchas de poder puestas en juego en esas instancias de la vida.
«El universo de la mujer ocupa un lugar central en la obra: es urdimbre, tejido y diseño. Pero creo que no es una obra “femenina” o “sobre el universo de las mujeres”, en la medida en que el origen de toda vida se entreteje intrínsecamente con un cuerpo materno».
De acuerdo con el dictamen del jurado del Casa, el texto de Marina desecha «las convenciones de la tradición de la literatura teatral»; algo que no es puntual, pues como ella misma reconoce, hace muchos años la obsesiona repensar algunas nociones de la dramaturgia tradicional; en particular, las de estructura y conflicto dramático.
«Observé que eran nociones hegemónicas que no casaban siempre con todo tipo de sensibilidades y textualidades, que muchas veces se veían exigidas o compelidas a “encajar” en algunos moldes.
«Investigo, actualmente y más en detalle, estas nociones en mi tesis de Maestría en Dramaturgia, y postulo el concepto de “mapa” que puede resultar fértil al momento de abordar la forma de una obra teatral (pensando en la “forma” distinguiéndola de “contenido” o diferenciando procedimientos poéticos vs. procedimientos formales)».
–¿Cuál es el teatro que quieres escribir, hacer y disfrutar?
–El teatro que me interpela como espectadora es aquel que por un lado me sensibiliza, me conmueve, y por otro lado me genera preguntas, interrogantes; el que me permite pensar mi cotidianidad, mis vínculos, mis proyectos, y en un sentido más amplio la realidad: el contexto político, económico, cultural, simbólico.
«El teatro es para mí como un abrazo, como un lugar al que volver. Tiene dos condiciones para suceder, que son las que lo vuelven potente y revolucionario: debe haber encuentro, primero entre actores, actrices, directores y artistas productores en general, y después entre artistas y público; y hay copresencia: la obra de arte solo tiene lugar en la medida en que los cuerpos comparten un mismo espacio.
«En el teatro que quiero escribir y hacer, creo que hay algo vinculado a los objetos de arte que puedan instalar preguntas que fomenten el pensamiento crítico y habiliten la transformación».
–Como creadora, ¿qué te aporta la enseñanza?
–En general suelo escribir muchísimo más en el marco de un taller o una formación académica que cuando no voy a ningún espacio educativo. Para mí es muy enriquecedor el encuentro con otras personas: ver procesos creativos ajenos, poder ponerse en el lugar de otros y otras, y reflexionar desde poéticas que no son propias».
Como docente, además, le parece imprescindible seguir estudiando, y dejarse atravesar por los abismos que supone aprender. «No tiene buena prensa ser “eterna estudiante”, pero intento verlo de otra forma: estar siempre en situación de aprendizaje puede ser también liberador».
Ineludible, el tema del feminismo ocupó parte del intercambio con Marina: «Me atravesó y atraviesa todas mis prácticas y miradas: como mujer, amiga, madre, artista, hija, docente, militante. Es un posicionamiento desde el cual construir una realidad más justa, desde el cual repensar las violencias y los abusos en un sentido amplio.
«A mí me permitió crear, encontrar y encontrarme conmigo y con otros y otras, bucear en mi propia poética; operó como gatillo o permitió un diálogo con la creatividad y la producción que antes estaba más obturada».
De una u otra manera todo confluye en la palabra, en el lenguaje como instrumento desacralizador: «Escribir me permite comprender pero también cambiar, proyectarme, volverme insumisa y poder caminar unos pasitos al mundo que soñamos».











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