ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA

Amado Nervo Foto: Fernando Lezama

No pocas veces se ha escrito sobre el valor profético de la poesía, y cómo, a través de sus versos, el creador se anticipa a lo que le sobrevendrá. Sin embargo, aun cuando no se atienda a los poderes del subconsciente, ni a pálpitos o premoniciones, es muy difícil no leer la obra de un poeta sin buscar aquello que, incluso por casualidad, haya adivinado.

Cuando a Amado Nervo (Jalisco, 1870-Montevideo, 1919) lo atrapó la muerte, por una enfermedad renal, y a los 48 años, un 24 de mayo, se hicieron realidad los versos metafóricos de En paz, uno de sus poemas más conocidos: ...Cierto, a mis lozanías va a seguir el invierno: / ¡mas tú no me dijiste que mayo fuese eterno!

Nervo tenía todas las cartas para ser un poeta, sobre todo uno latinoamericano; incluso el nombre, que él mismo reconoció, parecía seudónimo. Cómo no se iba a formar y crecer un alma sensible entre la pobreza familiar y el amor al conocimiento, entre la carrera religiosa trunca y la muerte prematura de los seres queridos, y –a la usanza de aquellos años– el contacto con París.

Hallé sin duda largas las noches de mis penas; / mas no me prometiste tan sólo noches buenas; / y en cambio tuve algunas santamente serenas..., interpelaría a la vida, en sus años finales, el poeta.

En efecto, del periodismo a la diplomacia, y si bien nunca disfrutó de gran holgura económica, Nervo se hizo de un nombre reconocido, que llegó a la cúspide gracias a sus poemas. No solo destacó como una de las figuras insoslayables del Modernismo, sino que, además, conquistó el favor de sus contemporáneos.

De acuerdo con el crítico literario Enrique Anderson Imbert, la poesía del mexicano recorrió «un camino de la opulencia a la sencillez, de lo sensual a lo religioso, del juego a la sobriedad». Aseguró, además, que «el mejor Nervo es el lírico, que se expresa con conciencia artística eligiendo, de toda su experiencia personal, los instantes más bellos».

En extremo prolífico, si bien no brilló en los otros géneros de igual manera, sí cultivó la novela, el cuento, críticas, crónicas, poemas en prosa, ensayos, y una pieza teatral. De hecho, sus obras completas rondan los 30 volúmenes.

Otros estudiosos de su trabajo coinciden también en el aliento optimista de sus versos, pese a estremecimientos como el que le produjo la muerte de Ana Cecilia Luisa Dailliez, con quien convivió durante diez años; la pérdida se convertiría en fuerte motivo poético, que cuajó en el libro La amada inmóvil.

«Quiero ser inmortal, con sed intensa», clamaba el también fundador, junto a Jesús E. Valenzuela, de la Revista Moderna (1898), y exclamaba: ¡Nunca se cansan de mirar mis ojos / el perpetuo milagro de la vida!

Esa precisamente, «vida», sería una palabra repetida una y otra vez en su recorrido escritural, el de un hombre que simboliza su época, pero que, a la vez, estableció con la existencia un diálogo para todos los tiempos.

Luego de los funerales de estadista que se le ofrecieron hace 105 años, pareció que la voz del poeta entraría en un paulatino silencio; pero, al contrario, todavía dice y nos conmina a decir, a querer decirlo llegado el momento: Amé, fui amado, el sol acarició mi faz. / ¡Vida, nada me debes! ¡Vida, estamos en paz!

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Lázaro dijo:

1

23 de mayo de 2024

10:37:56


Bella redacción.