
La idea de que dentro de nosotros hay una bestia egoísta que se mueve atrapada por el corsé social tiene atractivo universal, y ha visto reediciones sucesivas de las más variadas formas. En algunas lecturas de Frankenstein se puede ver la criatura, más que como monstruo ajeno al creador, como una extensión de sí mismo, resultado de su afán de librarse del asfixiante ambiente británico de la primera mitad del siglo XIX. Y es que la asfixia anglosajona del capitalismo más puritano e hipócrita ha sido pasto de diversos horrores reales y ficticios. Quizá la idea más acabada de la disyuntiva freudiana en clave gótica sea la novela de Stevenson, El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde.
Escrita dos años antes de los sucesos terribles de 1888, en el distrito londinense de WhiteChapel, donde un infame violentador de mujeres fue conocido por sus macrabros rituales como Jack el Destripador.
El nombre vino por una carta apócrifa, en la que el supuesto asesino se dirige a la prensa para regodearse de sus crímenes y burlarse de una policía incapaz de capturarlo. En realidad, años después, dos periodistas confesarían que la carta la habían elaborado para aumentar las ventas de su periódico, a costa del morbo de unos crímenes que, hasta ese entonces, habían permanecido conocidos solo para víctimas y policía. El mal de mentir con tal de vender de la prensa capitalista no es nuevo, le viene desde la cuna.
La obra original de Stevenson fue publicada en una edición barata de solo un chelín, lo que en la época se le llamaba penny dreadful, y dirigida a un público ávido de historias mórbidas. Con el tiempo, se elevó a la categoría de obra literaria, hasta considerarse un clásico. Quizá sin la profundidad literaria de sus contrapartes rusas, la obra del escocés, no obstante, ha tenido la calidad de admitir las más diversas lecturas. Desde la represión homosexual hasta el recurrente tema de la hipocresía social del burgués, todas esas lecturas cargan una posibilidad latente en la obra, y no nos referimos a las baratas calidades de remedos como Hulk, que simplifican el dilema sicológico de la ruptura en burdas patrañas infantiloides amparadas en la ciencia como coartada.
Lo cierto es que el propio año en que se publicaba el estudio bipolar del doctor Jekyll, se publicaba en el Die Neue Zeit, Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana. Tres años habían transcurrido desde la muerte de Marx; Engels entonces justifica la necesidad de esa obra en la búsqueda del puente entre Hegel y la concepción marxista, que de algún modo Feuerbach construía. «Todo lo que es real es racional; y todo lo que es racional es real», recuerda Engels de Hegel, para negar la lectura reduccionista del aforismo, y cualificarlo en función de la necesidad de lo real. De la lógica hegeliana, Engels infiere que el conocimiento deja de ser un agregado de afirmaciones dogmáticas, para volverse un proceso de búsqueda de la verdad mediante el propio conocimiento, que transcurre a través del desarrollo histórico de la ciencia, intentando alcanzar una inaccesible verdad absoluta: es el camino lo que importa.
Hay detrás de estas tremendas afirmaciones una dicotomía de la misma naturaleza que la que asaltaba al pobre doctor Henry Jekyll tornado en Hyde. No hay espacio ni tiempo apurado para diseccionar el dilema entre la necesaria incompletitud del conocimiento, la racionalidad hegeliana y la necesidad de otras formas, como el arte, de asaltar la realidad para apropiarnos de ella. En ese ejercicio bien llevado, se halla una batalla antialienante, que puede salvarnos del Hyde colectivo, liberando en nosotros esa parte que nos hará dejar atrás la prehistoria humana.
Después de todo, siembra vientos y recogerás tormentas, como los murmullos que confiesan que las cosas se han ido de control y tú te alegras. Como las que les basta un vaso para estar presentes, o una concha gigantesca sobre el oído, por su lado abierto, el más abierto de sus lados, el que mejor invita a la ventisca, el que sabe a mar, el que no se acaba: incólume, reiniciador, alucinado.
Siembra vientos y recogerás tormentas, vientos trascendentes que, como alisios, definen corrientes. Y otros efímeros, como un solo aliento entre la multitud de alientos que nos salen en ritmos de estar vivos. Donde cada uno no importa, y todos, bueno, todos nos hacen estar allí, cuando apareces sembrando vientos.











COMENTAR
Responder comentario