
Duelen los días de lluvia cuando el gris funde el cielo y el mar, en un continuo, como otoños europeos, traídos a inviernos del trópico. Así es como algunas angustias se disfrazan de días y luego de noches, o quizá viceversa. En el peor de los casos, de transitorias tienen poco, cuando la dismnesia impide nombrar las cosas como se merecen. Lo que dejan detrás, como legado, es la añoranza de otros días igual de decadentes, y no por ello menos adictivos.
Para momentos como esos, en una noche tranquila, Pat Metheny se dejó llevar por la memoria muscular y, con una guitarra y nada más, condujo las horas entre las nubes y la lluvia pertinaz que llevaba dentro. Tenía paz, y de ella, al parecer, brotó la música.
Cuando Pat llegó a Miami, quedó tan impresionado con la guitarra de Steve Morse que, según nos narra, creía que le había dado un ataque al corazón cuando lo escuchó. «Lo que pasa con Steve era, y es, que es una yuxtaposición increíblemente rara de su extraordinaria técnica de guitarra clásica y su concepción con el rock sureño ¡de todas las cosas! (…) escribió solos de guitarras que estaban al mismo nivel de Leo Brouwer». Para Metheny, el punto de comparación es Leo Brouwer.
Si alguien duda del guitarrista que es Pat, digamos que le dio clases a Al Di Meola y estuvo junto a su amigo Jaco Pastorius en el disco debut homónimo del bajista. Eso debería bastar, pero mencionemos su dúo creativo, por más de 20 años, con Lyle Mays y paremos ahí, aunque algún día nos debemos escribir de Charlie Haden.
En ese, su huerto de Getsemaní, Pat oró con la guitarra por una noche, poco importa si no fue bajo la amenaza de que lo irían a buscar, o de la traición, porque, después de todo, fue una noche tranquila. O quizá sea que allí buscara invocar al huerto original, donde atribulado por los que vendrían, un Jesús, histórico o místico, buscó cómo huir de la ira que lo tentaba.
Pobre del ser sin noches de tranquilas angustias, pues todos los que estamos vivos las necesitamos en algún momento. Sin noches como esas, ya sea de músico, de poeta o de oyente y lector, nadie debería partir a empeños mayores.
De vuelta al otoño que invocó, en 1890, como medianoche lluviosa, Childe Hassam, en un cuadro memorable. Perfecta historia de carruaje, luces urbanas y la tentación del refugio en forma de ventanas iluminadas que invitan al cobijo. En tales calles newyorkinas, que Hassam pintó en la última década del siglo xx, caminó nuestro mártir. Noches tranquilas no tuvo y, a pesar de ello, noches fueron de quietud angustiosa. El alma trémula y sola / padece al anochecer. Fuera Otero o fuera Carmencita, en ese angustioso 1890, él tuvo al menos una noche de sosiego. «El teatro, ávido, aplaude: las mujeres se muerden los labios; los hombres se echan sobre el espaldar del vecino; se oye el taloneo, el barrido, el punteo de aquel pie de cisne que borda en las tablas. Y cuando se va, desganada y perezosa, parece que se ha ido un rayo de sol».
De esas calles partió, cinco años después del cuadro de Hassam, a buscar su invierno tropical. Un sacrificado heroico, hijo de hombre y de mujer, capaz de morir sin la certeza de resurrección alguna. Y a pesar de ello, resurrecto.
Esa noche del 11 de abril de 1895, en que pasadas las diez «Llueve grueso al arrancar. Rumbamos mal. Ideas diversas y revueltas en el bote. Más chubascos. El timón se pierde. Fijamos rumbo. Llevo el remo de proa. Salas rema seguido. Paquito Borrero y el General ayudan de popa. Nos ceñimos los revólveres. La luna asoma, roja, bajo una nube. Arribamos a una playa de piedras, la playita al pie del Cajobabo, me quedo en el bote el último vaciándolo. Salto. Dicha grande».
Dicha grande, dijo el Apóstol.











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