ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Carilda Oliver Labra. Foto: Fotograma de Con dos que se quieran

Ella vino al mundo para escribirle al amor. Este parece ser el mejor halago a la poetisa matancera, entre otros muchos que recibió durante su larga existencia.  

Compite inclusive con aquel venido del mismísimo novelista Ernest Hemingway, al celebrar el color de sus ojos, una galantería que debió durarle para toda la vida a la joven que ya había publicado su premiado volumen Al sur de mi garganta.

Ocurrió el 15 de febrero de 1957 en una fugaz estancia del célebre novelista en la rada yumurina, ocasión en la que Carilda Oliver Labra fue designada para entregarle la llave de la ciudad al ilustre escritor.

Tras terminar su «discursito» en inglés, a modo de bienvenida, el escritor estadounidense le dijo en perfecto español: «Nena, para abrirme el corazón no necesitabas esa llavecita», frase que desató todo un rosario de insinuaciones y rumores públicos.

Al efímero encuentro le atribuyen historias increíbles, como que duró nueve horas y que Hemingway, al estilo de un galán de Hollywood, en medio de un abrazo, la levantó en peso y con ¿galantería y respeto? la metió en una lancha para realizar una vueltecita por la bahía.

Carilda siempre se las arregló para esquivar el propósito de algunos investigadores de construir los pormenores del episodio, y de ese modo, pudo defender el secreto de uno de los más novelescos incidentes de su vida.  

Hoy se cumple un siglo del nacimiento de Carilda, poetisa con una obra imperecedera, de más de 40 volúmenes, entre ellos Al Sur de mi garganta y el poema Me desordeno, amor, me desordeno, algo así como su sello de presentación, y una prueba indiscutible de su irreverencia hacia los convencionalismos sociales.

También son muy conocidas algunas de sus obras épicas, como el Canto a Fidel, y Conversación con Abel Santamaría. Otros muchos hechos patrióticos conmovieron su pluma, y ahí están para confirmarlo los sucesos del Goicuría, y los asesinatos de Julián Alemán, Frank País, Franklin Gómez, Miguel Sandarán y José Antonio Echeverría.

Como ocurre con otros grandes de la literatura universal, su obra y su larga vida tocan los bordes de la imaginación y el mito, razón por la cual no pocas personas, sobre todo jóvenes, buscaban a esta mujer cuyos «versos defienden el erotismo, la sensualidad, la feminidad y la libertad de elegir».

«Me achacan más romances de los que en verdad tuve», dijo alguna vez al referirse a las exageraciones, pero sin precisar nada para no detener la fábula. Después de todo, ella gozaba con las cosas que se decían de su existencia, las ciertas y las inventadas.

Entre otras «extravagancias», esta creadora solía trabajar en el horario de la madrugada, rodeada de decenas de gatos, y en la placidez del silencio, en su casona de la Calzada de Tirry, en la ciudad de Matanzas.

Supo sobrellevar su larga vida, sin oropeles ni presunciones («ni señorita ni doctora», sentenció alguna vez), una mujer que saltó por encima de los convencionalismos de la época, algo que quizá, inclusive en los tiempos que corren, muchos quisieran imitar.

A Carilda, fiel al Comandante en Jefe Fidel Castro, Premio Nacional de Literatura y una de las voces líricas más importantes de Hispanoamérica, se le evoca con particular elocuencia por estos días, en que llega, aunque haya partido a la eternidad, a sus primeros cien años.

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