Quienes, por su trabajo, o por el simple gusto de seguir la vida cultural del país, sean de los que visitan los espacios literarios que ofrecen las instituciones culturales, extrañaremos con creces a esa cátedra en materia de letras que fue y siempre será Enrique Saínz.
El pasado domingo se despidió del mundo a los 80 años este académico de número de la Academia Cubana de la Lengua, pero deja una obra a la que habrá que recurrir cuando se precise la consulta especializada sobre la obra, por solo citar algunos, de Cintio Vitier, Fina García Marruz, Eliseo Diego, Emilio Ballagas, Mario Martínez Sobrino, María Zambrano, Luis Cernuda, Georg Trakl…
De semblante noble –y noble también su palabra, siempre en pos de la belleza– se le vio ser solícito para el elogio a los otros. Su generosidad, esencialmente comprometida con el buen arte, emergió en tertulias y celebraciones para agasajar a muchos autores contemporáneos.
La mirada acuciosa a la obra ajena ofreció toda una metodología del acercamiento provechoso a la creación literaria, y así conformó la suya. De la lectura de su ensayística no se salió nunca siendo el mismo. Aprehender a Saínz fue y seguirá siendo un ejercicio de hondo conocimiento, que deja en el lector el apetito por la exploración, misión que hizo suya.
A él le deberemos siempre el recto ejemplo de lo que significa ser un crítico literario: sensibilidad perspicaz, responsabilidad y orientación hacia lo valedero, separando de lo vano el brillo y el trigo de la literatura.











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