ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Foto: Pastor Batista

Una reconocida periodista le preguntó en una ocasión a Pablo Armando Fernández cuál sería su elección si tuviera que renunciar a su fidelidad por la Revolución o a su extensa obra como escritor.

«Las dos son una sola, así que no podría decidir porque mi literatura está muy ligada a la Revolución. Si digo: “renuncio a mi obra por la Revolución”, estoy faltando el respeto a la Revolución y mi amor por la Revolución sería mentira. Si digo: “la obra”... entonces qué significado tienen Los niños se despiden, El vientre del pez, Nunca abandoné a África... No, las dos cosas son una. Mi obra es Cuba».

Con voz firme y serena, así respondió entonces ese prolífero escritor (autor de más de 15 poemarios, tres novelas, también de numerosos ensayos y algo de teatro, merecedor del Premio Casa de las Américas en 1968, y en 1996, del Premio Nacional de Literatura), que abandonó el mundo en la noche del miércoles, a los 92 años de edad, para vivir, sin dudas, en el parnaso de los inmortales.

En varias ocasiones aseguró creer en la reencarnación de las almas, y otras tantas dijo no saber siquiera quién era ni dónde estaba, tal vez por haber respirado bajo no pocos cielos y haber vivido fuera del país por mucho tiempo (más de 15 años en Estados Unidos, donde se afianzó su carrera y su espíritu, si bien mantuvo intactas sus ligaduras con su abolengo, su tierra natal, el Central Delicias; con La Habana y con Cuba). Sin embargo, no perdió nunca Pablo Armando el camino del regreso. Lo hizo en 1959, como otros tantos intelectuales, abrasado por la luz del triunfo revolucionario que no desconoció, y al que fue fiel toda su vida, consciente de su pujanza y acometida.

Numerosos frentes contaron con la generosidad de su intelecto. Fue subdirector del suplemento literario Lunes de Revolución, y la revista Casa de las Américas lo tuvo como secretario de redacción. Consejero Cultural de Cuba en el Reino Unido, jefe de publicaciones de la Comisión Nacional de Cuba en la Unesco; miembro del Consejo Editorial de la Academia de Ciencias de Cuba, director de la revista Unión y director del Fondo Editorial de Casa de las Américas, fueron otras de las responsabilidades que asumió este letrado que ocupó en 1997 el sillón N de la Academia Cubana de la Lengua.

Sobre los años vividos en la década de los 70, que reconoció en la ya citada entrevista como feos y ridículos, un periodo en el que no escribió nada, Pablo Armando expresó: «Leía a veces a los clásicos y trataba de sobrevivir conmigo mismo, trataba de entender por qué razón me conformaba a aceptar esa situación sin ningún rencor, ni resentimientos, sin falsedades, sin una doble moral. (…) Tenía necesidad de saber quién era y dónde estaba y a eso me ayudaba la historia de Cuba».

Negado al resentimiento que en lugar de contribuir ensombrece, fue parte indisoluble de las instituciones culturales cubanas, y vio en cada labor emprendida el modo mejor de deberse a su país, cuyo amor fue para él brújula incuestionable.  

Cuesta hoy recordarlo sin que acompañe su imagen esa sonrisa bonachona y sincera, tal como concibió la creación; o sin esa paz de hombre consagrado hasta el tuétano en las aguas del bien, e inmensamente feliz, bendecido por una familia de la que vivió orgulloso, e iluminado por el amor de su compañera, la musa de Suite para Maruja, poema asentado en no pocas antologías, y en cuyos versos también van juntos: y yo como una brasa o como el agua viva, / entre muros, / mirándonos, sabiéndonos una mujer y un hombre / que a fuerza de ganarle a la muerte / una y otra partida,  se van quedando solos  / en una noche oscura y más oscura.

En uno de sus más hermosos poemas, Pablo Armando dice: Como un actor que olvida de repente / su papel en la escena, / desesperado grito: / ¡Aquí estoy! / Pero nadie responde, nadie me ve. / Hasta que llegue el día y con su luz / termine mi ejercicio de aprender a morir.

Nosotros le agradecemos mejor otro aprendizaje: el de haber vivido plenamente aliado de su conciencia, limpia y justa. Enaltecida.

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