
La jauría de la desvergüenza se rasgará las vestiduras, los académicos del cinismo invocarán hasta los códigos divinos; yo apoyo y admiro esta decisión valiente de nuestras autoridades, en este y en cualquier lugar del país donde se tome en la misma dirección y sentido.
Quien no entiende la realidad cubana y acostumbra, por desconocimiento o con toda la malsana intención, a evaluarla por los cánones, valores e instituciones de la democracia burguesa tradicional, quizá rechazará la decisión y continuará exigiendo y esperando, como hace ya mucho, que adoptemos esas prácticas, normas y procederes, pero este país se dio, desde hace mucho, una manera propia de entender la democracia, la convivencia social, la vida política, que no pretendemos exportar, que no vendemos como la perfecta, pero que es legítima.
Otros han tenido siglos para construir la suya y, sin embargo, hay quien lo que puede ofrecer es un sistema de corrupción e hipocresía, fatalmente distante del diseño que tan orgullosamente muestran. Cuba ha tenido solo seis décadas para implementar, sobre la base de pruebas y errores, en medio de brutales presiones y exigencias, su propuesta criolla de sistema político, y la inmensa mayoría de este pueblo demostró, con su voto, su apuesta por no renunciar a este, y continuar mejorándolo.
La decisión de nuestras autoridades es muy lógica: si la Constitución, que la mayoría aprobamos, dice que el sistema político que refrenda es irrevocable, no es posible que usted espere que se le autoricen acciones dirigidas expresamente a derribarlo. Sobre todo, si es evidente, público, notorio, demostrado y reconocido que esa convocatoria forma parte de una estrategia diseñada por fuerzas externas, cuya agenda es públicamente el derrocamiento del sistema socialista en Cuba, la destrucción de la Revolución.
En un libro que leí hace tiempo (una novela de ficción que se llama El lado frío de la almohada), uno de los personajes, extranjero, le dice a un cubano: yo necesito su Revolución, pero no puedo pedirles que resistan por mí.
De eso, además, se trata, de que los olvidados, los desamparados, los excluidos, la masa inmensa, inabarcable de los pueblos oprimidos de este mundo, esperan de nosotros que no entreguemos la bandera. ¡Por ellos debemos, también, resistir!











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Raúl Fernández Cabrero dijo:
1
15 de octubre de 2021
13:25:06
Juanita Martinez dijo:
2
15 de octubre de 2021
22:54:32
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