El «libre mercado de las ideas» se sigue fundamentando en un atractivo concepto del neoliberalismo, acuñado en los años 20 del pasado siglo por el juez estadounidense Oliver Wendell Holmes al expresar que: «el mejor criterio de la verdad es el poder que tiene el pensamiento de hacerse aceptar en la competencia del mercado».
La receta ha ido reelaborándose a partir de interpretaciones libérrimas sobre escritos pertenecientes, entre otros, a John Milton y John Stuart Mill, y parte del polémico principio emanado de la economía clásica inglesa, que asegura que la libre competencia regula los mercados.
¿Pero pueden las ideas en debate ser reguladas en función de dirimir qué vale más sobre lo que vale menos?
El poeta y ensayista John Milton tuvo tiempo, en medio de la escritura de su magna obra, El paraíso perdido, de asegurar la conveniencia de darle libre curso a «todos los criterios», pues la verdad siempre iba a imponerse a las falsedades, gracias a la lucidez de las mejores opiniones, que se encargarían, por sí solas, de poner las cosas en su sitio.
El libre mercado de las ideas fue prohijado, en teoría, por las libertades de prensa y expresión propugnadas por los periódicos en manos de intereses políticos y económicos muy particulares, que hacían suyo el concepto sin garantizar un debate público ecuánime e imparcial, además de cerrarles las posibilidades de participación a muchos que se quedaban con las manos levantadas, o eran excluidos por un asunto meramente clasista, o discriminatorio en los sentidos más diversos.
Si bien con el transcurrir de los años los ropajes del dogma trataron de cubrir los rotos del «libre mercado de las ideas», los tiempos actuales resultan sepulcrales por lo que él ensalza, un patrón que asegura –recordémoslo– que una política «del dejar hacer» llevará, por el mero juego de la competencia de ideas, a un resultado provechoso para todos, ya que al final prevalecerán los pensamientos más justos y mejores razonados.
¿De verdad?
Como ha señalado el ensayista francés Charles Girard, al referirse a la deliberación de las masas en el mercado de las ideas: «una comunicación no regulada solo tiene muy pocas oportunidades de promover las opiniones más informadas, justificadas, o válidas. Es, por el contrario, frecuente que voces minoritarias sean ahogadas, que creencias o argumentos sean suprimidos, que las opiniones evolucionen mecánicamente por un efecto de arrastre, en el sentido de la opinión dominante, o también que datos falsos, o justificaciones falaces se propaguen por no haber sido refutados o impugnados».
De poder asomarse a las redes sociales y ver las campañas propagandísticas de desprestigio imperante contra la Revolución Cubana (respaldadas, la mayoría, por el dólar sonante), y el día a día de mentiras y manipulaciones machacadas por quienes más que pensar, ladran contra cualquier argumento inteligente empeñado en poner las «cosas en su sitio», de tirarle una miradita a lo que se ha convertido el otrora alabado «mercado de las ideas», es muy posible que el juez Wendell Colmes reconsidere el texto promocional por él escrito; John Stuart Mill le agregue par de párrafos a su muy conocido ensayo Sobre la Libertad (1859), y el gran Milton, que nunca se cansó de desacreditar al diablo en su poesía, encuentre la posibilidad metafórica de traerlo a colación para volver a acribillarlo.
Como sucede con el mercado económico, del cual toma su analogía, el mercado de las ideas no explica «las magias» del autoajuste que permitan a la libre circulación de las opiniones obtener por sí mismas (antes, y menos ahora) los resultados que propugna.
¿Entonces?
Habría que estar de acuerdo con Charles Girard cuando afirma que no basta reconocerle a cada cual un igual derecho a expresarse libremente, elevando la voz, o abriendo un blog, para que cada cual esté en igualdad con los otros en el debate público. Se debe tomar en cuenta –opina el ensayista– el papel asignado a la prensa de instaurar una deliberación en común, pues el rol de los medios no puede ser en absoluto pasivo y quedarse, simplemente, en el llevado y traído derecho individual a la libertad de expresión que, como se sabe –y eso lo decimos nosotros–, puede convertirse en un toro de siete cuernos con uno de ellos abierto, como una flor, al mejor postor.











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