
Arco tenso es el sello que, en su inauguración, acoge la poesía inédita de diez poetas cubanos contemporáneos en una edición envidiable. Porque hay que decirlo, más allá de lo que otorguen las poéticas de cada título, la colección posee una sobriedad y una elegancia visuales pocas veces entendida en la realización de libros.
El diseño editorial del Dunker Bernal y el logotipo de Dashel Hernández Guirado, singularizan cada cuaderno con el detalle de un color para cada obra, siempre sobre el blanco. Una iniciativa que contó con el apoyo de la Red Eclesial de Estudios Avanzados de la Arquidiócesis de La Habana, la Editorial Selvi Ediciones y la Uneac.
A esta idea original del poeta Jesús Lozada, se unieron los poetas Roberto Manzano y Jesús David Curbelo, quienes hicieron la selección de los autores y la edición de las obras bajo la coordinación del propio Lozada e Iris Gorostola.
La diversidad marca la primera colección de Arco tenso. Aparecen aquí, Palabra de Mumford, de Ismael González Castañer, cuyo universo asociativo remite a sus habituales códigos de expresión iconoclasta. Juego de intertextualidad y persistencia de un lenguaje que se decapita y recompone con una viva intención.
El ancho río del silencio, de Dashel
Hernández Guirado, está conformado por poemas en prosa en los que prima una atmósfera de consentimiento, goce y espiritualidad con lo circundante y lo afectivo.
Roberto Méndez en Superstites impacta con un libro, que más que ofrecer una mirada a los movimientos del espíritu para una sobrevivencia, construye un cuaderno superior desde el diálogo con los textos, la filosofía, la fe, los mitos, el ensayismo, las referencias culturales y lo familiar.
Diario lírico, de Roberto Manzano, entra a esta colección con una poesía de tenso rigor estético que confiesa al hombre en su experiencia estremecida, con una síntesis simbólica de lujo.
Caridad Atencio, en El camino a casa, logra concretar un sueño de autor: parapetar esa voz tan suya que va a más en este libro. El clímax de lo estrictamente personal conduce un discurso que maneja con lucidez y pasión la vivencia de lo real y lo metafísico. Identidad personal y memoria en un cuaderno que es quizá el mejor de los tantos que ha escrito la autora.
En Esta lengua que pasará, Jesús David Curbelo se nos da completo. Su poesía elegante, fuerte, o aquella que ya no desea colocarse en la línea estricta de una tradición y se sintetiza para expresar, o se rebela de un modo sorpresivo en poemas limpios, a los que siempre se les agradece la eficacia del oficio.
Permutaciones en el subjuntivo permite a Jorge Luis Serrano continuar ofreciéndonos un discurso arrollador, fiel a su voluntad, que cala en la condición de lo humano y casi no da chance al respiro.
Jesús Lozano, en cambio, ofrece una poesía de ráfagas cortas y silencios, al estilo oriental. En Sentado en el olvido, el decir y lo no dicho refuerzan lo poético movilizando lo que simboliza. El poema se expresa entonces en esas economías o se fragmenta para intimar con el yo.
Calles de nube y piedra, de Reyna Esperanza Cruz, es un libro notable al que no debe celebrársele como mayor virtud solo su correcta feminidad o el relato de lo vivido a un tiempo y a unos años. Hay poemas aquí de una fibra telúrica que claman por rebasar la órbita y que hablan de una autora que aún se guarda.
Por último, el libro de Larry J. González, un poeta del lenguaje, lo narrativo inusitado y los referentes. Su obra, Me fui a sembrar tomates donde los agrestes ofrecían semillas de Ophrys Fusca, se inscribe en un sistema que ya conoce el lector suyo: historias, entes líricos que crecen de un costado x, la biología, el cine, la publicidad, la moda, lo que lo circunda, que urden vidas posibles y restauran para lo poético paisajes humanos en construcción bajo centros bien urdidos.











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Gonzalo Moya Cuadra dijo:
1
23 de febrero de 2021
12:25:17
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