
Pasan las diez de la mañana. Karen anda dando vueltas por algún lugar, organizando una acampada que harán mañana con los jóvenes, como parte de las actividades por el aniversario 40 del Centro de Ingeniería Genética y Biotecnología (CIGB).
Anabel está en el laboratorio, «analizando el resultado de dos experimentos» que acaba de hacer, rodeada de sustancias y aparatejos con nombres extraños y utilidades más extrañas que los propios nombres.
Hace unos días, junto a diez jóvenes más, ambas recibieron la Orden Julio Antonio Mella, «máxima distinción» que otorga la Unión de Jóvenes Comunistas, «en reconocimiento a méritos extraordinarios y excepcionales alcanzados en el estudio, el trabajo creador, la investigación científica, la cultura artística y literaria, la docencia, el deporte o en la defensa de los intereses de la generación».
Esta no es la primera entrevista que les hacen. Probablemente, tampoco sea la última de sus vidas. Al parecer, están hechas para «grandes cosas».

Karen es licenciada en Ciencias Farmacéuticas con máster en Biotecnología Contemporánea; es monitora de ensayos clínicos y, a ratos –cuando lo primero le deja tiempo para otras ocupaciones–, se torna investigadora.
«La Karen en modo activo se ve en el curso de un ensayo clínico. En ese proceso de inclusión de pacientes, de visitas a hospitales, de trabajo conjunto con los investigadores». Pues corre a cargo de su equipo, la evaluación de aspectos como «la efectividad y seguridad» del uso en seres humanos de «todos los productos biotecnológicos que se obtienen en el CIGB», luego de previos estudios en animales.
Y Anabel, acostumbrada a la levedad del laboratorio, habla tan bajo que pareciera llevarse bien con el silencio y sus algoritmos. Es licenciada en Bioquímica y Biología Molecular y aquí se desempeña como investigadora del proyecto «Autoinmunidad e Inflamación».
Los experimentos que está realizando ahora, y los que lleva realizando desde hace mucho, tributan a Jusvinza, un medicamento desarrollado por el centro para «controlar la hiperinflamación, regular la respuesta inmune y reducir el riesgo de mortalidad en pacientes con COVID-19 en estado grave o crítico», que también dio buenos resultados ante el tratamiento de Chikungunya.
Hace seis años Anabel y Karen trabajan aquí. Pero no llevaban ni uno, cuando a la pandemia le dio por arremeter contra el mundo. Y hubo que asumir –para orgullo de ellas– como se asume cuando se es mujer de ciencia y cubana. Hubo que crecer, coger «tamaño de bola» (de bola del mundo).
No fue fácil para los científicos y científicas de esta Isla. Había que luchar «contra molinos de viento», sin certeza alguna. Por medio estaba «todo lo que el pueblo espera de nosotros», así que aquello «tenía que salir lo mejor posible». Y así fue, salió.
Para Karen: «ese fue el hito más importante de mi carrera porque cambió la vida de un país. Con el tiempo, bajaron los picos de la enfermedad, la cantidad de pacientes graves, de pacientes críticos. Cuba volvió a la normalidad en ese sentido.
«La Orden Julio Antonio Mella fue un reconocimiento no solo a mí, sino a todos los jóvenes que hicimos esta labor durante la pandemia. Hubo muchos jóvenes consagrados que estuvimos ahí en ese momento, trabajando. Esta vez, nos correspondió a Anabel y a mí, pero no soy yo sola ni es Anabel sola, somos un grupo los que dimos el paso al frente cuando más se necesitó».
Anabel no dista de sus palabras ni un instante. Dice que esa distinción «va más allá de ella», es para «todos los jóvenes de la ciencia en el país». Para todos. Ni más. Ni menos.












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