ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
La guerra tiene un alto costo en infraestructura y vidas humanas. Foto: Al Mayadeen

La agresión militar de Israel y EE. UU. contra Irán ha puesto de manifiesto los límites del poderío militar estadounidense cuando se enfrenta a una potencia media, con una estrategia de guerra asimétrica inteligente y un profundo sentimiento de resistencia nacional.

Era apreciable, desde el primer momento, que los objetivos declarados e implícitos de la coalición israelí-estadounidense, amén de contradictorios, eran demasiado ambiciosos, como ha demostrado el desarrollo de los acontecimientos.

La idea de degradar la capacidad militar del país persa, destruyendo o dañando severamente las capacidades de misiles balísticos y de crucero de Irán, así como su programa nuclear, carecía de fundamentos reales.

Por otro lado, lograr un cambio de «régimen» en una nación donde existía un amplio apoyo popular al asesinado Líder Supremo, Ayatolá Ali Khamenei, mediante lo que Washington llama un «caos constructivo», no pasaba de ser un desbarre estratégico.

Buscaban, asimismo, reforzar la posición de Israel como la principal potencia militar, marginando a los actores árabes y creando un nuevo orden de seguridad favorable a Washington en su competencia global con China.

Todas estas premisas se basaron en cálculos erróneos, mientras, el núcleo de la estrategia iraní no se basaba en ganar una batalla, sino ganar una guerra de desgaste económica y sicológica.

Irán está utilizando enjambres de drones de bajo coste, como el Shahed-136, para forzar a la coalición a utilizar interceptores multimillonarios, como el Patriot PAC-3.

Esta ratio de intercambio de costes está agotando las reservas de misiles defensivos de EE. UU. y sus aliados, hasta el punto de que Washington ha tenido que trasladar sistemas THAAD desde Corea del Sur para reabastecer las defensas en el Golfo.

En plena concordancia con su línea estratégica, Teherán ha convertido el estrecho de Ormuz en su arma más eficaz, lo que ha provocado un colapso del 94 % en el tráfico marítimo de petroleros, con más de un millón de toneladas de Gas Natural Licuado (GLN) varadas en el Golfo.

La nación persa, anticipando un ataque de esta magnitud, se preparó concienzudamente para lograr la victoria sobre un enemigo superior en armas y tecnología, desarrolló una profunda transformación doctrinal y operativa.

Lejos de la estructura de mando centralizada y vulnerable de 2025, activó una doctrina de «Defensa Mosaico Descentralizada», lo que asegura que la «cabeza» pueda ser decapitada, pero el «cuerpo» –léase el sistema de armas– continúe luchando.

Ahora la Casa Blanca no encuentra como salir del «pantano» de la guerra que provocó. Los mensajes en redes sociales no son más que eso, no cambian la realidad de lo que acontece en el campo de batalla.

El camino hacia el final del conflicto requerirá de una arquitectura de seguridad inclusiva que reconozca los intereses de todos los actores regionales. Oriente Medio no volverá a ser el mismo; la guerra ha enterrado definitivamente las viejas certezas y ha abierto una nueva era de polaridad y realineamiento.

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