ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Foto: Tomada de Internet

Murió Jean-Claude Carrière, a los 89 años de edad, y el cine perdió a uno de los grandes guionistas de todos los tiempos, un escritor que supo trabajar con los directores más dispares y ajustarles un traje a la medida a cada uno de ellos.

¿Cómo lo lograba? Lo primero era conocerlos, hablar mucho, saber de sus gustos cinematográficos y, si eran autores con experiencia, analizar virtudes y posibles defectos de sus filmes antes de encerrarse a trabajar y ensartar ideas al vuelo. No obstante su talento y la alta solicitud que siempre tuvo (más de 150 filmes de su autoría llevados a la pantalla), tenía claro que «los guionistas son las sombras de la historia del cine», porque correspondía a los directores «convertir las larvas literarias en mariposas».

Una rápida ojeada a su filmografía como guionista bastaría para colocar a Carrière en el pináculo que reserva la historia del cine a los imprescindibles: Louis Malle (Milou en mayo), Jacques Deray (La piscina), Milos Forman (Valmont), Jean-Luc Godard (Salve quien pueda, la vida), Andrzej Wajda (Danton), Volker Schlöndorff (El tambor de hojalata), Nagisa Oshima (Max, mi amor), Patrice Chéreau (La carne de la orquídea), Michael Haneke (La cinta blanca), Philip Kaufman (La insoportable levedad del ser), esta última, a partir de la novela de Milan Kundera, que muchos creían una historia indomable cinematográficamente, y cuyo multipremiado guion elaboró, junto al propio director Kafman, otro peso pesado de la especialidad.

Comedias, dramas, acción, policiacos, de todo escribió Jean-Claude Carrière, pero fue Buñuel con quien mejor se compenetró, al punto de que el genio español –modorro para hablar de sí mismo– le dejó escribir su biografía utilizando la primera persona.

Se conocieron en el Festival de Cannes de 1963, cuando Buñuel andaba buscando un guionista para Historia de una camarera. Buñuel tenía 63 años y Carrière 32. Pero el francés había visto Viridiana (1961) y El ángel exterminador (1962), y sabía que el maestro gustaba de moverse entre los efluvios del movimiento surrealista y el tradicional realismo español.

Al referirse a aquel primer encuentro, Carrière ha contado que Buñuel le preguntó si le gustaba el vino. –Mi familia tuvo viñedos– le respondió.

–Perfecto –le dijo Buñuel–, así tendremos de qué hablar en caso de que no nos entendamos.

Pero se entendieron muy bien, y el resultado son cinco perfectos clásicos en torno a  las convenciones morales, el puritanismo, el poder clerical, las ideologías  y la aureola

ridícula  de la burguesía: Belle de jour (1967), La vía láctea (1969), El discreto encanto de la burguesía (1972), El fantasma de la libertad (1974, un discreto homenaje a Marx, según el guionista y el director) y Ese oscuro objeto del deseo (1977), todas rehuyendo la lógica clásica y disfrutando de las posibilidades risueñas del surrealismo, que tanto hacían reír a Buñuel, según ha contado Jean-Claude Carrière.

Llama la atención cómo Carrière, surgido en tiempos de la Nueva Ola, se desmarcó del movimiento, quizá porque no le interesaba convertirse en director, una dualidad que compartían los renovadores del cine francés de entonces y que a él lo hubiese encasillado, posiblemente, en un tipo de cine de autor.

Muchas veces le pidieron recetas y Carrière, que fue un pedagogo renombrado y director de la escuela Femis en París, gustaba de subrayar dos factores fundamentales: curiosidad e imaginación.

¿Y qué se debe evitar? La fórmula, lo repitió no pocas veces. Y dijo: «El cine americano, que es un cine de guionistas, de directores que solo ponen en imágenes lo que otros han escrito, puede ser entretenido, comercialmente bien hecho, pero parece siempre el mismo».

Volver a ver los filmes de Jean-Claude Carrière sería una fortuna.

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JosePedro dijo:

1

15 de febrero de 2021

07:01:55


Otro clásico del excelente hacer, ya en la historia. Ojalá su sabiduría e imaginación se multiplique para bien del cine en los talentos que emergen para alcanzar un mundo mejor ético y estético en virtud del crecimiento espiritual del mundo. Gracias por entregarnos arte!