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La Riefenstahl, una mimada de Hitler. Foto: Tomada de Internet

«La búsqueda de la belleza en la imagen, por encima de todo y de todos», fue el pretexto utilizado por la cineasta Leni Riefenstahl cada vez que se le reprochó haber puesto su talento al servicio del nazismo, y en especial de Hitler, de quien dijera en sus memorias (1987) que, tras conocerlo en un mitin celebrado en Berlín, 1932, «fue como si se abriera la tierra delante de mí».

La Riefenstahl vivió 101 años (1902-2003) y su proceder ha alimentado un debate que involucra al arte y la ideología con la responsabilidad social y ética del artista.

Muchos no le perdonaron su fabricada ingenuidad para sacudirse de un estigma que la relacionó con los crímenes del nazismo, pero no faltaron quienes extendieron un manto de benevolencia sobre ella alegando la trascendencia de su obra documental, perfeccionista y a la vanguardia del cine alemán.

Hoy, filmes como El triunfo de la voluntad y Olympia se consideran obras maestras de la propaganda, asentados en una estética formal renovadora, atendiendo a los años en que fueron concebidos, y a su capacidad para transformar la realidad en «arte ideológico», si es que cabe el concepto para una ideología del exterminio.

El primero de esos filmes convierte el congreso nacionalsocialista, celebrado en Nuremberg, 1934, en un acontecimiento épico de multitudes y dirigentes enfebrecidos ante el verbo de un Hitler divinizado en imágenes.

Olympia (1938) retoma el fervor del Führer por la Grecia antigua para vincular los Juegos Olímpicos de Berlín 1936 con una simbología del mito racial nazi, sustentador de que la proclamada civilización germana, superior en todos los sentidos, era la heredera de una cultura aria proveniente de la antigüedad clásica.

«Ella es la única de las estrellas que en verdad nos entiende», había dicho Goebbels de la cineasta en 1933, poco después de que Hitler, cinéfilo empedernido, la fichara como la difusora cinematográfica por excelencia del ideario de su partido.

La misma Leni Riefenstahl, bella, voluntariosa, con un pasado que la vinculaba al deporte y al escalamiento de montañas nevadas; también bailarina y actriz que llegó a rivalizar en papeles con Greta Garbo, fue considerada por Hitler un ideal de perfección clásica. Él puso a su disposición cuantiosos recursos y la hizo una mimada del grupo integrado por la flor y nata del nazismo berlinés, que le aplaudió su estilo «pulcro y emotivo». Y si bien no faltaron los que hablaron de un romance, ella siempre lo negó: «No era sexy, si hubiera sido sexy, naturalmente habríamos sido amantes», lo cual no fue óbice para que afirmara, pasados los años, que el triunfo del nazismo no había sido una reacción política, sino la insólita adoración «a un líder irrepetible».

La Riefenstahl logró que en 1940 Hitler le extendiera un alto presupuesto para llevar a la pantalla Tiefland (Tierra baja), inspirado en una ópera (1903) de Eugen d’Albert que transcurre en España. El filme no se estrenaría hasta 1954 porque, además del pedigrí de la autora, había algo turbio en él que no acababa de desentrañarse: ¿Adónde habían ido a parar los gitanos extraídos de un campo de concentración, dado que se necesitaban extras con aspecto mediterráneo?

Un murmullo se fue extendiendo entonces: tras el rodaje de Tiefland, aquellos figurantes habían sido deportados a Auschwitz.

Leni Riefenstahl, que una vez concluida la guerra fue investigada varias veces, sometida a cuatro procesos de desnazificación, y finalmente exonerada bajo el dictamen de haber sido solo «simpatizante» de los nazis, protestó de lo que llamó una calumnia y juró que seguía teniendo noticias, y hasta correspondencia, con esos gitanos.

En años posteriores condenaría la barbarie de la que, aseguró, no había presenciado nada y solía responderle a los que la acusaban: «lo mío era el arte, atrapar una época, una percepción del ideario y no un apoyo irrestricto, díganme, ¿dónde está mi culpa?, no arrojé bombas atómicas, no he negado a nadie. ¿Dónde está mi culpa?».

En 1982, la nebulosa de los gitanos salió a relucir en un documental televisivo de la alemana Nina Gladitz. La joven realizadora había localizado a los descendientes y ellos aseguraban que la directora de Tiefland trató a los figurantes como siervos y luego los devolvió a su origen, el campo de concentración de Maxglan, en Austria, desde donde fueron trasladados, y asesinados, en la cámara de gas de Auschwitz.

Leni se querelló con Gladitz, y aunque buena parte de sus alegatos no fructificaron, salió diciendo que había ganado el litigio. Su obra conocía por entonces una suerte de rehabilitación, luego de exhibirse, en 1972, el documental Olympia. Al cumplir la cineasta los cien años de edad era, para no pocos medios, más una leyenda admirada por sus aportes técnicos y artísticos al cine, que una «sospechosa circunstancial» de haber llevado a planos estelares las simbologías del nazismo.

Pero la cineasta Nina Gladitz no descansó en rastrear lo que llamó el lado siniestro de quien, en su momento, fuera denominada «el ojo de Hitler», y hace unos días publicó un libro en el que expone la complicidad de la Riefenstahl, y no solo en «lo artístico». Documentos que demuestran que 40 de los 53 gitanos fueron asesinados sin que la directora hiciera algo por impedirlo, después de haberlos reclutados ella misma. También, apoyada en materiales de archivo, da a conocer que los nombres de importantes cineastas colaboradores, como Willy Zielke, quien filmó las tomas iniciales de Olympia (y terminó esterilizado y enfermo mental), fueron borrados de sus películas, además de interceder Leni con los mandamases de Hitler para impedir que otros cineastas filmaran; un comportamiento del que nunca se había dicho una palabra y en el que resalta –entre otros ejemplos– la eliminación de los créditos, como codirector en Luz azul, del húngaro Béla Balázs.

Según el libro de Nina Gladitz, el talentoso Willy Zielke fue sacado del manicomio por Leni Riefenstahl con el propósito de convertirlo en un ayudante-prisionero. Poco antes de finalizar la guerra, ella quemó casi todos los archivos que poseía en los jardines de su chalet. A juzgar por materiales clasificados de la inteligencia francesa, revisados por Gladitz, aquella fogata incluyó escenas de la destrucción de un gueto judío rodadas por encargo de Hitler, si bien nadie sabe si la película llegó a materializarse.

Ajuste definitivo entonces para la cineasta que corrió a filmar la invasión nazi a Polonia, donde fue fotografiada en uniforme, junto a soldados alemanes y llevando una pistola a la cintura, y para la que, después de la ocupación de París, le escribió el siguiente telegrama a Hitler: «Con una alegría indescriptible, profundamente conmovida y llena de gratitud ardiente, compartimos con usted, mi Führer, su mayor victoria y la de Alemania, la entrada de las tropas alemanas en París. Usted supera todo lo que la imaginación humana tiene el poder de concebir, logrando hechos sin paralelo en la historia de la humanidad. ¿Cómo podemos agradecerle alguna vez? Felicitarlo es demasiado poco para expresar los sentimientos que me conmueven».

¿Cómo fue posible aquel cable?, le preguntaron en cierta ocasión a Leni Riefenstahl y ella, con la «ingenuidad» inaudita que a ratos le sigue sirviendo a algunos para alternar con sus desvaríos inexplicables, contestó: «Todos pensaron que la guerra había terminado, y en ese espíritu envié el cable».

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Mimisma dijo:

1

25 de enero de 2021

11:25:28


A pesar de los aportes al cine y lo trascendental de su obra, a mi entender Leni Riefenstahl es tan culpable como su adorado Führer.

Rey dijo:

2

26 de enero de 2021

09:27:48


Pues difiero del comentario anterior,a esa señora se le "concedió" un internamiento en un hospital psiquiátrico francés del cual pudo haber salido si "reconocía su aporte a la causa del Tercer Reich"....y no lo hizo,prefirió pasar siete largos años allí mientras "los medicos" jugaban a darle electro shocks.Eso me dice algo.