De vivir, Perico Bola tendría más de cien años y posiblemente ocuparía un puesto importante en cualquier sitio online especializado en marear al mundo emitiendo noticias falsas.
Una de las causas de que recuerde al personaje, al cabo de los años, es que su nombre me ha servido para calificar al instante cualquier fake news que se despliegue ante mis ojos como: ¡esto es un Perico Bola!
A Perico nunca le tembló el pulso para regar sus «bolas» y decirnos a la muchachada del barrio que la carne rusa en lata provenía de prisioneros nazis congelados desde la Segunda Guerra Mundial, o que el Gobierno revolucionario lavaría el cerebro a todos los niños cubanos utilizando una solución doctrinal, trama que, con sus ajustes, ya había utilizado el Hollywood de la Guerra Fría.
Precursor de «la bola» patrañera, Perico no conoció el mecanismo del asalariado y actuaba más bien –eso lo supe después– porque durante el Gobierno de Carlos Prío Socarrás había sido ayudante de un primo concejal que, tras el golpe de Estado de Batista, en 1952, estuvo entre los que no admitieron los estatutos impuestos para suplir la Constitución de 1940.
Luego de triunfar la Revolución, Perico pensó que el panorama politiquero, arropado de ciertas ventajas en los negocios, volvería a restablecerse y, al no ser así, se convirtió en un difusor –con aportes propios– de cuanto oía por Radio Swan y Radio Américas, proyectos propagandísticos de la cia amasados, desde los tiempos del presidente Eisenhower, con el propósito de socavar el proceso social y político que estaba teniendo lugar en una isla peligrosamente revirada a los dictámenes del Norte.
Fue así que durante la invasión a Playa Girón, Perico me dio a conocer, discreto, pero a la manera del que trae «la última», que los mercenarios habían ocupado la playa de Guanabo y avanzaban imparables hacia La Habana.
No se cansó Perico de ganar combates con los bandidos del Escambray, y de anunciar un desembarco tras otro por cualquier punto del país, y de dictaminar que «ahora sí le queda muy poco a esto».
«Esto» era la Revolución y, decididamente, Perico la odiaba.
Como vivíamos en la misma cuadra, y lo conocía de niño y, además su tono «boleador» se movía entre lo fraternal y lo paterno, dejé de discutir con él y ya en los años finales de su vida, cuando iba de visita al barrio, me limitaba a mirarlo a lo ojos y sonreírle con los aires de un Chaplin fatigado cuando venía a soltarme una de las suyas.
De él me quedó aquello de traerlo a la mente cada vez que me encuentro con una mentira fabricada y publicada en las redes –¡que mucha hay!–, opiniones fraudulentas y desestabilizadoras ante las cuales no puedo reprimir «¡otro Perico Bola, cará!», sobrenombre que bien pudiera utilizarse como reconocimiento al mejor e impúdico quehacer para viralizar las fake news y el marketing político, el Premio Perico Bola, igualmente remunerativo, por supuesto.











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