ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Obra Never More, de Manuel López Oliva

Mi agenda marcaría, a partir de este sábado, el inicio del Festival Nacional de Teatro de Camagüey, la denominación más certera alcanzada por la cita bienal en la tierra de Agramonte. Como tantas cosas, se fue a bolina en el año del coronavirus. Tacho entonces, con dolor, la línea recta enmarcada entre el 10 y el 18 de este mes.

No pocas veces, por cierto, aprovechamos la coincidencia con el 10 de octubre para destacar la hazaña de Céspedes. En 2018, en especial, se destacaron los vínculos entre teatro y nación a propósito del sesquicentenario de la fecha, sin olvidar la propia implicación de Carlos Manuel en el Teatro de Manzanillo.

El nacimiento del Festival en 1983, oriundo del territorio, pero con vocación nacional, arrastró por décadas la pelea en torno a si solo la dramaturgia firmada en esta Isla debía servir de llave maestra para arribar al evento por la carretera central. Aunque parezca incierto, todavía a inicios de este siglo, los enfrentamientos fueron severos. En los últimos tiempos, reina la paz al respecto. Todo el mundo parece convencido de que puede ser tan cubano firmar a un Ibsen como a un Quintero, una versión a partir de los Hermanos Grimm, que otra desde Dora Alonso.

Suprimida su modalidad de concurso, ha ganado, paso a paso, en las últimas de sus 17 ediciones, un formato estable. Y, a pesar de filias y fobias, ha sido un gran espacio de diálogo. No sin polémicas de todo tipo, como tantas que atraviesan nuestro teatro, pero en Camagüey nos hemos conocido mejor los que participamos de la manifestación en Cuba. Comenzando por el conocimiento del otro, que muchas veces es francamente irreal si no se acude a la sala a ver el trabajo de los colegas.

Y también, porque la cita se constituye en territorio de aprendizaje gracias a una lluvia de encuentros sobre una programación intensa. Para la niñez, en los primeros turnos, y luego para jóvenes y adultos hasta que la noche se abre a los espacios festivos. Y para espectadores no habituales en los parques y plazuelas de la ciudad. Con un público masivo e incombustible frente a cualquier umbral donde haya función, una de las distinciones del festejo.

Aunque la famosa selección, nunca infalible porque pasa por la mirada subjetiva de los humanos, ha enconado debates, es imposible cartografiar el teatro cubano sin esta convocatoria. Ha permitido borrar las distancias geográficas entre muchas agrupaciones, tomar el pulso en un mismo espacio-tiempo, descubrir procesos, seguir líneas de creación, enlazar experiencias, verificar impactos, sustentar diálogos, asistir al recambio de maestros y generaciones.

La ciudad facilita el traslado cercano, acoge con sus hoteles en escala perfecta en medio de la trama urbana, brinda la amabilidad de sus habitantes. La antigua Puerto Príncipe, que al festival debemos muchos su disfrute, entre sus calles inextricables en el centro histórico, emerge en toda su belleza cuando nos perdemos acompañados a la luz de la luna. Entra la madrugada y detrás resuenan vítores y aplausos, imágenes y palabras que refractan nuestra realidad, concomitancias que nos trae la jornada, abrazos entre la amistad y el guiño cómplice.

Sirva esta breve memoria, en modo nostálgico, para declarar un amor ferviente por el Camagüey que celebra, durante diez días cada dos años, su Festival de Teatro.

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Raul dijo:

1

11 de octubre de 2020

10:29:20


Excelente reportaje Omar Valiño. Sin duda es Camagüey una ciudad de cultura.