Su casa siempre fue los Estudios de Animación del Icaic, sitio en el cual hizo realidad todas las metas que se propuso y donde conquistó para la eternidad el corazón de millones de niños y adultos, quienes guardamos en la memoria la deliciosa experiencia de haber disfrutado de Elpidio Valdés, Vampiros en La Habana y Más Vampiros en La Habana, filmes en los que trabajó junto al recientemente fallecido Juan Padrón.
Ese talentoso caricaturista, ilustrador, guionista y cineasta cubano, Francisco (Paco) Prats, falleció ayer miércoles en La Habana a los 76 años de edad, orgulloso –como comentase en reciente entrevista– de que su nombre «aparezca asociado a aproximadamente 700 películas».
Resulta impensable no hablar de este creador como una de las figuras más valiosas en la historia de los dibujos animados en la Mayor de las Antillas, quien prefería la manera antigua de darle vida a «los muñequitos» con pinceles y embarrándose las manos, así se sentía más artísticamente realizado, aunque no se negaba al desarrollo tecnológico.
Alumno y luego compañero de reconocidas figuras como Luis Rogelio Nogueras, Jesús de Armas y Tulio Raggi, llegó al Icaic en 1963, al término de sus estudios de dibujo y pintura en la Academia San Alejandro. Comenzó en las funciones de supervisor de calidad en el Departamento de Dibujos Animados, donde más tarde se desempeñó como director durante varios años, y como productor hasta su muerte.
Durante su trayectoria recibió varias distinciones por el quehacer artístico, entre ellas la Orden Raúl Gómez García, otorgada por el Consejo de Estado de la República de Cuba. Laureado en este 2020, junto a Senel Paz, con el premio nacional de Cine, justo en el año en que los Estudios de Animación del Icaic celebra su aniversario 61, Paco Prats estaba convencido de que el mayor galardón era el reconocimiento del público, ese al que dedicó más de medio siglo.
El realizador nos dejó convencido de que «había nacido para producir», labor que lo «convirtió en un artista», a la vez que dejó su nombre para la posteridad junto al de otros grandes de la animación que han enorgullecido a su tierra.
Paco Prats queda entre nosotros. Su espíritu revoloteará feliz tras la pantalla chica de cada hogar o junto a las butacas del cine cada vez que su Coronel, ese pillo manigüero, o Pepe –¡sí, el de la trompetica!– le roben la sonrisa a abuelos, hijos y nietos.











COMENTAR
Responder comentario