Comienza a escribirse este comentario cuando la noticia del fallecimiento de Rosa Fornés ocupa titulares de la prensa nacional e internacional.
Al recuerdo, rápidamente, la celebración de sus setenta años de vida artística en el Anfiteatro de La Habana, bajo la dirección de Alfonso Menéndez y la memorable conducción de otro grande de la escena y el teatro cubano, Héctor Quintero.
En aquella ocasión, como en tantas otras, Rosa supo desmentir el mito de su edad cronológica con la grandeza de las estrellas.
Quien publicó sus impresiones de aquella noche y hoy quiere rendir modesto homenaje nuevamente con estas reflexiones, la vio llegar a los camerinos de la mano de sus asistentes, caminar con cautela y después, el milagro, verla salir a plena escena, ligera, radiante de energía y vitalidad.
Así fue siempre la que esa misma noche, en ocasión del breve intercambio personal para escribir la reseña sobre aquel espectáculo, confesó no estar complacida con el calificativo de Vedete de América que se le diera en la década de los cincuenta, momentos, en que su carrera ya era conocida en muchos países del continente.
Rosita lo fue en aquella etapa y todo el tiempo después de su larga y exitosa carrera, fue, es y será –sin asomo de dudas–: la Vedete de Cuba.
En no pocas entrevistas, con modestia rehuyó una y otra vez el término; pero justamente eso fue la Fornés. Cultivó varios géneros, la zarzuela, la opereta, el drama clásico, la revista y comedia musicales. Derrochó elegancia en cada uno de ellos. Cuando el tiempo marcó las diferencias del desempeño vocal, supo decir adiós al género chico. Pero continuó siendo tanta la fuerza y la profesionalidad que ella irradiaba que otros desempeños fueron suficientes para que continuara virtuosa en cada entrega.
El cine contó con su inigualable talento para convencer. Bastaría recordar la Gloria en la comedia de enredos por lograr una permuta.
Imposible, olvidar su conmovedora y dramática Violeta de Barrio Chino o la Nora de Casa de Muñecas.
Quienes hayan tenido la oportunidad de haber disfrutado de su viuda, Ana de Glavarys, coincidirán, en que supo darle a cada género y a cada personaje que incorporó a su propia piel, tanto en el teatro, como en el cine, la televisión o en la escena musical, los preceptos que Konstantin Stanislavski describiera para el trabajo del actor sobre sí mismo.
Cuba supo darle en vida los reconocimientos que con todo mérito y justicia supo ganarse.
Se destacan por su significación artística, el Premio Nacional de Teatro (2001), el Premio Nacional de Televisión (2003) y el Premio Nacional de Música (2005).
Rosa Fornés, pertenece a una constelación de estrellas que ha de servir de referencia, no por el muy bien ganado calificativo de vedete, que se corresponde conceptualmente y en exacta medida a lo que en realidad ella fue; sino por su ejemplo de modestia, elevada ética y profesionalidad.
En ocasión de la reseña de prensa del espectáculo por sus setenta años de vida artística, quien hoy escribe este comentario, no pudo omitir lo que un espectador expresó al cierre de aquella velada con los pasajes del emocionante y famoso musical Hello Dolly, que años antes, Rosita, llevara a la escena por varias noches del teatro habanero -repleto a lleno total- Karl Marx: ¡Es la única que ha logrado llevarlo a nuestra escena!
Ciertamente, más allá de la emotiva reflexión de aquel espectador, el guion y la letra del conocido musical devienen imperecedero reclamo tanto para aquel momento, como para siempre: ella, nuestra Rosa Fornés, como la Dolly, no se irá jamás del corazón, la admiración y el amor, de todo un público y de varias generaciones que supimos vibrar, con emoción y encantamiento frente a cada una de sus memorables entregas.











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Julio Antonio Rios Ortiz dijo:
1
13 de junio de 2020
05:31:18
Gelvis dijo:
2
17 de junio de 2020
10:42:01
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