ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Puestas fuera de combate, al menos por un tiempo, las salas de cine han cedido el total protagonismo a las pequeñas pantallas del hogar. Foto: Endrys Correa Vaillant

Candente estaba en el mundo el tema del cine vs. ver películas en casa (esa tendencia cada vez más dinámica), cuando la COVID-19 apareció con su paso devastador para inclinar la balanza.

Puestas fuera de combate, al menos por un tiempo, las salas de cine han cedido el total protagonismo a las pequeñas pantallas del hogar en sus más diversas técnicas.

La televisión pasa a jugar un papel preponderante en lo que respecta a la programación cinematográfica, y basta revisar las carteleras de algunos periódicos, allende los mares, para comprobar cómo se trata de complacer a una vasta audiencia, desde los niños amantes de los dibujos animados, hasta las bisabuelas que todavía suspiran con el perfil de Rodolfo Valentino.

Nunca antes se vio un fenómeno de reclusión domiciliaria por necesidad sanitaria como al que estamos asistiendo. Millones que, convertidos en espectadores cinematográficos, oscilan en una amalgama del gusto, en no pocas ocasiones apiñados frente a una sola pantalla, la del hogar.

Todo ello con la agravante de que, al paso de los días, y con el encierro, pueden presentarse ansiedades, fobias y aburrimientos.

Programar montones de películas de «entretenimiento» pareciera ser entonces la fórmula mágica frente a esa vasta audiencia que en casa espera. Una opción nada despreciable si no fuera porque el concepto del entretenimiento fácil, y a ultranza, saca del juego a muchos otros espectadores que ven en tales entregas el más grande de los aburrimientos.

 Antes de la pandemia que nos azota, la asistencia a los cines (con sus excepciones) era escasa y más bien correspondía a la televisión llevar, con cierto equilibrio «del gusto», el peso de las exhibiciones. Cierto que vivimos días de urgencias y el empeño de complacer a todos resulta imposible. Cierto que se siguen exhibiendo buenos filmes en televisión (aunque a veces no con la debida promoción, como sucedió con la última  entrega  de El espectador crítico), pero llenar huecos fílmicos  en días  de aislamiento mediante comedias insulsas y el Hollywood más ramplón no sería el mejor enroque de piezas, ni siquiera bajo el pretexto de darle preponderancia al tan llevado
y traído «entretenimiento para todos» en tiempos de urgencias.

Los archivos rebosan de entretenidos filmes de todas las épocas avalados por una renombrada calidad. Sin contar las grandes películas instaladas en la Historia del cine y otras más que esperan por su reposición. No «clavos», como pudieran pensar algunos de manera florida, no disquisiciones intelectuales, como dirían otros. Películas capaces de complacer a Dios y al diablo, siempre y cuando sean promovidas con inteligencia y conocimiento.

Llega así la hora dorada de los programadores, hora no exenta de búsquedas y trabajo, principalmente si se tiene en cuenta que el cine pudiera seguir durmiendo un buen rato, mientras la televisión ha de seguir despierta.

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