ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
La observación interesada, fundamental en la actuación, es intrínseca en Lynn. Foto: Leandro Pérez Pérez/Adelante

El próximo 8 de mayo, a las tres de la tarde, en el cine Charles Chaplin, se estrenará un documental sobre Verónica Lynn. Un relato sobre su vida no necesita pretextos, pero tiene, en esta ocasión, uno muy sólido: los ¡95 años! de la excelsa actriz cubana.

También contamos con el reciente libro de Ediciones Envivo, Verónica Lynn. Una vida en el arte, de la teatróloga Yana Elsa Brugal. La amplia investigación hilvana valoraciones sobre la trayectoria de la actriz y, primordialmente, testimonios en primera persona sobre las distintas etapas de su itinerario.

La cita en el título al maestro ruso Konstantín Stanislavski no es casual. La influencia del actor, director y pedagogo, padre del más prestigioso método o sistema de preparación actoral, fue clave en los años 50, mezclado con las lecturas norteamericanas del mismo, en La Habana de las salitas, entre las cuales debutó, hace 70 años, Verónica Lynn y, para siempre, columna vertebral de su trabajo como actriz.

Imprescindible resulta la reproducción en el libro de la narración en primera persona, con agudo sentido crítico, de ese camino de aprendizaje que fue la base de su tesis de grado en Teatrología del Instituto Superior de Arte. Tampoco es posible soslayar la detención en dos hitos protagonizados por Verónica en 1962, Santa Camila de La Habana Vieja, de José Ramón Brene, dirigida por Adolfo de Luis, y Aire frío, de Virgilio Piñera, puesta en escena de Humberto Arenal.

En el documental de marras, dirigido por Pedro Maytín, comenté algo que quiero repetir ahora. La formación de Verónica no concluyó nunca. Por un rasgo esencial de su vida que se traspasa a su profesión. Ella es una persona atenta a todo. La observación interesada, fundamental en la actuación, es intrínseca en Lynn. Eso explica también su afán de participación. Es espectadora en las salas y en los festivales, jurado para el Premio Nacional de Teatro, presencia permanente en El Mejunje de Silverio, y en actividades culturales de La Habana y del país.

En mi adolescencia «descubrí» a una actriz de nombre Verónica Lynn. Era la «mala» de la telenovela Sol de batey, un personaje que quedó desde entonces en la memoria popular. La televisión y el cine son medios constantes para ella.

En los últimos tiempos, la vi dos veces sobre el escenario de la sala El Sótano. En Frijoles colorados, de Cristina Rebull, y en Un domingo llamado deseo, de Norge Espinosa, autor y director implicado como guionista de ese documental próximo a estrenarse.

La vida nos ha dado a tantos el privilegio de acompañarla en labores y festejos que les debemos a las andanzas del teatro. Una razón más para celebrar con verdadera fruición su alto onomástico, yo sé que sentido como propio por el pueblo de Cuba, porque sabe de la admirada condición profesional y humana de esta mujer consagrada a una larga vida en el arte.

Verónica en Santa Camila de la Habana Vieja, por Teatro Estudio. Foto: Pedro Beruvides
La presencia de Verónica Lynn como protagonista le otorga una credibilidad absoluta a la historia de Un domingo llamado deseo. Foto: Sonia Teresa Almaguer
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