Me llama por teléfono un viejo amigo para anunciarme la muerte de Michel Legrand. Le digo que ya lo sé, y al igual que hice tras el fallecimiento de Bertolucci, en que me senté a ver El último tango en París, y luego Soñadores (sobre el mayo francés), estoy viendo Los paraguas de Cherburgo.
–Ah, Los paraguas…– me dice, y de inmediato adivino por dónde vendrá.
Una historia que está cumpliendo 50 años y que de algún modo él suele revivir si hablamos lo mismo del director Jacques Demy, que de la música de Michel Legrand.
Historia de amor la suya que resumo: tenía 20 años, al igual que ella, cuando se conocieron en los 60 y se enamoraron. Amor loco, con amenaza de su parte de subir a una azotea y lanzarse al vacío si la muchacha no lo aceptaba. Ella –que era una romántica a la vieja usanza– quedó de tal modo impresionada ante el amago que ni siquiera lo dejó llegar a la escalera.
Como surgida del mejor melodrama, la escena fue impresionante y mi amigo disfruta al rememorarla.
Pero había un problema: decidida a abandonar el país, la familia de la muchacha la había matrimoniado por poder con un desconocido y le mantenía una estrecha vigilancia, en especial un viejo tío con paraguas de afilada punta.
Apareció entonces el cine City Hall, en la calle Ayestarán, y el filme Los paraguas de Cherburgo exhibiéndose durante varias semanas, pretexto ideal para que la muchacha, que había estudiado francés y «necesitaba practicar», se ausentara.
¿Cuántas veces vieron la película abrazados en la última fila de aquella sala convertida en refugio, sintiéndose parte de la tragedia que también obligaba a la separación a los personajes asumidos por Catherine Deneuve y Nino Castelnuovo?
La cifra no la recuerda mi amigo, pero sí que, sin saber francés, llegó a memorizar varios de los diálogos cantados, en especial los provenientes de la escena en que Castelnuovo le anuncia a su amada que debe partir a la guerra de Argelia, y ambos se desgarran en un intercambio de emociones que a no pocos hizo llorar en el cine.
Un instant sans toi et je n'existe pas. Oh! mon amour ne me quitte pas –musita rítmico mi amigo al teléfono, y aunque asegura que de «aquello» no queda nada, se me hace un nudo en la garganta.
Una historia de amor que, de conocerla y por incluirlo, hubiera arrebatado al mismísimo Michel Legrand.
Aunque finalmente, como suele suceder con no pocos amores verdaderos, la unión se malograra.
Y no porque ella se fuera, que hace poco me la encontré en la calle, ya con el paso del tiempo encima y el mismo brillo en la mirada.
Ha muerto el gran músico francés.
Y es posible que mi amigo y su dama, sin verse, ni hablarse –como otros tantos en el mundo apegados a Los paraguas de Cherburgo–, de más de cuatro cosas se estén acordando.











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