
Doce hombres en pugna (Sydney Lumet, 1957) suele ser la película que primero viene a la mente a la hora de hablar de un drama en que los actores permanecen encerrados en una sola locación dispuestos a dirimir acerca de una «verdad», que puede vestir los más disímiles ropajes, pero que casi siempre está vinculada a la corrupción y a la vulnerabilidad de la justicia.
Muchas películas se han realizado desde entonces bajo la impronta de esa sola locación y, en los últimos años, hemos visto unas cuantas relacionadas con la crisis económica disparada desde Estados Unidos, a partir del 2008.
Dentro de la programación de verano, la televisión estrenará una buena cinta española que responde a las características antes apuntadas, ya un subgénero dentro de la concepción del drama que toma por el cuello y no suelta. Siete años es su título y fue realizada en el 2016 por Roger Gual, una suerte de thriller desarrollado en un garaje convertido en oficina por parte de cuatro empresarios que han sido sorprendidos cometiendo fraude y, por lo tanto, deben resolver urgentemente que uno de ellos cargue con todas las culpas y se vaya a cumplir siete años a prisión con tal de salvar a los otros tres.
¿Quién de los cuatro será el encargado de convertirse en chivo expiatorio? ¿Quién el «sacrificado» que penará miles de días a la sombra mientras los otros disfrutan de los millones acumulados mediante sus manejos turbios?
Como mediador se contrata a un señor sereno, inteligente y sin vínculos con los infractores. Desde ese momento el guion se abrirá constantemente hacia nuevas revelaciones. Solo una hora y 15 minutos de metraje que revelará el doble filo de la codicia, la corrupción, la ambición, los afanes de lucro, la amistad puesta a prueba cuando se transita el filo de la navaja y hasta las relaciones laborales y extramatrimoniales, una verdadera tendedera de trapos sucios exhibida sin que se vea aparecer el sol por ninguna parte.
En un encuentro de esta categoría, en que nadie parece jugar limpio, el rejuego sicológico y la manipulación son recursos fundamentales para empedrar el camino de la traición, y el director se sirve de un excelente cuadro de actores para lograr su propósito de mantenernos atentos a la pantalla. Tres hombres y una mujer inmersos en un baile de máscaras y que responden plenamente a los requisitos de este tipo de cine, vinculado al teatro filmado: historia sin fisura, guion de hierro y un desempeño histriónico que no admite resbalones.
Personajes llevados al límite, pero con los debidos matices para que el drama no se convierta en una pelea de perros insufrible al oído del espectador, de ahí que detectemos entre los involucrados, además de la manipulación inherente a lo que cada de ellos busca, unas facultades inmensas para disfrazarse y «tumbarse» los unos a los otros.











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gretter dijo:
1
10 de julio de 2017
11:56:07
Oliverio dijo:
2
11 de julio de 2017
10:39:16
gretter Respondió:
12 de julio de 2017
09:27:49
Fernando dijo:
3
12 de julio de 2017
21:17:47
gretter Respondió:
14 de julio de 2017
09:27:29
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