Al fabulador colombiano Nahum Montt se le ocurrió juntar a Shakespeare y Cervantes en un teatro de la época isabelina, inflamados hasta el delirio mientras lidiaban con empresarios, mecenas y actores para sacar adelante el montaje de una obra escrita sobre la marcha a dos manos, El relato de la caravana de los prodigios.
Ese pasaje, se sabe, responde a la más pura ficción. William Shakespeare y Miguel de Cervantes nunca coincidieron. El inglés pudo haber leído, según algunos de sus biógrafos, la temprana traducción de El Quijote, realizada por Thomas Sheldon, Pero el español jamás supo de la existencia del poeta y dramaturgo de Stratford-upon-Avon.
También se ha logrado determinar cuán impreciso resulta establecer el 23 de abril de 1616 como fecha del fallecimiento de ambos. Cervantes murió el 22 y recibió sepultura al día siguiente. Shakespeare, en efecto, dejó de existir el 23, pero en Inglaterra regía por entonces el calendario juliano. De acuerdo con la norma introducida en 1582 en los países católicos por el papa Gregorio, vigente hoy a escala planetaria, el último día de la vida de Shakespeare aconteció en realidad el 3 de mayo.
Nada de esto importa. Si recordamos a uno y el otro todos los días del mundo, y si la conmemoración del cuarto centenario de la entrada de estos autores a la eternidad alcanza una dimensión universal, es porque sus obras no han cesado de alimentar la experiencia humana de tantísimos hombres y mujeres en el mundo, porque no hay manera que se les deje de tomar en cuenta.
Cervantes escribió teatro pero sin lugar a dudas fue en la novela donde reinó. Una novela oceánica y visceral, con personajes que no se olvidan, que permanecen vivos aún entre quienes no han tenido el gusto de adentrarse de lleno en las páginas de El Quijote (abrevio, como casi todos, el título de la obra, El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha). Le asiste razón al profesor José Antonio Baujín cuando afirma que “Miguel de Cervantes en Cuba es la historia de una pasión, alimentada día a día, y muchas veces, anónimamente”.
No olvidemos que luego de la creación el 31 de marzo de 1959 de la Imprenta Nacional de Cuba, por el Gobierno Revolucionario, que encargó de esta misión a Alejo Carpentier, la primera obra publicada fue El Quijote, en una tirada masiva.
Autor de sonetos de culto entre los hablantes de inglés, Shakespeare es, por encima de todo, un hombre de la escena. Los celos de Otelo, Macbeth y el precio de la traición, Hamlet y la duda, Romeo y Julieta y el amor más allá de los odios y la muerte, han devenido símbolos recurrentes de las grandezas y las miserias humanas.
Aún están frescas las imágenes de la estancia habanera de la compañía teatral inglesa El Globo hace un par de años con la puesta de Hamlet y solo unas semanas atrás estuvo entre nosotros hablando de Shakespeare el célebre actor Ian McKellen.
Y ahí está, vigente en el repertorio del Ballet Nacional de Cuba la coreografía de Alicia Alonso, Shakespeare y sus máscaras, basada en Romeo y Julieta.
Shakespeare y Cervantes nos pertenecen. Cómo no van a serlo si por historia y futuro nos acompañan.











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