
Hace años, un viejo amigo pasado de los cuarenta se ufanaba de haber encontrado el amor de su vida: culta, inteligente, leída, cinéfila —informaba con regocijo— pero una noche, tras ver en la Cinemateca Vecinos y amantes, mientras caminaban de vuelta a la casa de la amada, ella se detuvo de repente para pedirle que la besara con el mismo estilo y pasión con que minutos antes Kirk Douglas derritiera en sus brazos a Kim Novak.
Él no la complació porque era renuente a aceptar los lugares comunes. E intentó que le escuchara una teoría relacionada con la influencia ejercida por el beso en la pantalla, desde los tiempos de Rodolfo Valentino hasta los días que corrían.
Un caso extremo, por supuesto, que otros con menos rigor intelectual hubieran resuelto duplicando sin vacilación las mañas de Kirk Douglas para después, quizá, proclamar con exaltado pundonor y no poco machismo: “¡Y ahora vas a saber quien es Pepe González besando!”.
El cine nos llenó de lugares comunes, copiados luego en la vida hasta la saciedad.
El código Hays, surgido en el cine norteamericano, provocó una confusión irreparable en los muchachos de mi generación y hoy no son pocos los que recuerdan haber dado su primer beso apretando los labios contra otros labios debidamente comprimidos.
Un caso en el que, posteriormente, y por suerte, la vida superaría al cine.
El lugar común es la repetición de lo mismo que una vez gustó con la esperanza de que siga gustando, y ejemplo cercano lo tenemos en todas las telenovelas brasileñas: el rico, el pobre, la mala, la buena, y por el camino la urdimbre dramática que enlaza a unos con otros para, después de hacernos sufrir durante meses, aleccionar con el viejo cuento de que el bien siempre triunfa sobre el mal, mientras las casas productoras gozan inundando el mercado con lo máximo consumible.
Si se viola uno de esos lugares comunes arraigados hasta la médula, un público acostumbrado a recibir más de lo mismo protesta y arremete contra lo que está viendo, igual a como se hacía 50 años atrás, cuando al cowboy preferido se le caía el sombrero en una trifulca a puñetazos, o el malo de la comarca amenazaba con levantar al pimpollo (hecho realmente imposible) que Hollywood enviaba al Oeste con la misión de sucumbir amorosamente solo ante “el muchacho”.
Los géneros cinematográficos se llenaron de tantos lugares comunes que terminaron por aburrir a espectadores que, con el tiempo, fueron creciendo intelectualmente y perfilando sus gustos.
En las películas de boxeo, el bueno recibía su buena tunda antes de poner fuera de combate al contrincante; la bomba desarticulada en el último segundo, el malo redimiéndose antes de morir, los desencadenamientos dramáticos de la venganza, el melodrama a flor de piel para arrancar la lágrima fácil, y así una larga lista de reiteraciones demuestran que el lugar común —además de ejercer una función complaciente para unos cuantos— aparece cada vez que el facilismo necesita llenar los vacíos de la imaginación.











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Lee dijo:
1
15 de abril de 2016
10:48:40
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