El que más o el que menos debe haber leído, o visto, relatos de niños pobres abandonados frente a la casa de una familia pudiente. Desde el melodrama hasta la comedia han tenido el asunto en sus manos y, sin embargo, se reitera el tema debido a que el quid radica en insuflarle nuevos aires de creación a la luz de los nuevos tiempos.
La brasileña Sandra Kogut aceptó el reto de transitar el campo minado en lágrimas que dejaron otros, y vuelve a situar a una niña de seis años a las puertas de una mujer de clase media alta en Río de Janeiro, ciudad que, según se afirma, es una de las de más grandes contrastes sociales en el mundo.
La mujer no quiere acudir a la policía porque la recién aparecida lleva un papelito que la menciona. ¡Cómo sacarse aquello de encima? Y para colmo, un hermanito mayor no demora en hacerse presente con el mismo cuento de que la madre les pidió no moverse, pues pronto iría por ellos.
Al anterior conflicto se le une que la señora se divorcia y está en plan de mudada, en tanto las relaciones con su hija veinteañera son un desastre.
Una película con historias íntimas estremecedoras, pero sin altisonantes desgarramientos y que saca a relucir diferencias sociales y solidaridades en una ciudad que parece estar en constantes transformaciones urbanísticas, para bien de unos y preocupación de otros, que deben abandonar sus míseros asentamientos y darle paso a las grandes grúas.
Y mientras tanto, la incógnita de si la madre viene, o no, en busca de sus críos.
No hay discursos en la brasileña Campo grande, que compite por el Coral en largometrajes, solo miradas reales de una cámara que confundida con los protagonistas se pasea por distintas zonas de la ciudad hasta llegar a Campo grande, lugar en el que una vez vivieron los niños y donde para entrar
—nadie lo subraya, pero se advierte— hay que pensarlo dos veces.
Una historia diferente sobre niños abandonados que no se torna ni reiterativa ni cargante, porque su propósito es ofrecer tantos puntos de vista como comportamientos y transformaciones tienen sus protagonistas. Mención aparte para las buenas actuaciones, en especial los niños, que se colocan por primera vez delante de las cámaras y redondean unos primeros planos fabulosos, radiografía sin par de las expectativas ante la vida que llevan por dentro.
La peruana Magallanes, compitiendo en ópera prima, es de esos filmes que desde que arrancan se ganan el favor del público, en este caso porque no demora en enunciar un bien llevado enigma relacionado con una mujer que al subir en un taxi es reconocida por su chofer. Él (Damián Alcázar) fue un soldado del ejército durante los enfrentamientos en Ayacucho contra el grupo Sendero Luminoso, en los años ochenta, y ella (Magaly Solier) una víctima del coronel (Federico Luppi) bajo cuyas órdenes estaba Magallanes, el hoy taxista al servicio de su antiguo jefe, en la actualidad, un anciano desquiciado.
Magallanes transita diversas vertientes, desde el thriller —chantaje y secuestro incluidos— hasta el drama humanista que pretende ahondar en el sentimiento de culpa que corroe a la mayor parte de sus personajes. El hombre cuyo nombre da título al filme, e interpreta el siempre convincente actor mexicano Damián Alcázar, ha sido un antihéroe con destino de infelicidad grabado en la frente, pero transformado de súbito en un quijote que, en aras de redimirse de un pasado condenable, es capaz de sacar pecho.
Una película que desde su historia siniestra, retoma en el presente los traumas que marcaron la vida de no pocos peruanos. Hacia el final, carga las tintas en sus simbologías de dignidad y perdón, pero no todo cristaliza y discutible resulta el viraje dramático del hijo del coronel que, de villano, se torna casi bueno.
Y no es que sea imposible la transformación, pero no de la manera en que se plasma. Con todo, debe estar entre las más populares del Festival.











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