¿Cómo describir los dos brevísimos solos que Rasta Thomas, con toda probabilidad el bailarín más versátil y virtuoso de su generación, regaló a La Habana? Encanto sin límites, autoridad en escena, pasión, intensidad, precisión, espléndida forma, y una felicidad de bailar que hace felices a los demás.
En su primera actuación en Cuba mantuvo al público en vilo. Ni siquiera en el humilde programa de mano de esta temporada de celebración del 57 aniversario de la compañía Danza Contemporánea de Cuba (DCC), se incluía la pieza escogida por este bailarín de 34 años que ha destrozado moldes, ha creado lo que ha llamado “pop-ballet” y “ballet del siglo XXI”, para explicar su fusión de elementos del ballet clásico con ritmos contemporáneos.
El Teatro Mella tuvo el privilegio de tenerlo en su escena. Hechizó con su baile festivo, desenfadado, acompañado de una pieza furiosamente moderna, Give me all your love. Lo logra por el ballet, por su sólida y firme base, sin la cual no existiría como es ni haría vibrar como lo consigue.
El propio Thomas lo ha explicado en numerosas entrevistas. Mezcla el ballet clásico, el contemporáneo, la acrobacia, las artes marciales, elementos del pop, el break-dance, el jazz, el hip hop y otros ritmos callejeros y baila lo mismo a Chaikovski, Minkus, Massenet, Delibes, que a Queen, U2, Prince o Michael Jackson, porque “la buena música vive dentro de todos nosotros y me encanta bailar los diferentes tipos de ritmos”.
Sin embargo… “Creía que un buen bailarín era el capaz de ejecutar lo que cualquier coreógrafo pidiera, entonces entrené para convertirme en el artista más diverso posible, de Baryshnikov a Michael Jackson. Fue un reto maravilloso saltar de un estilo a otro, pero al final mi corazón está con el ballet”.
Ha integrado el elenco de compañías clásicas como el Jeune Ballet de Francia, el Ballet de Washington, el Joffrey Ballet de Chicago, el Ballet Inoue de Japón, el Beijing Central Ballet de China, el Ballet Mariinsky de Rusia y el American Ballet Theater, y ahora, como artista invitado, acompañará a Danza Contemporánea de Cuba (DCC) en su próxima temporada en México con la obra Carmina Burana(sobre la cantata homónima de Carl Orff), coreografía del cubano George Céspedes, que Thomas ha apreciado como audaz y se ha sentido “atraído por su visión”.
Rasta Thomas gusta a puristas y conversos ¿Por qué? Quizás porque muestra una fórmula que se nace desde la franqueza, con una forma limpia de exponerse en escena, y a fondo. Es desde hace años una estrella de nivel universal, y lo es por la calidad de su baile.
En La Habana sucedió algo semejante. En la platea del Mella, los rostros conocidos de los seguidores de DCC (que aplaudieron a rabiar las piezas El cristal, del cubano Julio César Iglesias, y Reversible, de la colombiana Annabelle López Ochoa), y, muy atentos, muchos balletómanos.
Los unía simplemente Rasta Thomas, quien no defraudó tampoco con un segundo sólo, nada menos que una versión personal de El vuelo del moscardón (interludio orquestal escrito por Nikolái Rimski-Kórsakov para su ópera El cuento del zar Saltán, compuesto entre 1899 y 1900).
La adaptación de esta pieza es tradicionalmente para piano y es inmediatamente reconocible por su frenético ritmo. Convido a la imaginación para “mirar” a Rasta Thomas y ovacionar su habilidad de moverse con la enorme rapidez que ordena la pieza.
Con su gama completa de movimientos, tiempos y variaciones expertamente entregados, Thomas pareció eufórico en su baile, lo hizo jubilosamente y con brillante comunicación.
Fue el momento culminante de la noche, estuvo exuberante pero no excesivo. Como el genial bailarín que es la técnica no socavó al arte. Así ha sido el debut de Rasta Thomas en La Habana, demorado, pero festejado, y muy agradecido.











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